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La Navidad de Martín Descalzo
Martín Descalzo tenía una feliz memoria de la Navidad, de una entrañable navidad familiar y de unas navidades astorganas


Por: José Antonio Carro Celada | Fuente: Astorga.com



Cualquiera que conozca la obra literaria de José Luis Martín Descalzo sabe que sus rincones descriptivos más jugosos y entrañables están habitados por recuerdos de su infancia, de esa infancia vivida en Astorga, y que por ello mismo sirven como espejuelos familiares donde contemplar la propia niñez. Pero la infancia que cuenta José Luis está entretejida más que de aconteceres de emociones, y una de sus claves más emotivas consiste en la Navidad.

Martín Descalzo tenía una feliz memoria de la Navidad, de una entrañable navidad familiar y de unas navidades astorganas amenizadas y memorizadas con excelsas nevadas, nacimientos de césped o serrín teñido y sonería de villancicos "a capela", no como los que ahora suenan encofrados en tecnología digital. La Navidad está presente en toda la obra de José Luis como un estribillo o un evangeliario apócrifo de la infancia. Desde su primer escrito de largo en Un cura se confiesa hasta las recientes Buenas noticias donde se han coleccionado muchos de sus recuadros periodísticos, la Navidad es tema recurrente.

Y Belén es una de sus palabras preferidas, un lugar de geografía distante pero muy cerca del corazón, y sobre todo la capital de la infancia. Más de una vez José Luis expuso un personalísimo argumento: quien no haya estado en Belén no entrará en el reino de los cielos; que es tanto como proclamar la buena nueva de hacerse como niños. A mí me place apurar el silogismo y concluir que Astorga es Belén, al menos el Belén de los que hemos vivido aquí el reino de la infancia, que es prenda del reino de los cielos. Un reino de los cielos sólo al alcance de los que aceptan Belén como lugar de empequeñecimiento, donde Dios se hizo bebé y el cielo se vino abajo, convertido en suelo para dignificarlo. Sobre todo esto hay mucha tinta de Martín Descalzo vertida en algún recodo de sus novelas, en bastantes artículos periodísticos, en varios relatillos pastorales y en sus poemarios, sobre todo en la serie de los Apócrifos.

Le gustaba a José Luis imaginar al Joven Dios a esa edad en que se han distraído los evangelios o tratar de alumbrar o inculturar a Jesús de Nazaret en el adocenado corazón de nuestro tiempo. Escribió en más de una ocasión que Belén no es tanto un lugar cuanto un estado de gracia, un sitio donde caben las bienaventuranzas. Y es curioso comprobar cómo en los momentos más emotivos de su vida (durante el gloria de su primera misa) reaparece Belén y la superposición de su infancia. Por eso Astorga se convierte en paradigma y adopta la magia de un nacimiento apócrifo que, sin embargo, pueda ser tan afectivamente real como los belenes de la infancia que son, todos a una, un mismo Belén.

Basta como ejemplo de lo que digo este fragmento tornado de Un cura se confiesa: "Una alegría de recién nacido corría por los bancos y por mi corazón. Y yo veía aquel belén de carne con muchos pastores que venían a ver el nacimiento de Dios en el portal de mis manos y por uno de aquellos caminitos de harina bajaba mi madre con un chiquillo a cuestas, un chiquillo que podía ser un hermanito mío menor porque era igual que yo, o que acaso era yo, porque mi madre le llamaba con mi mismo nombre y vestía con aquel abriguito que yo vestí en los años de latín, y acaso aquella ciudad que brillaba al fondo no era Jerusalén sino Astorga y aquellos niños que jugaban al balón éramos mis amigos y yo, y acaso el castillo de Herodes no era el castillo de Herodes sino la catedral o el palacio del Obispo o el Ayuntamiento... y por aquella calle era por donde nosotros pasábamos corriendo tantos días... y cuando llegaba Navidad había que hacer el Belén y las casas tenían que ser como las nuestras, porque no nos imaginábamos que en el mundo pudiera haber otras casas distintas de las nuestras y no comprendíamos que en Belén no hubiera catedral".

Toda la tersura de Descalzo para hablar de la Navidad, para recordar sus navidades y recrearlas con toda su plata emocional, se arruga inesperadamente en lo más literario y navideño, en el villancico. Se cuentan con los dedos de las manos los villancicos que escribió José Luis. Y no por falta de ganas, sino por respeto al género, por miedo a no ser capaz de hacer un "verdadero villancico", de escribir "a cuerpo limpio" ese milagro poético que pide a gritos un enlace matrimonial entre humor, gracia y teología.

Martín Descalzo, que es un escritor profundamente navideño, no lo es sin embargo de villancicos. Sólo compuso diez y están incluidos en su Apócrifo de María. Yo le añadiría uno más, una especie de previllancico titulado Nueve meses, compuesto por treinta cancioncillas puestas en boca de una madre expectante que le susurra a su hijo, entre otras cosas:

"Si yo he sido pobre
tú lo serás más.
Porque Dios es pobre
si es Dios de verdad".

Según confiesa en el prólogo a Cantos y glosas de la Navidad, la serie de los villancicos arrancó con El trueque, un poemita-glosa inspirado en seis versos tomados de un romance navideño de San Juan de la Cruz.

"Y en Belén cabeza abajo
el cielo y la tierra están.
Y por siempre vivirán
hombre arriba, Dios debajo".

Tras este poema y por el mismo procedimiento —el clásico de la glosa— fueron naciendo de una misma tacada los otros nueve villancicos apoyados también en versos ajenos: en estrofas populares, en letrillas de Gómez Manrique y de Jorge de Montemayor. Quedan ahí, inscritos en arte menor, el sueño de la mula y el buey esperando un "segundo Belén" para los animales, el "mi Dios pequeñito" de la glosa para callar al Niño, la Virgen que "con Dios pequeñito" de la glosa para callar al Niño, la Virgen que "con Dios emparentó", o la hora "cuando Dios se hizo hombre, / cuando el hombre se hizo Dios". Muestras todas ellas de una Navidad en verso muy escuetamente cantada. José Luis Martín Descalzo sí afiló, en cambio, recuerdos y derrochó imaginación para evocar la Navidad de Astorga, una ciudad que en su prosa ha llegado a ser nada menos que Belén, la patria de todas las infancias.

 

 





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