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La belleza y su poder transfigurador
La belleza y su poder transfigurador

El arte sacro auténtico viene de lo alto y nos eleva a lo alto. Esta idea es la que inspira de parte a parte la Carta a los artistas de Juan Pablo II


Por: D. Alfonso López Quintás | Fuente: Universidad Complutense. Madrid



Los alumnos de Historia de la Música se hallan en una sala fría y sórdida del Conservatorio Nacional de un país centroeuropeo. La adustez del ambiente es correlativa a la profunda depresión que sufren las gentes debido a la fulminante derrota y a la consiguiente ocupación militar. Estamos en el horror de 1943. Llega el profesor y les hace oír y les comenta varias obras polifónicas de Giovanni Perluigi da Palestrina y de Tomás Luis de Victoria. La transformación está hecha.

“Ya no hay paredes feas y frías –comenta un testigo presencial-, sino el despertar de un mundo desconocido que no tiene límites ni en el espacio ni en el tiempo”. “El arte de los polifonistas del siglo XVI, en esto muy próximo aún al canto gregoriano, es un arte perfectamente objetivo, inspirado, en el total sentido de la palabra. La personalidad del compositor está como borrada y parece únicamente transmitirnos una voz que viene de muy lejos, de muy arriba. Sin duda por esto tuve como una revelación aquel año” (1) .

El arte sacro auténtico viene de lo alto y nos eleva a lo alto. Esta idea es la que inspira de parte a parte la Carta a los artistas de Juan Pablo II. En rigor, no está dirigida a todos los que se consagran a la creación artística sino a quienes configuran su vida e impulsan su actividad profesional con la energía y la luz que les otorga la fe en Dios Padre, revelado en Jesucristo.


El origen de la creatividad artística

De modo muy inteligente, comienza Juan Pablo II su escrito invitando a los artistas a ver su labor de artífices asociada estrechamente a la altísima tarea creadora de Dios. Pone, así, ante sus ojos desde el principio la gran dignidad que se les ha concedido y la grave responsabilidad que ella implica, pues, como solía decir Goethe: “No se camina gratuitamente bajo palmas”.

“Dios ha llamado al hombre a la existencia, transmitiéndole la tarea de ser artífice. En la creación artística el hombre se revela, más que nunca, imagen de Dios, y lleva a cabo esta tarea, ante todo, plasmando la estupenda materia de la propia humanidad y, después, ejerciendo un dominio creativo sobre el universo que le rodea” (nº 1). “Quien percibe en sí mismo esta especie de destello divino que es la vocación artística –de poeta, escritor, pintor, arquitecto, músico, actor, etc- advierte al mismo tiempo la obligación de no malgastar ese talento, sino de desarrollarlo para ponerlo al servicio del prójimo de toda la Humanidad” (nº 3).

Este desarrollo ha de llevarse a cabo en dos aspectos:

1) la configuración justa de la propia personalidad, que ha de constituir, por su armonía y su belleza, una auténtica obra de arte;

2) el cultivo de la experiencia estética en todas sus facetas: creación de formas artísticas, contemplación de obras de arte, consideración estética del paisaje e incluso de la vida humana, vista como realidad que ha de configurarse bajo el impulso de una idea rectora.


El criterio o canon de belleza

Frente a la tendencia actual a dejar de lado el cultivo de la belleza y dedicarse en exclusiva a “crear obras”, entendidas reductivamente como un objeto real que simplemente está ahí (2), Juan Pablo II destaca que la reflexión sobre el arte tiene como objeto primario el tema de la belleza, y se apresura a poner ésta en relación profunda con la bondad.

“El artista vive una relación peculiar con la belleza. En un sentido muy real puede decirse que la belleza es la vocación a la que el Creador le llama con el don del talento artístico”. “La belleza es, en cierto sentido, la expresión visible del bien, así como el bien es la condición metafísica de la belleza”(nº 3).

En este punto, el Papa sigue la tendencia griega a vincular íntimamente la belleza y la bondad. Pero el canon de la belleza-bondad (“kalokagathía”) no lo sitúa básicamente en la armonía, al modo griego, sino en la expresividad, la plasmación sensible de realidades que se remontan hasta el Ser Infinito.

“Toda forma auténtica de arte es, a su modo, una vía de acceso a la realidad más profunda del hombre y del mundo. Por ello, constituye un acercamiento muy válido al horizonte de la fe, donde la vicisitud humana encuentra su interpretación completa. Éste es el motivo por el que la plenitud evangélica de la verdad suscitó desde el principio el interés de los artistas, particularmente sensibles a todas las manifestaciones de la íntima belleza de la realidad” (nº 6).

“El arte que el cristianismo encontró en sus comienzos era el fruto maduro del mundo clásico, manifestaba sus cánones estéticos y, al mismo tiempo, transmitía sus valores. La fe imponía a los cristianos, tanto en el campo de la vida y del pensamiento como en el del arte, un discernimiento que no permitía una recepción automática de este patrimonio (3). Así, el arte de inspiración cristiana comenzó de forma silenciosa, estrechamente vinculado a la necesidad de los creyentes de buscar signos con los que expresar, basándose en la Escritura, los misterios de la fe y de disponer al mismo tiempo de un código simbólico, gracias al cual poder reconocerse e identificarse, especialmente en los tiempos difíciles de persecución. ¿Quién no recuerda aquellos símbolos que fueron también los primeros inicios de un arte pictórico o plástico? El pez, los panes o el pastor evocaban el misterio, llegando a ser, casi insensiblemente, los esbozos de un nuevo arte” (nº 7).

Todo símbolo remite a una realidad metasensible que se expresa en él. Los símbolos cristianos remiten al misterio religioso, en definitiva a la realidad personal de Dios Padre que se nos reveló en la figura humano-divina de Jesucristo. En ella resplandece la capacidad de lo sensible corpóreo de ser medio en el cual se nos hace presente la persona excelsa del Hijo de Dios. El arte sacro se convierte así en el apogeo de lo sensible corpóreo, es decir, en su transfiguración. La meta de los artistas cristianos será convertir la materia y las formas sensibles en lugar viviente de revelación de lo sagrado.

“La auténtica intuición artística va más allá de lo que perciben los sentidos y, penetrando la realidad, intenta interpretar su misterio escondido. Dicha intuición brota de lo más íntimo del alma humana, allí donde la aspiración a dar sentido a la propia vida se ve acompañada por la percepción fugaz de la belleza y de la unidad misteriosa de las cosas” (nº 6).


El icono o el arte de hacer presente lo divino

Esta elevación de las figuras corpóreas, convertidas en “imágenes” de lo sacro, se da de modo eminente en el arte oriental del icono, en el que no sólo se representan ciertas realidades sagradas sino que se las hace presentes. Esa presencia otorga a las imágenes una dimensión altísima. Por eso es fuente inagotable de inspiración. La inspiración es como una voz de lo alto que da profundidad a cuanto se expresa artísticamente. Toda imagen sacra, fruto de tal inspiración, adquiere una dimensión trascendente, se abre a un horizonte ilimitado. Esa fuerza expresiva que dinamiza las figuras y les da el poder simbólico propio de las imágenes vuelve transparentes los medios sensibles y les otorga un carácter mediacional. Un elemento expresivo sensible es mediatizador cuando se interpone entre el sujeto contemplador y la realidad contemplada. Es mediacional cuando constituye el lugar viviente de presencialización de la realidad expresada (nº 5).

Los símbolos presentan una condición relacional. Se hallan en la línea de todo el universo –que se asienta en energías estructuradas, interrelacionadas (4)- y, singularmente, del mundo personal, que se configura merced a la relación de encuentro. El pensamiento relacional dialógico está en la base del Personalismo que cultivó de modo penetrante Max Scheler y que ahondó la corriente iniciada por Ferdinand Ebner y Martín Buber, dos pensadores inspirados en la Religión de la alianza y el amor. En esta línea de pensamiento trabajó desde joven Juan Pablo II, cuyo lema intelectual y espiritual viene dado, de hecho, por la famosa sentencia de San Ireneo: “El hombre es la gloria de Dios”. Desde su primera Encíclica dejó patente que “el hombre en la plena verdad de su existencia (...) es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión” (5).

Esta mentalidad abierta que integra lo humano y lo divino en una relación de contemplación y amor cobró una expresión admirable en la Capilla redemptoris mater de Juan Pablo II, consagrada en el Vaticano en el año 2000. Lo expresó brillantemente el autor de la misma, el Padre esloveno Marco Ivan Rupnik, que contó con la colaboración del artista ruso Alexander Kornooukhov y el asesoramiento del teólogo moravo Padre Tomas Spidlic. Adviértase cómo vincula en su exposición el pensamiento relacional, la integración de los diversos niveles de realidad –materia, cuerpo, persona, vida en comunión...-, la condición dinámica de la vida del espíritu (6)...

“...La materia tiene un sentido propio y (...) éste, cuando emerge, se expresa como vida, como dinamismo, como vitalidad. No como una vitalidad desordenada, un vitalismo pagano, orgiástico (...), una vitalidad pasional, instintiva, sino como una vitalidad que es ritmo, orientación, sentido, camino de la gloria, canto”. “Por este motivo, uno de los elementos fundamentales del arte de esta Capilla es el movimiento. La vida de la materia se percibe sobre todo en el movimiento. El movimiento dibuja la orientación, la meta hacia la que se tiende. Y me parece que se puede ver también entre bastidores un movimiento material de las piedras que converge hacia el encuentro con las personas. (...) Toda la materia converge en la figura personal, para ser penetrada por el Espíritu como cuerpo humano.

Cuando la materia de lo creado es asumida en el cuerpo, sufre un salto de cualidad. El cuerpo no es simplemente materia. (...) El cuerpo es portador del espíritu y tiene una orientación, un movimiento hacia el Espíritu. (...)En las paredes vemos, por tanto, estos grandes movimientos de materia que confluyen en las personas, mientras que las personas, a su vez, hacen un gesto de orientación radical hacia Cristo. (...)Lo creado vive su verdad cuando es el espacio de amor entre las personas. Y la materia se siente realizada cuando es don entre las personas.

En esta Capilla me he inspirado en este estilo, en este ritmo, para proponer nuevamente un ambiente de vida para el hombre. Estos espacios rítmicos en que la materia , aunque pesada, con frecuencia se eleva en impulsos casi musicales, son un ámbito real, verdadero y palpable, de la belleza en la que vive el hombre salvado. La Iglesia es esta belleza en la que es colocado el hombre generado por el bautismo”
.

Si bien se miran, los grandes estilos arquitectónicos cristianos, occidentales y orientales, intentan subrayar el dinamismo que vincula a los fieles entre sí y los orienta hacia Quien es la meta de su vida. En las iglesias orientales, el juego de las bóvedas orienta todos los espacios hacia lo alto. En cierta ocasión, un grupo de amigos del arte sacro entonamos un himno griego en la pequeña iglesia bizantina que se conserva entre las ruinas del ágora ateniense. Quedamos sobrecogidos al notar que nuestro canto ascendía, en oleadas sucesivas, hacia lo más alto del templo. Comprendimos entonces lo que significa exactamente pedir, con el salmista: “Suba mi oración, como incienso, hasta Ti, Señor”.

Este tipo de comprensión se logra a través de una forma de experiencia comprometida, abierta con sencillez al asombro que produce lo valioso, respetuosa con la verdad de todos los seres. Este amor a la verdad de la vida humana y la vida sobrenatural es uno de los elementos inspiradores de la Capilla “Redemptoris mater”:

“Ha sido un deseo mío que la Capilla hiciera ver una inteligencia contemplativa, no posesiva, no de dominio, a pesar de tanto movimiento y tanta fuerza. Una inteligencia liberada del cientifismo ideológico que con frecuencia domina también, del mismo modo que lo creado, el pensamiento de los hombres. Ante la mirada contemplativa se desvela el mundo. Ver a Dios es encontrar el Rostro, no una energía impersonal, amorfa, sino un Rostro, precisamente, porque el amor siempre tiene un rostro. (...)Para conseguir que surgiera este espacio litúrgico de la transfiguración del mundo y de la historia en la convergencia hacia Cristo de todos los personajes representados, las figuras se concentran en la mirada. Y la mirada es el rostro, y el rostro es la expresión personal, es la victoria de la comunión. Así, en las paredes, hay todo un relato de miradas, y los ojos son extremadamente importantes. (...)La mirada (después de la encarnación) es la verdadera fuerza expresiva del Espíritu y de la vida espiritual”
(7).

El arte relacional de Rupnik, inspirado en buena medida en los escritos personalistas de Juan Pablo II, quiere expresar la fuerza unificadora de la belleza, vinculada radicalmente a la bondad y la unidad. La belleza, entendida, no como una realidad objetiva que presenta una figura determinada, sino como esa “tercera fuerza” de la que habla un autor oriental admirado por Rupnik: Vladimir Soloviev. Es una “fuerza” que entra en el mundo sin pedir un espacio para ella, sino envolviendo la realidad con una aureola de encanto, traspasándola de luz y dotándola de vida.

“Es un verdadero principio religioso, es decir, un reconocimiento del otro, un dar espacio al otro, un afirmar al otro”. “La belleza envuelve su contenido de manera que éste se presente con encanto y ejerza una atracción. Si uno se deja atraer y se va tras ese encanto, se le desvelan los misterios, muchas realidades: las paredes, las piedras, los colores, los ojos, los gestos, todo se hace camino para la verdadera vida. (...)El principio estético, entendido de esta manera, tiene como coordenada base la relacionalidad y, por tanto, actúa según la libre adhesión. La persona que se deja fascinar por la belleza es invitada a salir de su mundo individual y a entrar en relación con el otro, pero permanece libre de aceptarlo o no. La belleza suscita el amor, y el amor es, para nosotros los cristianos, el principio cognitivo verdadero y justo que abre las puertas del conocimiento” (8).

El artista que diseña y realiza los mosaicos no impone su propia voluntad y sus propios proyectos; acepta la capacidad expresiva de los materiales y el poder expresante de las realidades religiosas; les deja espacio para que puedan revelar su verdadero ser.


La meta que se propone Juan Pablo II

Al estar imbuido de esta idea trascendente del arte, Juan Pablo II se dirige a los artistas para instarlos a superar la tendencia a la horizontalidad superficial y a no abdicar de la profundidad inherente a toda creación artística valiosa.

“La mía es una invitación a redescubrir la profundidad de la dimensión espiritual y religiosa que ha caracterizado el arte en todos los tiempos, en sus más nobles formas expresivas”. “... La alianza establecida desde siempre entre el Evangelio y el arte (...) implica la invitación a adentrarse con intuición creativa en el misterio del Dios encarnado y, al mismo tiempo, en el misterio del hombre” (nº 14).

“En la perspectiva del tercer Milenio, quisiera que todos los artistas reciban abundantemente el don de las inspiraciones creativas, de las que surge toda auténtica obra de arte” (nº 15).

Esta inspiración la recibe el artista a través de una “iluminación interior”, que moviliza las energías de la mente y el corazón cuando se compromete incondicionalmente con el bien y con lo bello y hace de algún modo la experiencia del Absoluto que le trasciende. Al adentrarse en esa “patria del alma” que es la vida religiosa, el artista se pone en “estado de gracia” y es capaz de dar forma sensible a las realidades misteriosas cuya grandeza logra entrever (nº 13).

Consciente de que “la Humanidad de todos los tiempos –también la de hoy- espera ser iluminada sobre el propio rumbo y el propio destino”(nº 14), a fin de que el caos sea superado por el mundo del espíritu (9), el Papa concluye su Carta deseando que el trabajo de los artistas “contribuya a la consolidación de una auténtica belleza que, casi como un destello del Espíritu de Dios, transfigure la materia, abriendo las almas al sentido de lo eterno” (nº 16).


La belleza que salva

En su obra El idiota (III, cap. V), Fedor Dostoievski advierte que “la belleza salvará al mundo”. Se refiere a la belleza redentora de Cristo. Es conveniente meditar hasta el fondo esta sentencia porque, ante las múltiples calamidades que afligen a las gentes, puede considerarse como un esteticismo frívolo dedicar tiempo a contemplar realidades bellas. Esta objeción es difícilmente rebatible si reducimos la experiencia de la belleza a un mero dejarse mecer por el agrado de las proporciones armoniosas, el encanto del color y el sonido, la atracción seductora de ritmos electrizantes. En cambio, no tiene sentido tal reparo cuando advertimos que, al entrar en contacto directo con la belleza, nos sentimos atraídos hacia lo más valioso. Esta atracción no es una mera efusividad sentimental; es la instalación personal en una región elevada.

Beethoven confesó en cierta ocasión que a él se le había concedido vivir en una región de belleza inigualable, y la tarea de su vida consistía en transmitir a los hombres ese tesoro a través del lenguaje musical. Cuando oímos los primeros compases del Agnus dei de su Misa Solemne, nuestro oído se complace en la delicia de ciertos timbres y armonías. Pero estos sonidos no nos embriagan con su encanto; nos remiten a un mundo superior, nos instan a trascenderlos –sin abandonarlos- y unirnos a la inquietante súplica por la paz, sobrecogernos ante el temor a la guerra y vibrar con el grito angustioso de la soprano ante el redoble amenazador de los tambores lejanos. Cuando solistas, coro y orquesta se convierten en una gran súplica por la paz (“miserere, miserere; dona nobis pacem”), nos vemos transportados al reino de la bondad y la esperanza.

Este poder elevador del arte musical lo experimentó vivamente un genio de la dirección orquestal: Leopoldo Stokowski:

“Es imposible describir esto con palabras; sin embargo, todos hemos sentido el haber sido llevados mediante el mágico poder de la música lejos de este mundo, hacia estados de emoción de irresistible poder y misterio, completamente desconectados de nuestra vida real, a veces temerosos, otras con una visión extática de la belleza, en una tierra de ensueño que jamás olvidaremos...” (10).

No pocas personas se vieron en un momento dado inundadas de belleza, inmersas en un mundo de perfección que las lanzó decididamente hacia lo alto. Lo alto significa aquí exactamente el reino de los grandes valores, que constituyen, en todo rigor, el hogar del espíritu. Me refiero a la bondad, la justicia, la verdad, la unidad, la belleza. Estos valores eximios son reales, pero no al modo como lo son los entes concretos que tenemos a mano en la vida diaria. Son “la tercera potencia” de que habla Soloviev: la que hace que existan actitudes y acciones buenas, justas, verdaderas, bellas, generadoras de unidad. Cuando me siento ob-ligado en mi interior a la bondad y pienso que debo incondicionalmente hacer el bien y evitar el mal, me hallo en esa región de los valores radicales. Y lo mismo cabe decir de los otros cuatro valores.

Pero ¿por qué he de ser incondicionalmente bueno y justo por ejemplo con alguien que me ha lesionado el honor arbitrariamente, sólo por ensañarse con quien juzgaba desvalido? Todo mi ser se revela ante tal injusticia, pero una voz interior me dice –como sucedió a Sócrates- que debo practicar el bien en toda circunstancia. Para fundamentar esta opción radical, no hay otra vía que elevarse de nivel y recordar que todos los seres humanos procedemos de un Ser Perfecto, el bueno y justo por excelencia, que nos creó a su imagen y semejanza y nos dotó, con ello, de una dignidad inquebrantable. Esta dignidad es la que inspiró el gran precepto del Señor de que vivamos en unidad y nos amemos unos a otros.

El descubrimiento de estos dos niveles de vida (el nivel 3 y el nivel 4, que hacen posible una vida humana auténticamente creativa, nivel 2) nos permite comprender en alguna forma cómo al encontrarnos en presencia de la belleza, con su inmensa fuerza de atracción, nos sentimos trasladados al reino de lo divino, lo incondicionalmente bueno, justo, amable y bello.

El Cardenal Josef Ratzinger, en el Encuentro de Rimini de agosto 2002, confesó lo siguiente:

“El encuentro con lo hermoso puede convertirse en la herida de la flecha que lastima el corazón y de esta manera abre nuestros ojos. Por eso, más tarde, a causa de esta experiencia, conformamos el criterio para el juicio y así podemos evaluar correctamente los argumentos. Para mí, fue una experiencia inolvidable el concierto de Bach que Leonard Berstein dirigió en Munich tras la muerte súbita de Karl Richter. Yo estaba sentado al lado del obispo luterano Hanselmann. Cuando la última nota de una de las grandes cantatas del Cantor de la iglesia de Santo Tomás de Leipzig se disipó en el aire, nos miramos espontáneamente y nos dijimos: ´Todo aquel que ha escuchado esto sabe que la fe es verdad´. La música fue tan extraordinaria, fuerte y real que nos dimos cuenta, no tanto por deducción, sino por el impacto en nuestros corazones, que ella no ha podido originarse de la nada, antes

pudo llegar a la existencia gracias al poder de la Verdad que se tornó real en la inspiración del compositor. ¿No es también evidente algo así cuando nos permitimos ser impactados por el ícono de la Trinidad de Rublev?”
(11).

Al atardecer de un día de Navidad, el gran diplomático y poeta Paul Claudel acudió a la Catedral de Notre Dame, a la hora del rezo de Vísperas. Lo hizo sin intención religiosa alguna, sólo por inmergirse en el grato ambiente que crea la música sacra navideña. Estuvo de pie, apoyado en la última columna de la derecha, mirando hacia el coro. De éste salían chorros de música bellísima que llenaban las naves de una intensa alegría. Cuando, al final, sonó el canto navideño Adeste fideles, que invita a las gentes a reunirse en torno al Niño recién nacido, el agnóstico poeta se sintió transportado a un reino admirable de belleza y de bondad, tan acogedor que no dudó en tomarlo como su hogar, tan real y poderoso que no pudo sino adentrarse en él. Comprendió enseguida que muchos aspectos de su vida necesitarían retoques y ajustes. Pero el gran paso estaba dado. No se trató de una decisión precipitada, tomada sobre la ola de una efervescencia sentimental. Claudel no sólo oyó unos cantos bellos; se vio sumergido en el mundo de la belleza, elevado por ella al nivel 3, en el que se gestan las opciones radicales a favor de los grandes valores. Al vivir una de tales opciones, se sintió transportado al nivel 4, en el que se fundamenta esa “religación” incondicional a la belleza. Sin saber cómo, fue súbitamente introducido en un mundo nuevo, lleno de inmensas posibilidades, que tendría que ir asumiendo poco a poco, con el ritmo lento de los procesos de maduración espiritual.

En estos procesos de elevación a lo divino juegan un papel decisivo el asombro y la admiración suscitados por lo altamente valioso. Jorge Federico Haendel, el gran compositor barroco, veía como cegada la fuente de su inspiración. Una tarde se puso a callejear por el viejo Londres, y, de repente, advirtió que, en una casa, una joven tocaba el piano y cantaba una canción relativa a la historia de Israel y a la vida, muerte y resurrección del Señor. Haendel se transfiguró. Volvió a casa, y durante 22 días estuvo, como en trance, consagrado febrilmente a la composición del oratorio El Mesías. “Me pareció estar en el Cielo”, confesó posteriormente. Esta transfiguración espiritual, cuyo fruto nos complacemos en admirar una vez y otra a través de interpretaciones a cada cual más bella, fue debida al hecho de entrar en contacto con la plenitud de vida que expresaba una sencilla canción. En ella había energía sobrada para inspirar una composición admirable.


La belleza, punto de partida de una gran Trilogía teológica

La fuerza transformadora de la belleza constituye el punto de partida para el largo y fecundo itinerario teológico de una mente poderosa: Hans Urs von Balthasar. Ante el niño pequeño aparecen unos seres que lo acogen, y, al hacerlo, se le manifiestan claramente, luminosamente, y esa “claritas” o luminosidad los hace aparecer a sus ojos como “bellos”. Recordemos que la belleza es el “esplendor” que acompaña a la verdad, es decir, a la autopatentización de cada realidad. Al manifestarse los familiares como acogedores, se presentan como buenos. Y, al revelarse como buenos, se muestran en toda su riqueza, y, por tanto, en su plena verdad.

En la realidad buena, bella, verdadera... de sus familiares se encuentra el niño con la realidad, con el ser. La Metafísica -el estudio profundo del ser o la realidad (12)- arranca de una Antropología que piensa con hondura lo que experimenta el ser humano desde que nace. Los llamados “trascendentales” son la forma en que el ser se revela de modo concreto en cuatro facetas: unidad, verdad, bondad, belleza.

Esta revelación luminosa de la riqueza del ser a través de un encuentro de dos o más personas concretas constituye una apelación por parte de un valor, y suscita en quien la percibe un movimiento de respuesta amorosa y de entrega confiada y sobrecogida.

La gran Trilogía teológica de Urs von Baltasar se inspira en esta idea viva, concreta y enriquecedora de los universales, vistos de forma analógica en el ser finito y en el Ser Supremo.

 

  • En la Primera Parte (la “Estética”), Dios se aparece, manifiesta y revela con gloria, magnificencia, luminosidad y, consiguientemente, belleza (13). Se revela para darse al hombre y establecer alianza con él, a fin de luchar por el bien.



  •  
  • Esta lucha se analiza en la Segunda Parte, la “Teodramática”.



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  • Este Dios que se revela es Palabra eterna y puede hacerse comprensible al hombre, que es respuesta a la llamada divina y tiene, por ello, carácter “verbal”. Es el tema de la Tercera Parte o “Teo-lógica”.




  •  

 

Urs von Balthasar comienza por la Estética porque “el hombre de hoy, positivista, cegado para la Teología y la Filosofía, necesita aprender a ver de nuevo el resplandor del Dios glorioso y sublime en Cristo”. Los seres humanos debemos dejarnos impactar por el resplandor de Cristo, es decir, por su belleza, su verdad y su bondad. Dios no se reveló primariamente como maestro (“verdad”), ni como redentor (“bondad”), sino como manifestador de la gloria de su amor trinitario (“belleza”). El mundo fue creado para gloria de Dios. Gloria significa manifestación espléndida, en el doble sentido de luminosa y magnífica.

Urs von Balthasar configuró un nuevo estilo de pensar filosófico y teológico, que en buena medida ya habían iniciado los seguidores del pensamiento fenomenológico, el existencial y el dialógico (Max Scheler, Martín Buber, Ferdinand Ebner, Franz Rosenzweig, Jean Lacroix, Emmanuel Mounier, Romano Guardini, Gustav Siewert, August Brunner... ). Este estilo abierto y comprehensivo de pensar lo aplicó a una tarea titánica: lograr desde nuestra situación intelectual y espiritual una comprensión de la fe cristiana coherente y persuasiva. Urs destacó más de una vez su sorpresa ante el hecho de que un mundo tan “materialista y utilitarista” como el actual haya puesto las bases filosóficas para descubrir la condición eminentemente creativa del hombre y su capacidad de asumir la capacidad de trascender que implica su condición espiritual, ya que “en el yo se halla lo que es mayor que el yo, porque es lo absoluto y no puede designarse como lo otro”, porque le es “más íntimo que su propia intimidad” (San Agustín).

 



 


Comentarios a D. Alfonso López Quintás

 

 

 



 

 

 

 

 

 

Notas:

(1) Este testimonio anónimo se halla en el relato “A la sombra de Saint-Benoit-sur-Loire”, editado en la obra Testimonios de la fe. Relatos de conversiones, Rialp, Madrid 1953, p. 277.

(2)En el Congreso Mundial de Estética celebrado en Montréal (Canadá) el año 1984, una artista francesa defendió en una ponencia que las obras de arte no necesitan ser más que un mero objeto existente, un “il-y-a”, algo que “hay”, sencillamente. La cuestión del sentido de tales realidades, de su expresividad, de su relación con otras realidades, sobre todo con el sujeto contemplador... fueron dejadas de lado. Naturalmente, me vi en la obligación de manifestar que tal posición se cruza en perpendicular con cuanto, por fortuna, defiende actualmente la Ciencia, la Metafísica y la Teoría de la Creatividad.

(3) Sobre la transformación de las salas denominadas “basílicas” que realizaron los primeros cristianos para dar a sus iglesias la directriz horizontal que impulsa la marcha de los fieles hacia el altar, conforme al espíritu de peregrinos que se dirigen a su verdadera patria, pueden verse diversas precisiones en mi obra Inteligencia creativa. El descubrimiento personal de los valores, BAC, Madrid 32002, págs. 64, 487.

(4) “La materia –escribe el físico atómico canadiense Henri Prat- no es más que energía ´dotada de forma´, informada; es energía que ha adquirido una estructura”. (Cf. L´espace multidimensionnel, Les Presses de l´Université de Montréal, Montréal 1971, p. 15).

(5) Cf. Redemptor hominis, nº 14 a.

(6) Recuérdese cómo El Greco –de tradición ortodoxa griega- imprime un dinamismo especial a las figuras que componen escenas celestes. Ejemplo eminente de ello es la parte superior de su obra El entierro del conde de Orgaz.

(7) Cf. La Capilla “Redemptoris mater” del Papa Juan Pablo II, Monte Carmelo, Burgos 2002, págs. 180-181.

(8) Cf. O. cit., p. 183.

(9) En un momento dramático para Polonia, Adam Michiewicz escribió una frase que Juan Pablo II subraya en su Carta: “Surge del caos el mundo del espíritu”.

(10) Cf. Música para todos nosotros, Espasa-Calpe, Madrid 51954, p. 234.

(11) Cf. “El sentimiento de las cosas, la contemplación de la Belleza”, traducción de Arturo José Quarracino.

(12) Es sabido que Xavier Zubiri configuró su pensamiento maduro sobre la distinción de estos dos vocablos: ser y realidad. Para los efectos de este trabajo podemos, sin embargo, tomarlos como sinónimos

(13) Es muy significativo que los siete volúmenes que abarca esta Primera Parte lleven por título Gloria (en alemán: Herrlichkeit). La edición española fue realizado por la Editorial Encuentro, Madrid, a partir de 1986.

 

 

 

 

 

 

 

 





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