Menu



EN EL CORAZÓN DE DIOS

EN EL CORAZÓN DE DIOS
Vivo oleadas de ternura. Experimento anhelos de santidad que creía olvidados.






Vivo oleadas de ternura. Experimento anhelos de santidad que creía olvidados.

De pronto Dios se hace presente y le siento cercano, tanto que me quedo quieto, pensativo, tratando de comprender esos momentos, lo que espera de mí, lo que nos pide. Entonces, súbitamente lo veo con claridad. Lo único que Dios busca es mi amor. Quiere abrazarme, amarme, tenerme cerca de su corazón.

Nos quiere para Él, como una madre que estrecha a su pequeñuelo contra su pecho. Allí lo retiene diciéndole que lo ama, que es su alegría, su esperanza.

En este mundo parece que Dios no tiene cabida.

Lo vemos en los diarios. Ninguno lo menciona.

Nuestro Padre y creador…

Nadie parece acordarse de Él cuando redacta una noticia.

Suelo pensar en Dios como un padre amoroso que a veces se retira con dolor, en silencio, al ver nuestras actuaciones. Siento que le duelen nuestros pecados.

Y cuando nos quiere consolar, no le dejamos.
Lo abandonamos en los pobres los miserables.

He buscado a Dios toda mi vida. Pensé continuar en silencio, en aquella vida interior en la que respiro su amor. Pero un día escuché estas palabras: “escribe. Deben saber que los amo”. Y yo, feliz por este llamado, me puse a escribir.
No podría hablar ante una multitud, tampoco podría discutir de Teología, sólo se escribir, contar las cosas que me ocurren, mis vivencias y las de otros que las comparten conmigo.

Vivo en el corazón de Dios, y lleno de defectos, temo ofenderlo.

Siempre recuerdo con cariño aquellas sabias palabras de un sacerdote, durante una confesión: “No te preocupes. Santo no es el que nunca cae, sino el que siempre se levanta”.

Estoy por cumplir 53 años. Suelo recordar aquella mañana en que camino al trabajo me detuve en un parque. Me senté en una banca, cansado por lo que era y hacía. Y le ofrecí el resto de mi vida.

Estaba por cumplir 33 años. Moriría para el mundo y viviría para Dios. En lo cotidiano, en medio de mi familia, con mi esposa y mis hijos y las dificultades cotidianas. Todo lo abrazaría y se lo ofrecería a Dios.

A estas alturas de mi vida sigo preguntándole a Dios:

“Señor, ¿qué quieres de mí?”

Y sigo escuchando la misma respuesta:

“Tu amor”.








Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!