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Un camino a la puerta del cielo

Un camino a la puerta del cielo
Una asignatura que no se enseña en ninguna universidad y que se llama: paz


Por: n/a | Fuente: es.catholic.net



Elie Wiesel, premio Nobel de la paz en 1986, pinta en su libro "La Noche" los sentimientos de algunos judíos ante los recientes atentados: "Muérdete los labios, hermanito... No llores. Guarda tu rabia y tu odio para otro día, para más tarde. Vendrá ese día, pero ahora no... Espera. Aprieta los dientes y espera".

Esperar, ¿a qué? ¿A otra ofensiva? ¿A las próximas elecciones? ¿A otro asesinato? ¿A una revancha justificada en nombre de no sé qué Dios? Existe una palabra mágica de tres letras. Algo así como ese tercer deseo que, de existir Aladino, se lo pediría con toda mi alma. Es una asignatura que no se enseña en ninguna universidad y que se llama: paz.

Muchos atentados suicidas han enrojecido las aguas del Jordán. El número de víctimas es incontable ya. El mundo observa con curiosidad el feroz desenlace y las contaofensivas.

Parecería que a los tratados de paz les hubieran dado ya el jaque mate. Es un problema complejo. Lo que realmente está en juego no es la creencia o la religión de un pueblo, las tierras y límites fronterizos de una nación, no. Lo que se debate es la dignidad de la persona humana: la vida de cientos, millares de hombres, mujeres y niños. Es la eterna lid del bien contra el mal, de la verdad contra la mentira.

Una de las facciones contendientes se ampara en la justicia. Alegan ser el pueblo elegido. Por lo tanto poseen el derecho y el deber de ocupar los territorios que el Dios del antiguo testamento les había prometido. Lo justo, por lo tanto, es defender a capa y espada la tierra prometida, la que mana leche y miel.

Los otros sueñan con los remansos del Jordán y la majestuosidad de Jerusalén. Por el momento son los más beneficiados del tratado de paz. En Belén ondea la media luna. Pero existen también grupos minoritarios, sectores fundamentalistas que han descoyuntado la cohesión interna. Son los "kamikazes" de la muerte: terroristas suicidas. Seres humanos convertidos en bombas que se tildan de religiosos y que creen conquistar el paraíso explotando entre una muchedumbre.

Es el drama de este siglo: matar, muriendo, para vivir. Extraño enigma. No sé a qué divinidad se puede honrar matando. ¿Se puede llamar religión al genocidio? ¿Puede haber Dios y religión donde hay muerte y odio?

Quiero introducirme en la conciencia del último suicida. Ese lugar neutro de cada corazón. Yo sé que no quería desintegrar a treinta seres humanos. Más bien soñaba con asesinar las ideas contrarias a su fe. Luchaba por una verdad, la "suya". Y por lo que consideraba lo mejor, sacrificó su vida, esa colección de años ahora desintegrados. Seguramente activó la bomba por amor a Dios y a la libertad. Pero también es verdad que se puede amar mal y con error, sobre todo cuando se odia la vida.

Se acerca el momento. Ya divisa el autobús. Sólo faltan unos metros. ¿Un último pensamiento? ¿Un leve latido de arrepentimiento? ¿Qué será de mis seres queridos? ¿Y si esto fuera una locura? La explosión transforma en un infierno de llamas los cuerpos de las víctimas. Hombres, mujeres y niños; algún transeúnte. Chorros de sangre, sirenas, gemidos y lamentos; maldiciones y muerte. Los compañeros del terrorista, desde cualquier televisión, borrachos de sangre. Yo estoy seguro que tampoco ellos odiaban a esas víctimas exangües, porque no se puede odiar lo que no se conoce.

Y este espectáculo nos hace recordar otros asesinatos... La muerte fría y traicionera produce rencor e indignación.

Démos cauces a la paz. Las riberas del Jordán son amplias, como el corazón de los hombres de buena voluntad. Evitemos la guerra. Ayudemos al desarme, al diálogo, a la solidaridad. Hay que sellar una nueva paz, no con sangre caliente o firmas extranjeras, sino con los corazones. La paz, como la vida, nace del amor. El amor es orden y respeto. Las bombas, como las balas, matan cuerpos, pero nunca ideas.

Pienso en otro israelita. Vivió hace XXI siglos. Era un hermano de la raza escogida. También él sufrió un atentado. Predicó la justicia, el amor y la paz. Pero él no se mordió los labios ni odió a sus enemigos. Esa es la diferencia entre ser víctimas o mártires.

No sé de qué color son la aguas del Jordán. Pero he soñado que todas las noches, cuando se abre el firmamento, en la suave corriente se dan la mano la estrella de David y un gajo de luna. !Shalom!





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