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SANTOS ANONIMOS

SANTOS ANONIMOS
Cierta vez una monjita me contó de aquel hombre enfermo que ella cuidaba.






A diario escuchas historias que te hacen comprender que nuestra fe no es un sentimiento, es una certeza, una hermosa realidad.

Se evidencia la dulce presencia de Dios.

Personas que lo dejan todo, sin mirar hacia atrás, por seguir a Jesús. Entregan sus vidas como una ofrenda. Confiados en las promesas de Dios.

Saben que dan sus vidas por algo grande.

Igual aquellos que ofrecen sus enfermedades, sus miedos, sus temores, por el bienestar de los otros.

Hay tantos a tu alrededor que ni siquiera lo sabemos. Son los héroes de Dios.

Silenciosos, hacen su trabajo, con amor.
Rezan por nosotros. Orecen sus vidas por los demás. Son los santos anónimos.

Sus historias son impresionantes.

Cierta vez una monjita me contó de aquel hombre
enfermo que ella cuidaba. Una noche, después de darle sus alimentos, el buen hombre la llamó:

“Hermanita venga”.

“Dígame, ¿en qué le puedo servir?”

“No hemos rezado ¿podría acompañarme?”

“Por supuesto”, le dijo ella con una sonrisa.

Y empezaron:

“En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

En ese instante el hombre suspiró y con una serenidad asombrosa emprendió su viaje hacia la eternidad.








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