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Paseando entre peyotes
... el padre comenzó a explicarle cómo los indígenas extraían del peyote una droga del mismo nombre; y como, en realidad, aún hoy lo siguen usando...


Por: Miguel Ángel Cid | Fuente: La rana perdida




El buen ranchero salió a pasear, como casi todos los domingos, acompañado de su hijo aún pequeño. Sin prisas, se adentraron un poco en uno de esos desiertos tan frecuentes en el norte de México. Era un día caluroso y despejado; muy luminoso. El niño montaba en el mismo caballo que su padre, muy pegados los dos. Mirando ambos al horizonte, disfrutaban del silencio y de la calma que regala el desierto.

No se alejaron mucho del rancho. Ambos irradiaban serenidad. Al fin y al cabo eran padre e hijo. En un momento determinado, el padre se dirigió al hijo con el único fin de intercambiar unas palabras y romper el silencio por un momento:

- Oye, hijo, ¿estás contento?
- Sí, papá. – Respondió el muchacho.

El paisaje era espléndido, tupido de peyotes. El chiquillo los contemplaba con la travesura y la curiosidad de un niño. Y, con cierto aire de madurez, le preguntó a su padre:

- Parecen peligrosos estos peyotes, ¿verdad? ¡Esto sí que son cactus! – Exclamó mientras levantó la vista y miró hacia atrás a su padre.
- Sí, hijo. – Dijo seca pero cariñosamente el padre.
- ¡Y además no sirven para nada! – Añadió con decisión el jovencito.
- No creas esto, hijo mío. Mira, te explicaré.

Y a partir de ese momento, el padre comenzó a explicarle cómo los indígenas extraían del peyote una droga del mismo nombre; y como, en realidad, aún hoy lo siguen usando. Le dijo que en realidad lo usan como método religioso en los ritos de diversas tribus indígenas.

- Papá: ¿dónde viven esos indios que usan el peyote para rezar?
- Algunos grupos en el norte de México y otras tribus en el sur de los Estados Unidos, como los apaches y los comanches. – Replicó el padre.
- ¡Vaya! Espero que no nos los encontremos... – Susurró el muchacho.

Y prosiguieron el camino en silencio por unos minutos más. Llegados a una grande roca, el padre inclinó la cabeza como queriendo manifestar una confidencia y le dijo:

- ¿Quieres que descansemos un rato en esta sombra de la roca?
- ¡Claro papá! – Exclamó enseguida el hijo.

Se detuvieron y ambos bajaron del caballo. El padre se sentó en una roca y el niño corrió a sus piernas con seguridad. El muchacho siguió contemplando los peyotes y, después de unos segundos, preguntó...

- Y esa religión de los peyotes, ¿tiene sacerdotes como nosotros tenemos a D. Julián?
- No exactamente, hijo. Ellos tienen chamanes. – Respondió.
- ¿Chamanes?
- Sí, hijo. Un chamán es como el jefe de esos grupos. Es gente muy extraña, que camina sobre el fuego, toma la droga del peyate, tiene contactos con los muertos...
- ¿Con los muertos? – Preguntó con rostro asustado el muchacho. Y prosiguió:
- ¡Qué miedo, papá!
- Sí, eso está mal, pero lo hacen porque quieren conocer el futuro. – Explicó el padre.
- ¿El futuro? – Prosiguió el hijo.
- Sí, hijo, cada vez más la gente quiere conocer el futuro, y por eso algunas personas se acercan a los chamanes para conocer su porvenir. Debes entenderlo. Mira, la gente necesita la seguridad de saber qué le va a pasar en su vida... ¿Tú no tienes ese temor por el futuro?

El niño se calló, pero enseguida se levantó, se dio media vuelta y se echó encima de su padre, abrazándolo fuertemente y con el rostro lleno de alegría. Y exclamó:

- No, papá, porque sé que tú me cuidarás siempre. – Y siguió abrazando a su padre con cariño.

El padre, ante esas palabras enmudeció y, mientras abrazaba a su hijo, pensaba: “Es verdad. A los adultos nos falta aprender de los niños lo que significa confiar en un padre.” En ese momento abrazaba con más fuerza a su hijo. Y seguía pensando: “Dios es mi Padre”...



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