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VIVIENDO UNA EXPERIENCIA SINGULAR

VIVIENDO UNA EXPERIENCIA SINGULAR
Vivo una experiencia un poco singular a mis 51 años, sin un empleo formal, con una familia que mantener, con deudas...






Vivo una experiencia un poco singular a mis 51 años, sin un empleo formal, con una familia que mantener, con deudas...

Aunque tengo las preocupaciones normales de un padre con 4 hijos, hay algo más, un amor que me sostiene. No se puede ver ni tocar, pero lo llevas dentro, en el alma. Y me siento feliz.

Esta felicidad no es mía. No sería natural. Proviene de la presencia cotidiana de Dios. Es su gracia. Su amor.

Perdonar.
Comprender.
Tener caridad.

Por mí mismo, jamás podría. No tengo otra forma de explicarte mi curiosa actitud.

Procuro vivir en su presencia amorosa. Paso en constante oración interior. Es una necesidad.

Es como estar en la cima de una montaña muy alta, donde el paisaje es sobrecogedor. Llegas agotado, casi sin poder respirar y en tu mente pasa un solo pensamiento: “gracias Señor”.

Es lo que pienso a diario, agradecido con Dios: por la vida, mi familia, por sus gestos de amor.

Hay que experimentar el amor de Dios para comprenderlo. Debes darte esa oportunidad.

Recuerdo una vez que una persona se me acercó. No sabía qué hacer con su vida.

“Deja que Dios te ame”, le respondí, “porque viviendo en su amor todo tendrá sentido”.

Al tiempo le encontré más feliz, cambiado.

“Esto es una maravilla”, me dijo, “no paso un día sin saludar a Jesús antes de irme al trabajo”. “Y si encuentro la Iglesia cerrada, lo saludo desde el auto”.

Esta experiencia, San Agustín es el que mejor la ha sabido describir:

“Tarde te amé, ¡oh, belleza siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé! He aquí que Tú estabas dentro de mí, y yo estaba fuera de mí mismo y fuera te buscaba... Tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti, precisamente aquellas cosas que, si no estuvieran en ti, no existirían”.









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