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El origen del hombre

El origen del hombre
El origen del hombre a la luz de la ciencia y de la Biblia


Por: P. Jorge Loring |



Conferencia pronunciada en el Cine Avenida de Cuenca.

Creo que el tema de la conferencia de hoy tiene enorme interés. El origen del hombre es de un interés palpitante. Es algo de lo cual se habla continuamente en los periódicos. Es frecuente que traigan noticias de que en algún lugar del mundo se han encontrado restos humanos. Precisamente hace unos días han traído los periódicos las noticias de que en Kenya, Richard Leakey, ha encontrado el pasado mes de agosto un cráneo humano cuya antigüedad se estima en dos millones quinientos mil años.

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A veces se nos presenta la curiosidad de cómo armonizar estos conocimientos que nos trae la Ciencia actual con lo que dice la Biblia, y lo que hemos aprendido en Religión. Es lo que voy a hacer hoy en esta conferencia: armonizar lo que dice la Ciencia actual del origen del hombre y lo que dice la Biblia.

Yo creo que esto para un hombre de fe y para un hombre de cultura tiene su interés. En mis conferencias, como sabéis, procuro tratar siempre de temas culturales, relacionados de alguna manera, con los temas de Religión. De esta manera vamos completando la formación del hombre.

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¿Qué nos dice la Ciencia del origen del hombre? Pues que los restos humanos que se han encontrado, según los antropólogos, son de una antigüedad de más de dos millones de años. Hace más de dos millones de años que el hombre pisa la Tierra. Esto es impresionante.

Podéis imaginar también lo que ha cambiado el hombre en la forma de su cuerpo. El cuerpo del hombre de hoy es muy distinto del cuerpo del hombre primitivo. En todos estos años el hombre ha ido evolucionando mucho por el régimen de vida. El hombre antiguo comía carne cruda y lógicamente tenía la mandíbula muy desarrollada.

El hombre primitivo tenía una mandíbula prominente, tenía un gran prognatismo, una frente huida, un ángulo facial muy agudo, es decir, que tenía pinta de mono. En cambio con la civilización y la mayor utilización del cerebro, el cráneo del hombre se desarrolla, el ángulo facial es de 90°, y la mandíbula se empequeñece, porque inventa el fuego y come la carne cocida. Cuando el hombre comía carne cruda tenía una mandíbula muy robusta. Al inventar el fuego y cocer lo alimentos, la mandíbula hace menos fuerza. Al utilizar menos la mandíbula, ésta se retrae.

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Alguno me podría preguntar. ¿Y cómo sabemos que el hombre es tan antiguo?

El hombre de ciencia tiene modos de averiguarlo. Para averiguar la antigüedad de la materia orgánica se utiliza el carbono-14. Se analizan los huesos que han encontrado. Y por la proporción de carbono-14 te dicen: esto tiene cien mil años de antigüedad; esto tiene medio millón de años de antigüedad; esto tiene un millón de años de antigüedad.

¿Y cómo sabemos que son de hombre y no son de simio? Porque en la tumba se encuentran utensilios hechos de hueso, de piedra, que suponen una inteligencia -como en las excavaciones realizadas en Chu Ku Tien, a 50 km. de Pekín, donde apareció el Sinanthropus Pekinensis Black-. Los animales no fabrican herramientas.

También se encontraron allí huellas de fuego: si ha habido fuego, son restos de hombre. Ningún animal utiliza el fuego. Todos los animales huyen del fuego. Otras veces construyeron monumentos funerarios, como el hombre de Neanderthal. Sólo el hombre da culto a sus muertos. Los animales abandonan a sus muertos. Sólo el hombre los entierra y les tributa culto religioso. Sólo el hombre levanta monumentos a sus antepasados. Luego si se han encontrado monumentos funerarios en esas tumbas, es que eran de hombre.

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De manera que tenemos restos humanos de más de dos millones de años. Y restos que, a simple vista, por su morfología, por su forma, por su aspecto parecen monos antropomorfos. El hombre primitivo tenía pinta de mono. Por otra parte, tenemos que en la Biblia dice que Dios hizo al hombre de barro. Entonces, ¿cómo se entiende esto?

Voy a decir cómo explican los teólogos modernos esta expresión de la Biblia.

Mirad, empiezo por decir que el hombre de hoy conoce mucho mejor la Biblia que nuestros abuelos. Lo cual es lógico y natural. Lo mismo pasa con todas las ciencias. Sabemos más astronomía y más electrónica. ¿Qué tiene que ver la medicina que estudian hoy nuestros médicos con la medicina de nuestros abuelos? O, ¿qué tiene que ver la arquitectura que hoy se estudia en nuestras Escuelas de Arquitectura, con la arquitectura que pudieron saber nuestros abuelos? Y no digo nada de la Astronáutica.

Se progresa en todas las ciencias. También se progresa en el estudio de la Biblia. Porque hay muchos especialistas que estudian la Biblia y la conocen hoy mucho mejor que nuestros abuelos. Lo cual no significa que antes entendieran mal las verdades dogmáticas.

Lo que es dogma de fe, es fijo. Es verdad hoy. Lo fue ayer. Y lo será mañana. Cuando la Iglesia dice: «Esto en la Biblia está tan claro que es dogma de fe», nunca en el futuro se podrá entender al revés. Pero en la Biblia hay muchas cosas que no son dogma de fe. Para valorar la importancia de lo que dice la Biblia, hay que estudiar los géneros literarios. Hay que distinguir entre los géneros lírico, épico, histórico, profético, alegórico, etc. Hay que conocer el modo de hablar de la Biblia.

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Entonces, ¿qué nos dicen los especialistas de hoy sobre la Biblia? Primero: La Biblia no hay que entenderla al pie de la letra. ¿Por qué? Porque el estilo con que está escrita la Biblia, primitivo y oriental, es muy distinto de nuestro estilo moderno y occidental. Hoy nuestra vida, nuestro progreso científico, nuestro progreso técnico, nos da un especial interés por lo concreto, por lo exacto, por lo histórico. Hoy nos gusta hablar con mucha precisión, con rigor científico. Pero no era así en la antigüedad. La Biblia tiene un lenguaje mucho más alegórico. En la Biblia más que el hecho concreto y el hecho histórico, interesa la lección, interesa el mensaje.

La Biblia no es un libro histórico, sino religioso. A la Biblia más que la existencia de Job, o de Tobías, le interesa la lección que nos da cuando nos habla de Job, la lección que nos da cuando nos habla de Tobías. En el estilo de la Biblia, que existiera o no existieran Job o Tobías, no interesa. Interesa la lección, interesa la enseñanza. Y para eso utiliza una historia, una alegoría, una metáfora, una parábola, un cuento.

Me lo vais a entender con un ejemplo del Evangelio. Lo vais a ver enseguida. Cuando Cristo nos quiere hablar de la bondad de Dios, del corazón de Dios, de la misericordia de Dios, de lo perdonador que es Dios, Cristo nos cuenta la parábola del Hijo Pródigo.

Un padre que tenía dos hijos. Uno le pide la herencia. Se va por ahí. La malgasta con malas mujeres. Se arruina. Se muere de hambre. Se pone a cuidar cerdos. Se arrepiente de lo que hizo. Un día prepara un discurso de perdón. Va a su padre a pedir perdón. Su padre cuando le ve venir, sale a su encuentro. Le da un abrazo, y no le deja terminar.

-Nada, hijo mío. Has vuelto. Fiesta en casa. Fiesta por todo lo alto.

Porque había perdido un hijo y lo he recuperado. En esta parábola, Cristo nos hace ver cómo Dios perdona al que le pide perdón. Haya sido uno lo que haya sido. Cuando el hijo vuelve, el padre lo perdona. Y le da un abrazo: «Aquí no ha pasado nada». Esta bondad del corazón de Dios, Cristo nos lo expresa con esta parábola.

-Ah, ¡pero si el Hijo Pródigo no existió nunca! ¡Si eso es una parábola! ¡Si eso es un cuento!
-Ya sabemos que es un cuento, que es una parábola, que el Hijo Pródigo no existió; pero Cristo en la parábola del Hijo Pródigo nos encarna el corazón de Dios, la bondad de Dios, la misericordia de Dios.

Pues lo mismo pasa con montones de cosas del Antiguo Testamento. Lo importante es la enseñanza. Si Tobías o Job existieron, no importa. Es la enseñanza lo que importa en la Biblia. El hecho histórico nos interesa a nosotros porque tenemos otra cultura y otro interés. Pero a ellos no.

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Por lo tanto, no hay que buscar en la Biblia una historicidad de todo lo que dice. Sino averiguar el mensaje.
-Entonces, ¿lo que dice la Biblia no es histórico?
-Depende. Unas cosas son históricas y otras no.
-¿Y cómo sé yo cuándo la Biblia cuenta una cosa histórica, y cuándo lo que cuenta no es histórico?
-Para eso están los especialistas. Los técnicos. Los que estudian los géneros literarios, y te dicen: «Esto es histórico por el modo de hablar; esto no es histórico por el modo de hablar».

Por ejemplo, vais a ver cómo lo entendéis.

Si yo estoy hablando y os digo: «Érase una vez un padre que tenía dos hijos». Todos me entendéis. Va de cuento. ¿Por qué? Porque «Érase una vez un padre...», es el modo de contar un cuento.

Si yo os digo: «Estando yo en Madrid conocí a un señor que tenía dos hijos». Vosotros me entendéis que estoy hablando de un hecho histórico. De una cosa real. Que no es cuento. Por mi modo de hablar sabéis distinguir cuándo yo hablo en plan de cuento, y cuándo hablo en plan de contar una cosa histórica.

Pues eso pasa en la Biblia. Y el especialista, el técnico, el entendido, distingue lo que es histórico de lo que no es histórico.

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Segundo: la Biblia no es un libro científico. No pretende enseñar ciencia. Es un libro religioso. Lo que pretende enseñar son verdades religiosas. Por lo tanto, en el modo de hablar de la Biblia no tenemos que buscar rigor científico, ni expresión científica. En su modo de hablar algunas veces, lo que dice, tomado al pie de la letra, es inexacto.

Científicamente inexacto. Por ejemplo cuando dice que Josué paró el Sol, como si el Sol diera vueltas alrededor de la Tierra; lo cual es inexacto. Pero a la Biblia no le importa. Porque, repito, no es un libro científico. No se preocupa del rigor científico. Va a la enseñanza religiosa. Pero no nos extrañemos, porque incluso en nuestro siglo tan tecnificado y tan científico eso lo hacemos todos los días, y nos entendemos perfectamente.

Por ejemplo: Tú coges la hoja del calendario y dice: el Sol sale a tal hora, y se pone a tal hora.

-Oye, eso no es verdad. Eso es mentira. Eso no es exacto. El Sol ni sale ni se pone. A ti te parece que el Sol sale y el Sol se pone. Pero el Sol ni sale ni se pone. Porque no es el Sol el que da vueltas alrededor de la Tierra, sino que es la Tierra la que da vueltas alrededor del Sol. Y al girar sobre su eje de rotación, ofrece a los rayos solares distintas partes de su superficie. A nosotros nos parece que el Sol sale y el Sol se pone.

Pero no es verdad. Y aunque esta expresión «el Sol sale y el Sol se pone» no es exacta ni científica, todos la usamos, incluso en libros científicos. Y todos entendemos que es un modo de hablar según se ven las cosas desde la Tierra.

Nadie se extraña de que usemos una terminología que no es exacta. Es un modo popular de hablar que todos usamos, aunque no sea exacto. Pues esto pasa en la Biblia. No hace problema del rigor científico, o del rigor histórico. Enseña una cosa y habla a su estilo. Estilo primitivo y oriental. A veces habla hiperbólicamente, metafóricamente. Más que lo que dice, interesa lo que quiere decir.


Por lo mismo, los números en la Biblia, generalmente, tienen un valor simbólico. Lo mismo que nosotros cuando decimos: «llevo esperándote tres horas». Queremos decir mucho tiempo y no 180 minutos de reloj. Lo mismo cuando decimos: «te he llamado mil veces». Queremos decir «muchas veces» y no numéricamente mil.

Los técnicos y especialistas en Biblia son quienes deben decir: esto significa esto, y esto significa lo otro. En Teología hay especialistas en Sagrada Escritura, en Biblia; lo mismo que entre los médicos hay especialistas de corazón, de pulmón o de aparato digestivo.

Por ejemplo. Cuando la Biblia dice que Dios hizo a Eva de una costilla de Adán, de ninguna manera significa que Dios le quitara a Adán una costilla para hacer a Eva. No es eso. La enseñanza de la Biblia consiste en que la mujer es de la misma naturaleza que el hombre: como una costilla suya. Eso es lo que quiere enseñar. Enseñanza muy importante. Porque para nosotros, hombres del siglo XX, después de la emancipación de la mujer, de la igualdad de derechos con el hombre, no nos extraña que la mujer sea de la misma naturaleza que el hombre.

Nos parece lo lógico, lo normal. Lo que defendemos. Pero pensad en el pueblo primitivo. En los pueblos primitivos la mujer no era persona, era un instrumento del hombre. El hombre subordinaba la mujer a su servicio, a sus satisfacciones, a sus apetencias. En aquella degradación de la mujer, en aquella instrumentalización de la mujer, el que la Biblia diga que la mujer es de la misma naturaleza que el hombre, es un gran mensaje que ha influido en la mentalidad de la Humanidad.

Pues lo mismo, cuando la Biblia dice que Dios hizo a Adán de barro, no significa que Dios hizo a Adán de una figurita de arcilla. No. Dios sacó a Adán de la materia. Pero esta materia que Dios utilizó para hacer a Adán, no fue necesariamente arcilla. Pudo ser un cuerpo de mono. Tan materia es un mono como la arcilla. Porque materia se contrapone a espíritu. Y tan materia es un mono como un figura de barro. El animal es materia sensitiva y el barro es materia mineral. Es materia todo lo que no es espíritu. El mono es materia porque no tiene espíritu, porque no tiene alma espiritual.

Entonces entra perfectamente dentro del texto bíblico que lo que Dios utilizó para hacer al hombre pudo ser el cuerpo de un mono antropomorfo. Pudo ser. Es una hipótesis. Y que nadie se ofenda de pensar que en nuestro árbol genealógico haya un animal. No pasa nada. No te escandalices. No te ofendas.

Decidme, ¿es que la materia organizada del cuerpo de un mono es menos digna que un pedazo de barro? No veo por qué.

Nos hemos acostumbrado a aceptar que Adán fue hecho de barro, y quizás nos cueste pensar que fue hecho del cuerpo de un mono antropomorfo. Pero no es más indigno un animal, que es mucho más perfecto de organización, que un pedazo de barro.

Entonces decimos: es posible que fuera así. Después diré si fue o no. Pero lo importante del mensaje de la Biblia es que el hombre es obra de Dios. El ser más o menos peludo, y tener un prognatismo más o menos agudo, es lo de menos. Lo que nos constituye en hombres es el alma intelectual y espiritual, y ésta nos la infunde Dios. Por eso el hombre es obra de Dios.

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¿Qué quiere decir la Biblia con esto? Que no hubiera habido hombre sin la intervención de Dios. Este es el mensaje. Dios intervino en la formación del primer hombre. Utilizando un mono o utilizando una figura de barro. Pero Dios intervino en la formación del primer hombre.

Y dice la Biblia en su modo de hablar. «Dios le sopló y lo hizo a su imagen y semejanza». Es decir, le infundió un alma espiritual, que es lo que nos hace a imagen y semejanza de Dios. Porque Dios-Creador no tiene cuerpo. El alma es lo que nos hace semejantes de Dios. Porque en el cuerpo tenemos mucha semejanza con los animales. Lo que nos diferencia de los animales y nos hace superiores a ellos es el alma espiritual. Este alma espiritual nos asemeja a Dios que es espíritu.

Para esta conferencia me he leído unos cuantos libros. He traído tres nada más. Porque los voy a citar. Este libro sobre «La evolución», de la B.A.C., está escrito por varios autores. Cuatro son jesuitas, antropólogos. También hay un franciscano. Después hay varios catedráticos de distintas universidades; entre ellos está Villar Palasí.

Leo: «Con la imagen del soplo y con la afirmación de que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, se quiere decir que el hombre recibió de Dios algo que lo convirtió en un hombre. El soplo que Dios insufló en él le comunicó algo de que carecían los animales. Algo que le colocaba muy por encima del mundo animal irracional».

De manera que con este soplo expresa la Biblia cómo Dios transforma lo que era animal en hombre, dotándole de alma espiritual.

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Antes de seguir adelante quiero deciros que esto de que estoy hablando no es obligatorio creerlo. Os estoy hablando de una hipótesis. De una teoría científica actual, seria; pero no obligatoria. Si hay alguno que le moleste pensar que en su árbol genealógico haya un animal, y prefiere pensar que Dios hizo a Adán de una figurita de barro, está en su derecho.

La Iglesia no nos impone el evolucionismo. Esta teoría que os estoy exponiendo se llama evolucionismo. Pero el evolucionismo es una teoría. No es obligatorio. La Iglesia sólo nos impone los dogmas de fe. Cuando una verdad me consta que es así porque Cristo lo ha dicho, la Iglesia me obliga a creerlo. La existencia del infierno es dogma de fe. La presencia real de Cristo en la Eucaristía, es dogma de fe. Lo ha dicho Cristo. Tengo que aceptarlo. Y si no lo acepto, cometo un pecado de herejía.

Automáticamente me pongo fuera de la Iglesia Católica. Pero la evolución no es dogma de fe. La Iglesia me deja en libertad. Si me gusta lo tomo. Si no, lo dejo. Esto es libre. Esto es una hipótesis seria. Por eso la Iglesia la acepta. Pero no la impone. El que prefiera puede seguir pensando que Dios hizo a Adán de una figurita de barro.

Otros interpretan el barro como un escalón previo a la vida, que una vez surgida en la Tierra fue evolucionando hasta el mono y hasta el hombre. Hay diversas hipótesis.

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La Iglesia no impone el evolucionismo porque es una teoría en la que queda mucho por construir. En más de dos millones de años de antigüedad, los descubrimientos hechos por el hombre son muy pocos todavía. No forman una teoría indiscutible y definitiva.

Son algunos eslabones: que en Java se haya encontrado una muela, un fémur y un fragmento de cráneo del «pitecánthropus erectus»; que en Heidelberg, en Alemania, se encontrara la mandíbula de Mauer; que a 14 km. de Burgos, en Atapuerca, se haya encontrado una mandíbula contemporánea a la de Mauer, que ha sido estudiada por el célebre catedrático de Antropología, Emiliano Aguirre;que en África del Sur se encuentren los «australopitecus»; que en China, a 40 km. de Pekín, encuentren el «Sinánthropus Pekinensis Black» un equipo de antropólogos entre los que se encuentra el padre jesuita Teilhard de Chardin, etc. etc. Son pocos eslabones de una cadena de más de dos millones de años.

En este otro libro, que me he traído también en orden a esta conferencia, pone la edad de los eslabones. El hombre de Neanderthal tiene unos cien mil años de antigüedad. Lo mismo podríamos decir del hombre de Cromagnon, pues parece que fueron coetáneos, según la revista científica norteamericana «Nature».

El «Sinánthropus Pekinensis Black», tiene unos doscientos mil años de antigüedad.
El «pitecánthropus erectus» de Java, tiene unos trescientos mil años de antigüedad.
El hombre de Heidelberg, de Alemania, tiene unos cuatrocientos mil años de antigüedad.
Los «australopitecus» de África del Sur de quinientos mil años a dos millones quinientos mil años de antigüedad.

Es decir, estáis viendo una cadena formada por eslabones de cien mil años. Es una cadena en la que queda todavía mucho por construir. Todo esto está en el Cuaternario, cuyo período más antiguo, el Paleolítico Inferior, llega hasta dos millones quinientos mil años antes de Cristo. El hombre terciario es más problemático.

En las cuevas de Atapuerca, cerca de Burgos, han aparecido restos humanos anteriores a la mandíbula de Mauer, de Heidelberg, con más de quinientos mil años de antigüedad. En 1982 aparecieron en Orce ( Granada ) restos humanos de un millón y medio de años de antigüedad.

El geólogo Jhon Martyn ha encontrado en Kenya restos humanos de dos millones quinientos mil años de antigüedad. Donald Johanson descubrió en Etiopía el homínido más antiguo. Tiene cuatro millones de años. Es de una joven de unos 20 años a quien denominaron «Lucy».

Ahora bien, aunque el evolucionismo es una hipótesis, es una hipótesis seria. La ciencia va por ahí. Los descubrimientos van por ahí. De manera que es muy posible que esta teoría de que Dios utilizó el cuerpo de un mono para hacer al hombre, cada vez tenga más fuerza y más solidez. En este libro dice: «Las pruebas nos dan hoy un grado suficiente de certeza para indicarnos que la evolución es un hecho perfectamente establecido». Esto dice un científico. El cree que la evolución tiene una vigencia clara.

En este otro libro que también me he leído entero para esta conferencia, dice así: «La evolución es una hipótesis eminentemente razonable. Verificable en sus numerosas consecuencias, y que no se puede rechazar sin sustituirla por otra tan plausible, por lo menos. Puede decirse que un biólogo a la altura de los datos actuales, no tiene prácticamente derecho a no ser evolucionista, si no puede explicar los hechos de otra manera».

De modo que la evolución es una hipótesis. Pero seria, formal. Y aceptada por la Iglesia Católica.

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-¿Entonces es verdad que el hombre viene del mono?

Depende. Dicho así, no. El hombre no viene del mono. Porque el mono, por sus solas fuerzas naturales de evolución, nunca hubiera dado en hombre. Luego el hombre no viene del mono. Ahora bien, con la intervención de Dios se da el salto del animal al hombre, del plano de la evolución material al espíritu. Entonces sí podemos decir que de alguna manera en nuestra ascendencia hubo un animal que fue elevado por Dios al orden espiritual cuando nos comunicó el alma espiritual. Lo que nos constituye en hombres es el alma espiritual.

Por eso decimos que con la intervención de Dios es perfectamente posible la teoría de Darwin. He de decir que Darwin era creyente. Los materialistas han venido después que él: Haeckel, Huxley. Pero Darwin era creyente, incluso fue seminarista. Lo digo porque algunos creen que era ateo.

Él no excluye a Dios en la evolución. Es más, al final de su libro «El origen de las especies» atribuye a Dios las leyes que rigen la evolución. Él tuvo una intuición de cómo pudo ser el origen del hombre. Y acertó con su intuición, aunque en aquel tiempo no tenía los datos que tenemos hoy que confirman su intuición.

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Como decía, nunca el animal, por mera evolución, puede dar en hombre. El salto del animal al hombre, el salto de la materia al espíritu, lo tiene que dar por intervención de Dios. Por eso el hombre es obra de Dios. Esta idea la voy a leer en este libro. Dice así: «Con las solas fuerzas naturales ningún animal pudo evolucionar y llegar a un grado de perfección tal que le permitiera salir del círculo de la especie animal y entrar en el de la especie humana. El primer hombre no es ni pudo ser, el resultado supremo de la evolución animal, sino un ser que existe porque Dios lo creó.

Dios está en el origen del hombre. Y sin su acción especialísima no hubiera llegado el hombre a existir». De manera que ésta es la lección de la Biblia: el hombre es obra de Dios, porque sin la intervención de Dios nunca hubiera podido existir el hombre.

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El alma es lo que nos diferencia de los animales. En los sentidos somos como los animales. Incluso ellos nos aventajan. Tienen mejor vista, mejor oído, mejor olfato. Nosotros los superamos en la inteligencia. El alma espiritual es la que permite al hombre discurrir, tener inteligencia, cosa que no tienen los animales.

Los animales no son inteligentes. Los animales no discurren. Los animales no tienen más que conocimiento sensitivo. Los animales sólo conocen por los sentidos. Nunca conocen por el entendimiento. Un ejemplo: a un mono se le puede amaestrar a base de palo y golosinas. Al mono le dices:

-Salta.
Y da un salto.
-Al suelo.
Y se tira al suelo.
-Dame una pata.
Y te da una pata.
Y uno dice: «Caramba, parece que el mono entiende».

El mono no entiende. El mono oye. Y al mono le acostumbras a que cuando oye «salta», dé un salto. Si da un salto, le das una avellana. Si no da el salto, le das un palo. Le dices: «al suelo». Y lo acostumbras, que cuando oye «al suelo», si se tira al suelo, una avellana; si no se tira al suelo, le das un palo. Y a base de palos y avellanas, lo amaestras. Entonces sacas al mono a la pista, y empieza a dar volteretas.

Amaestras al mono a que dé volteretas. Pero no hay ningún dueño de circo que ponga al mono en la taquilla a vender entradas. ¡Porque se arruina! Al mono no se le puede enseñar a discurrir. Lo amaestras para que reaccione de un modo determinado cuando oye un sonido determinado. Le acostumbras a que asocie un sonido a una acción, y a un premio o un castigo. Es pura asociación de sensaciones. No tiene nada que ver con la inteligencia que es coordinación de ideas. El mono no entiende el significado del sonido, pero asocia el sonido al movimiento, y al premio o castigo. Eso es amaestrar. Es utilizar el conocimiento sensitivo que tienen los animales. Pero al mono no se le puede enseñar a razonar, a tener ideas filosóficas o religiosas. Esto sólo es posible con alma inteligente y espiritual.

Otro caso: el perro de tu cuñado te conoce, y cuando llegas, mueve el rabo. Pero, ¿cómo te conoce? Cuando te ve, por el ojo. Cuando oye tu voz, por el oído. Cuando te huele, por el olfato. Pero el perro de tu cuñado te conoce siempre por los sentidos, nunca te puede conocer como cuñado de su dueño. Porque la idea de «cuñado» no la capta el perro. Como no capta la idea de tío o de sobrino. Porque las ideas no las capta el animal. Porque la idea no es palpable. La idea no es material. La idea es abstracta. La idea no la puedes pesar en una balanza. La idea no la puedes medir con un metro.

La idea es de orden espiritual, y no la captas con los sentidos materiales. En cambio tú captas ideas. Tú sabes perfectamente que no es lo mismo cuñado, que tío, que sobrino. Captas la idea de «triangularidad» que es una idea abstracta que abarca todas las formas posibles de triángulos: equilátero, isósceles, escaleno.

Los animales no captan las ideas abstractas. No pueden preocuparse de los problemas filosóficos o religiosos, que son exclusivos del hombre. Los animales sólo se mueven por el instinto de conservación del individuo y de la especie: reproducción y supervivencia (alimento y defensa de la vida). El perro, si te conoce, mueve el rabo. Si no, gruñe. Esto entra en el instinto de conservación.

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Este alma espiritual, que capta ideas, es la que da poder al hombre para discurrir. Por eso el hombre progresa. El hombre progresa porque puede discurrir sobre lo que observa. Los animales, como no tienen inteligencia, como no pueden captar ideas, no progresan. Los animales hacen las cosas siempre igual. Como una máquina automática. Siempre igual. Una máquina no puede hacer aquello para lo que no está preparada. Las abejas hacen un panal maravilloso. Pero hoy lo hacen lo mismo que hace dos mil años. Virgilio hace dos mil años describe la vida de las abejas en el panal. Es exactamente lo mismo que hoy. No progresan.

Las golondrinas hacen un nido maravilloso. Hace tres mil años Heródoto describe cómo las golondrinas hacen sus nidos. Lo mismo que hoy. Porque la golondrina hace su nido automáticamente. Por instinto. Le sale así. Lo que es instintivo, es automático.

Es como nuestra digestión. Nosotros hacemos la digestión automáticamente, instintivamente. Tú no sabes la cantidad de jugo gástrico que necesitas para hacer bien la digestión. Y eso te sale solo. Y tú haces la digestión, pero tú no controlas la digestión a voluntad. Es algo automático. Pues lo mismo que el hombre hace automáticamente la digestión, instintivamente, lo mismo hacen todo los animales. Todo lo que hacen, lo hacen instintivamente. Siempre igual. No progresan porque no tienen inteligencia. No razonan. Se rigen por los instintos de conservación del individuo (defensa de la vida, búsqueda de los alimentos), y conservación de la especie (reproducción).

El hombre razona. Y porque razona, progresa. Empieza viviendo en cuevas, después en cabañas, después hace casas, y hoy vive en rascacielos. Y empieza caminando a lomos de un animal, de un elefante, de un camello, de un caballo. Después inventa la rueda y hace un carro. Después el automóvil, el avión, y hoy el cohete a la Luna. Progresamos, porque manejamos ideas. Sabemos asociar ideas y así descubrir cosas nuevas. Vamos pasando de lo conocido a lo desconocido. El hombre descubre lo que no ve, discurriendo sobre lo que ve.

No sé si recordáis una de las conferencias que os di de Astronomía. Os hablé cómo Leverrier descubrió el planeta Neptuno, sin haber visto a Neptuno, estudiando la desviación de la órbita de Urano. Lo que vemos nos lleva al descubrimiento de lo que no vemos. Sabemos que en el Sistema Solar hay un décimo planeta. Todos hemos estudiado que hay nueve: Mercurio, Venus, La Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón. Nueve planetas en el Sistema Solar. Ahora sabemos que hay diez. Le llamamos el Planeta X.

Si recordáis, hace unos días en el «Diario de Cádiz» ha venido un artículo sobre el planeta X, y dice esto: «En busca del Planeta X». Sabemos que hay un décimo planeta del Sol. Lo sabemos, y no lo hemos visto. Se deduce por las anomalías en la órbita de un cometa. Estas anomalías tienen que ser ocasionadas por un décimo planeta. No lo hemos visto, pero lo hemos conocido por el entendimiento. Sabemos que tiene que estar ahí. Ya lo veremos algún día. Lograremos fotografiarlo. Pero todavía nadie lo ha visto. Lo hemos conocido por el entendimiento.

Bueno, ¿a dónde voy yo con todo esto? A ver cómo el hombre discurre. Cómo el hombre pasa de lo conocido a lo desconocido manejando ideas.

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Es fácil que alguno diga: bueno, es que nosotros no pensamos con el alma, pensamos con el cerebro.

No señor. Pensamos con el alma. El cerebro es el instrumento. Pero no el autor del raciocinio. El autor del raciocinio es el alma. El alma piensa con el cerebro. El cerebro sin alma no piensa Mira un cuadro de Velázquez. Evidentemente que Velázquez para pintar ese cuadro utilizó un pincel. Desde luego. Con una escoba no sale ese cuadro. El pincel es el instrumento. Pero el pincel sin Velázquez no hace ese cuadro.

El autor de ese cuadro es Velázquez, que utiliza un pincel. Por eso no se dice: ¡Vaya cuadro que ha pintado el pincel! El cuadro se debe al artista. Aunque el artista necesita el instrumento. El pincel influye en el cuadro; pero el autor del cuadro no es el pincel, es el artista. Ese mismo pincel en manos de otro que no sea Velázquez no saca ese cuadro.

Pues lo mismo pasa con el entendimiento. El alma piensa con el cerebro. Pero quien piensa no es el cerebro solo, sino el cerebro vivificado por el alma. El cerebro de un cadáver no piensa. Si no tiene alma no piensa. Y lo que le da vida es el alma. Como el alma utiliza el cerebro para pensar, si el cerebro tiene una lesión, entonces el raciocinio tiene sus anomalías. Si un señor tiene un tumor en la cabeza o tiene una lesión cerebral, entonces tiene anomalías mentales.

Porque como el instrumento está averiado, el alma con ese instrumento averiado no puede funcionar bien. Pero si el cerebro está en condiciones, el alma utilizando ese cerebro puede razonar.

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Finalmente el hombre es libre. Los animales no. Los animales siguen necesariamente el más fuerte de los estímulos de sus instintos. El hombre puede elegir entre dos cosas. Aunque el hombre no es libre para todo. No podemos detener las palpitaciones de nuestro corazón. A veces nuestra libertad puede estar condicionada por circunstancias externas o internas a nosotros mismos. Pero no cabe duda de que hay circunstancias en que somos conscientes de nuestra libertad: yo me siento libre para tocarme cualquiera de las dos orejas, indistintamente.

Si alguna vez puedo usar de mi libertad, es porque tengo libertad. Y si tengo libertad soy algo más que materia. La materia no es libre. Las máquinas no son libres. Si una moto está bien, funciona. Si no funciona, si no arranca, es que le pasa algo: que la bujía está engrasada, que no tiene gasolina, que no hay chispa. Si tú empiezas a dar patadas a la moto y no arranca, algo pasa.

Y no la castigas. No la llevas a la cárcel. No, no. Si la moto está bien, anda. Y si no arranca, algo le pasa. Las máquinas no son libres para actuar. Por eso a las máquinas no se las lleva a la cárcel. Si para el hombre hay cárceles y condecoraciones, es porque reconocemos que es libre. Si no lo fuera, ni las cárceles ni las condecoraciones tendrían sentido. A un asesino se le encarcela, pero no a una máquina que ha triturado a un hombre.

Si somos libres es porque tenemos alma espiritual, pues la materia, como acabo de decir, no es libre.

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Bien. Pues esto tiene una importancia trascendental para nosotros. Porque yo llego a la conclusión de que el hombre tiene en sí algo que no es materia, algo superior a la materia. Yo tengo en mí algo espiritual. Tengo un principio espiritual que no puede morir. El espíritu no puede morir porque no tiene partes que se descompongan. La muerte es descomposición, es corrupción. El cuerpo se muere porque se descompone, se pudre, porque es materia. El alma, al ser espiritual, no tiene partes, no puede descomponerse, ni morir. Luego tenemos un alma inmortal.

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Pero es más. Es que Cristo me lo dice. Tú coges el Evangelio de Cristo, y Cristo te dice que el hombre sigue vivo más allá de la muerte. Si el hombre sigue vivo más allá de la muerte es porque el hombre tiene algo que no es cuerpo. Porque el cuerpo se queda aquí. El cuerpo se lo comen los gusanos. El cuerpo se convierte en polvo. Luego si Cristo me dice que voy a seguir vivo más allá de la muerte, es porque tengo en mí algo que no es cuerpo. Porque todos sabemos que el cuerpo se va a la tumba, y Cristo me dice que sigo vivo más allá de la muerte.

Cristo te habla de la gloria eterna. Cristo te habla del infierno eterno. Cristo te habla del Reino de los Cielos. Cristo te dice en montones de sitios del Evangelio, que el hombre sigue vivo más allá de la muerte.

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Si esto es así, no puedo preocuparme sólo de la vida terrena. Hay que preocuparse de esta vida, pero también de la otra. Te dice Cristo: «No temas al que sólo te puede quitar la vida del cuerpo: teme al que también puede mandar tu alma al infierno». ¿Por qué? Porque la vida del cuerpo, a lo más, durará cien años. Pero la vida del alma es eterna. No va a tener fin jamás.

Y la vida eterna dependerá de la vida terrena. Si vivo aquí como Dios manda, tendré la recompensa de la felicidad eterna, que Dios tiene preparada a los que le sirven con buena voluntad.

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A lo mejor puede haber un señor que diga:

-Bueno, yo como no creo en eso del alma, yo como no creo en eso del infierno, yo como no creo en eso del más allá, yo como no creo en esas pamplinas, yo tranquilo.

¡Tranquilo de qué! El hombre es como Dios lo ha hecho. Y crea o no crea, admita o no admita, le guste o no le guste, el hombre no cambia su naturaleza. Porque nuestra naturaleza no depende de lo que nos guste, ni de lo que aceptemos. Somos como Dios nos ha hecho. Aunque uno quisiera no tener alma, la tiene. Aunque uno niegue su naturaleza, no destruye su naturaleza. Suponte que un señor dice:

-Yo no quiero tener hígado. ¿Para qué quiero yo hígado? Me gusta el alcohol y no quiero morir de cirrosis.

¡Pues tienes hígado, muchacho! ¡Tienes hígado! ¿Que no lo sientes? Enhorabuena. Señal de que lo tienes sano. Pero el que tú tengas hígado no depende de lo que tú digas, ni de lo que tú pienses, ni de lo que tú creas, ni de lo que a ti te guste. Tú tienes hígado porque Dios ha hecho el cuerpo humano con hígado. Y creas o no creas, te guste o no te guste, afirmes o niegues: tienes hígado. Y tu hígado no desaparece por lo que tú digas. No puedes prescindir del hígado. No puedes cambiar tu naturaleza. Porque Dios ha hecho el cuerpo del hombre con hígado.

Pues lo mismo te digo del alma. Dios ha hecho el cuerpo del hombre con alma inmortal. Y acepte o no acepte, crea o no crea, tengo alma inmortal. Y el alma no desaparece porque uno diga:
-Yo, como no creo, tranquilo.

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Es como el que tiene úlcera de estómago y no quiere hacer caso de lo que le dice el médico. Come lo que no debe, una perforación, una peritonitis, revienta y a la tumba. ¡Claro! Porque el hecho de que él no quiera hacer caso, no le cura la úlcera. Porque la existencia de la úlcera no depende de lo que él quiera, sino de lo que le diga el que entiende, el médico. Y si no quiere hacer caso, que se atenga a las consecuencias.

Lo mismo pasa con el alma. Cristo-Dios nos dice que seguiremos vivos más allá de la muerte. Y si alguno no quiere hacer caso, se va a enterar. En cuanto se muera, se entera. Por la muerte pasamos todos. De ésa no se escapa nadie. El que no quiera hacer caso de lo que dice Cristo, se enterará en cuanto se muera. Nos vamos a enterar todos.

Entonces, ¿qué es lo sensato? Lo sensato, lo prudente, lo inteligente, lo razonable, lo que hace un hombre culto, es pensar en estas cosas. Que las cosas no se solucionan poniéndose de espaldas a los problemas.

-Yo no pienso en eso. Yo, ¿para qué? Bastantes problemas tiene esta vida para pensar en la otra.
-De acuerdo, bastantes problemas tiene esta vida. Hay que trabajar. Hay que comer. Hay que vivir. Hay que preocuparse de las cosas de este mundo.

Pero es muy triste que nos absorba tanto esta vida, que nos olvidemos de que somos inmortales. Porque la otra vida es eterna, y ésta es temporal. Tú no puedes dejar de pensar en la otra. Porque te la vas a encontrar. Pienses o no pienses, creas o no creas, te la vas a encontrar en cuanto te mueras. La otra vida no desaparece porque tú no pienses en ella. Que Cristo te dice que el hombre sigue vivo más allá de la muerte.

***

Por eso, un hombre sensato piensa en estas cosas. Que esto es muy serio. Que esto no es para despreocuparse. No puede ser. Es una barbaridad vivir inconscientes de que vamos a seguir vivos más allá de la muerte. Tengo que vivir esta vida pensando en la otra. Porque me la voy a encontrar.

Y entonces el hombre sensato, ¿qué hace en esta vida? Hace el bien. Hace buenas obras. Se vuelca en hacer obras buenas con todo el mundo. No hace daño a nadie. Ayuda a todo el mundo. Cumple con su deber. Es fiel a Dios. Se sacrifica para atesorar buenas obras.

Porque la vida del más allá depende de la vida de aquí. Según sea la vida del hombre en este mundo, será la vida en la eternidad. Por eso es muy triste que las cosas de este mundo nos absorban tanto que nos olvidemos de que somos inmortales, y que todo lo bueno que hayamos hecho, será un tesoro para la otra vida. En la hora de la muerte lo único que te va a consolar son las buenas obras que hayas hecho. Y te dolerá no haber aprovechado más la vida para hacer el bien, porque te has olvidado de las buenas obras y al final de tu existencia lo que sentirás es no haber sido mejor durante la vida.

Este pensamiento es corriente, es frecuente.

Los sacerdotes que estamos al pie de los enfermos moribundos, y de los que van a dar el gran paso a la eternidad, lo oímos muchas veces. Cuántos hombres al final de su existencia lamentan no haber hecho mejores cosas en la vida. Y ya se acabó. Una vez que se acaba esta vida, ya se acabó. Porque el tiempo de merecer es esta vida. En la otra ya no se merece, porque ya no tienes libertad.

El hombre que no tiene libertad no puede merecer. Por eso todos tus méritos los tienes que hacer a este lado de la muerte. Todo lo que atesores en este lado de la muerte, eso te lo encontrarás en el más allá. Si has tenido el acierto de hacer el bien, te encontrarás un tesoro.

Y si por desgracia tienes malas obras, lo que te encontrarás será lo que merecen tus obras. Todo lo malo que hayas hecho lo vas a pagar. Unas veces aquí ¡Cuántas veces se paga en este mundo el mal que se ha hecho! Muchas veces. Pero si no se paga aquí, se paga allí. Algunos se escapan de esta vida sin pagar lo malo que han hecho. Pero lo pagarán en la otra. El que la hace la paga. Eso desde luego.

Dice San Pablo: «De Dios no se ríe nadie». Es frase de San Pablo a los Gálatas. Por lo tanto, ¿qué pretendes? ¿Tú crees que vas a hacer lo que te dé la gana y te vas a reír de Dios? ¿Y que no te pasa nada? ¡Que de Dios no se ríe nadie! Frase de San Pablo. Palabra de Dios.

Por lo tanto, lo sensato es aprovechar la vida para hacer el bien. Volcarnos en amor a los demás. Sacrificarnos por todo el mundo. Atesorar buenas obras. Que nos van a servir para toda la eternidad. Y lo que hayamos hecho de malo, arrepentirnos. Pedir perdón a Dios. Todos hacemos cosas malas. Todos. Todos somos pecadores. Unos más y otros menos. Y el que no se crea pecador es un soberbio. Porque todos podemos ser mejores de lo que somos. Todos. Y si yo puedo ser mejor de lo que soy, ya estoy pecando de omisión. Los únicos que no cometen faltas son los que están en el cielo.

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Pues tengamos la sensatez de tener en cuenta estas cosas: que somos inmortales, que las cosas no acaban con la muerte, que yo seguiré vivo más allá de la muerte, y que la vida que voy a tener más allá de la muerte, depende de las obras que yo haya realizado en esta vida.

Pues que estas ideas que os acabo de sembrar fructifiquen en vuestro corazón y os ayuden para que el día que Dios os llame, podáis estar tranquilos de que estáis en condiciones de pasar al Reino Eterno que Dios nos tiene preparado a todos los que procuramos servirle con buena voluntad. Muchas gracias por vuestra atención y hasta otra conferencia, si Dios quiere.

N.B.: Esta conferencia está disponible en DISCO COMPACTO (CD) y en vídeo.
Todos los sistemas.
Pedidos a la EDITORIAL SPIRITUIS MEDIA-Apartado 2564-11080.Cádiz. (España)
Correo electrónico (e-mail): spiritusmedia@telefonica.net






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