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7. Cultura de la vida y cultura de la muerte
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Por: Cardenal Alfonso López Trujillo | Fuente: Biblioteca Electrónica Cristiana -BEC- VE Multimedios



7. Cultura de la vida y cultura de la muerte

El Santo Padre escribió en la encíclica Evangelium Vitae "(...) Quiero meditar de nuevo y anunciar el Evangelio de la vida, esplendor de la verdad que ilumina las conciencias, luz diáfana que sana la mirada oscurecida, fuente inagotable de constancia y valor para afrontar los desafíos siempre nuevos que encontramos en nuestro camino" (7)

Existe, desgraciadamente, una "cultura" de la muerte. Es como un "instituto" de agresión arraigado en el hombre sistemáticamente inducido.

"La violación sistemática de la ley moral, especialmente en el grave campo del respeto de la vida humana y su dignidad, produce una especie de progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de Dios." (8)

En la denuncia histórica del Papa Juan Pablo II adquiera las más amplias proporciones, como tragedia que crece numéricamente y tiene a su favor progresos técnicos antes no sospechados, y revista la forma de una "conspiración" de una "conjura" contra la vida. Podemos hablar de una conjuración de los más fuertes contra los más débiles en nombre de la libertad, del progreso y de los mismos "derechos" que se niegan a unos, a los que carecen de fuerza y de voz, y a otros son reconocidos, hasta percibir como decisión lícita la eliminación de seres humanos inocentes cuyo derecho fundamental a la vida es negado, y sustraído en medio de estructuras "democráticas".

Es, además una conjura de carácter político y universal. En algunas circunstancias, como en el caso de las políticas de control natal, se invoca el bien de la humanidad, una especie de "bien común universal", para perseverar la especie humana de terribles peligros como hambre, la guerra, y todo género de conflictos cuando aumenta desproporcionadamente el número de los comensales, de los invitados al banquete, en la comparación que introdujo, incluso con versiones corregidas y aumentadas, el mismo Malthus, y el pan es y será más escaso. Nos hallamos de frente a una conjura política de la cultura de la muerte de dimensiones universales con un crecimiento desconcertante.

El fenómeno en las modalidades más difundidas es reciente ¿cómo, en tan poco tiempo, ha podido crecer una actitud a la vez arbitraria y arrogante, que antes provocaba vergüenza y hoy es esgrime como una conquista de un pluralismo democrático? ¿Cómo ha podido derrumbarse tan rápidamente un edificio ético en nombre de una novedosa concepción ética que va conformando un modo de ver, de concebir las cosas, un modo de vivir, un "estilo de vida", como una amplia red cultural? Estamos en presencia de una

forma de "globalización" con las modalidades de un nuevo concepto de humanidad, de antropología, de una nueva moral, con una curiosa erosión y transmisión de "valores.

El año Internacional de la Familia permitió ponderar incisivamente el verdadero rostro de la cultura de la muerte contra la Familia, Santuario de la Vida y contra los derechos sagrados de la persona humana. Hay una dolorosa paradoja, que en este año es doble apreciar mejor, con ocasión de la celebración de los 50 años de la Declaración Universal de los derechos Humanos en la ONU. Mientras, como lo indicaba el Concilio, se experimenta una irrefrenable sed de dignidad y son reconocidos derechos del hombre

fundamentales y centrales, son conculcados, en nombre de un a concepción de libertad y de democracia derechos fundamentales de los más débiles, y el más fundamental: el derecho a la vida, sin el cual los demás derechos carecen de soporte, simplemente porque carecen de sujeto... pues este es negado como persona o es eliminado como cosa.

El anuncio del Evangelio de la vida, escribe Juan Pablo II, "es particularmente urgente ante la impresionante multiplicación y agudización de las amenazas a la vida de las personas y de los pueblos, especialmente cuando esta es débil e indefensa (...)". Por desgracia, este alarmante panorama, en vez de disminuir, se ve más bien agrandado. Con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso científico y tecnológico, surgen

nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano, a la vez que se va delineado y consolidando una nueva situación cultural que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito y podría decirse más inicuo, o casionando ulteriores y graves preocupaciones: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual.

"En la búsqueda de las raíces más profundas de la lucha entre la " cultura de la vida " y la " cultura de la muerte ", no basta detenerse en la idea perversa de libertad anteriormente señalada. Es necesario llegar al centro del drama vivido por el hombre contemporáneo: el eclipse del sentido de Dios y del hombre, característico del contexto social y cultural dominado por el secularismo, que con sus tentáculos penetrantes no deja de poner a prueba, a veces, a las mismas comunidades cristianas." (9)

8. Compromiso en la transmisión del Evangelio de la Vida

La Iglesia tiene necesidad de vosotros, tiene necesidad de vuestro compromiso al servicio del Evangelio. Acoged el fuego del Espíritu del Señor, para convertiros en celosos heraldos de la Buena Nueva.

Queridos jóvenes, como miembros de la Iglesia os corresponde continuar el gesto del Señor: el lavatorio de los pies prefigura todas las obras de amor y de misericordia que los discípulos de Cristo realizarían a lo largo de la historia para hacer crecer la comunión entre los hombres. Hoy, también vosotros estáis llamados a comprometeros en este sentido, aceptando seguir a Cristo; anunciáis que el camino del amor perfecto pasa por la entrega total y constante de sí mismo. El Santo Padre decía en al histórica

encíclica Evangelium Vitae: "Deseo que resurja o se refuerce a cada nivel el compromiso de todos por sostener la familia, para que también hoy -aun en medio de numerosas dificultades y de graves amenazas- ella se mantenga siempre, según el designio de Dios, como " santuario de la vida " (10)

Tenemos que esforzarnos para que toda persona pueda vivir de una manera digna y ser reconocida en su dignidad primordial de hijo de Dios. Cada vez que servimos a nuestros hermanos no nos alejamos de Dios; al contrario, le encontramos en nuestro camino y le servimos. "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40). Así damos gloria al Señor, nuestro Creador y nuestro Salvador, contribuimos al crecimiento del reino de Dios en el mundo y al progreso de la humanidad.

Juntos pedimos hoy especialmente por los jóvenes que no tienen la posibilidad ni los medios para vivir dignamente y recibir la educación necesaria para su crecimiento humano y espiritual a causa de la miseria, la guerra o la enfermedad. ¡Que todos ellos estén seguros del afecto y del apoyo de la Iglesia!

El que ama no hace cálculos, no busca ventajas. Actúa en secreto y gratuitamente en favor de sus hermanos, sabiendo que cada hombre, sea quien sea, tiene un valor infinito. En Cristo no hay personas inferiores o superiores. No hay más que miembros de un mismo cuerpo, que quieren la felicidad unos de otros y que desean construir un mundo acogedor para todos. Por los gestos de atención y por nuestra participación activa en la vida social, testimoniamos a nuestro prójimo que queremos ayudarle para que llegue a ser él mismo y a dar lo mejor de sí para su promoción personal y para el bien de toda la comunidad humana.

Santo Padre dijo: "A todos los miembros de la Iglesia, pueblo de la vida y para la vida, dirijo mi más apremiante invitación para que, juntos, podamos ofrecer a este mundo nuestro nuevos signos de esperanza, trabajando para que aumenten la justicia y la solidaridad y se afiance una nueva cultura de la vida humana, para la edificación de una auténtica civilización de la verdad y del amor". (11)

Queridos jóvenes, lleváis en vosotros capacidades extraordinarias de entrega, de amor y de solidaridad. El Señor quiere reavivar esta generosidad inmensa que anima vuestro corazón. Os invito a venir a beber a la fuente de la vida, que es Cristo, a fin de inventar cada día los medios para servir a vuestros hermanos en el seno de la sociedad en la cual os corresponde asumir vuestras responsabilidades de hombres y de creyentes.

En vuestro apostolado, proponéis a vuestros hermanos el Evangelio de la vida. Donde el testimonio de la palabra es difícil o imposible en un mundo que no lo acepta, por vuestra actitud hacéis presente a Cristo siervo, el Señor de la vida, pues vuestra acción está en armonía con la enseñanza de Aquel que anunciáis. Esta es una forma excelente de confesión de la fe, que han practicado con humildad y perseverancia los santos. Es una manera de manifestar que, como Cristo, se puede sacrificar todo por la verdad del Evangelio y por el amor a los hermanos.

Queridos jóvenes, seáis los testigos del Resucitado a lo largo de toda vuestra vida. Vais ahora hacia los lugares de las diferentes vigilias.

Volved vuestra mirada a Cristo, para comprender el sentido del mensaje divino y encontrar la fuerza para la misión que el Señor os confía en el mundo, ya sea en un compromiso como laicos, ya en la vida consagrada. Realizando de ese modo vuestra existencia cotidiana con lucidez y esperanza, sin pesadumbre o desánimo, compartiendo vuestras experiencias, percibiréis la presencia de Dios, que os acompaña con delicadeza. Dad vuestra aportación a la vida de la Iglesia, que tiene necesidad de vuestra juventud y de vuestro dinamismo.

La lucha por la vida es difícil. Hay que sufrir, incluso ataques e incomprensiones. Tiene la Iglesia en Juan Pablo II un grande leader, abogado de los más pobres. Tiene la Iglesia y la humanidad a Cristo, Resucitado, triunfador de la muerte que garantiza la victoria definitiva.

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Notas

7. Evangelium Vitae n.6

8. Evangelium Vitae n.6

9. Evangelium Vitae n.21

10. Evangelium Vitae n.6

11. Evangelium Vitae n.6

 

 

 

 



 

 

 



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