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HISTORIAS DE DIOS

HISTORIAS DE DIOS
En cierta ocasión me escribió un amigo con el que solía cartearme y me dijo: “No me hables más de Dios. Dios no necesita al hombre”.






REFLEJANDO SU AMOR

En cierta ocasión me escribió un amigo con el que solía cartearme. En aquellos días no existía el internet y escribíamos cartas. Él pasaba por múltiples dificultades y yo trataba de animarlo.

Un día, en una de sus cartas me dijo:

“No me hables más de Dios. Dios no necesita al hombre”.

Me quedé pensativo, quería responder y no sabía cómo.

"¿Por qué Dios necesita al hombre?"

Pasé toda la mañana buscando una respuesta aceptable sin encontrarla.

Por la tarde fui a una misa del lugar donde laboraba. Una vez al año íbamos para agradecer a Dios sus beneficios.

Recuerdo que mientras iba a la Iglesia seguía buscando respuestas para la inquietud de mi amigo.

El sacerdote leyó el Evangelio y se paró frente al estrado para la Homilía. Entonces dijo lo más sorprendente que pude escuchar:

“Muchos se preguntan si Dios necesita al Hombre. Y no encuentran respuestas. Yo les diré por qué Dios necesita al hombre”…

Yo no podía creer lo que ocurría. Era sorprendente.

Comparó al hombre con la luna que refleja en las noches la luz del sol. Dios necesita al hombre para reflejar su amor a los demás.

Al terminar la misa fui a la sacristía y le conté al sacerdote. Quedó tan sorprendido que llamó a los que estaban cerca:

“Oigan, vengan a escuchar esto”.

Y volví a narrar lo ocurrido para sorpresa de todos.


UNA COMIDA CASERA

Un lunes salí del trabajo al medio día y me encontré que habían cerrado algunas calles en protesta.

“Cuánto desearía una comida casera”, pensé, sabiendo que no podría llegar a casa para el almuerzo. Y me regresé al trabajo.

En el camino hallé una monjita franciscana, que esperaba un taxi parada en una esquina.

Su convento quedaba justo detrás de mi trabajo y me ofrecí a llevarla. Gustosa aceptó. Me preguntó por mi familia, el trabajo. Y le conté que iba a comprar comida rápida, porque las calles estaban cerradas.

“¿Y por qué no viene al convento y almuerza con nosotras?”, me invitó, con una amplia sonrisa.
“¿Es en serio?”, pregunté sorprendido.
“Por supuesto”, añadió ella.

Y allí estaba yo, rodeado de estas dulces monjitas, saboreando una deliciosa comida casera… ¡Justo lo que deseé!

Pensé impactado, en la bondad de Dios que a todos nos consiente, le pidamos o no.



LA TARDE DEL TRANQUE

Una tarde el dueño de la empresa donde laboraba me pidió el favor de llevar a un visitante extranjero a su hotel, a la salida del trabajo. Por supuesto accedí.

La reunión se alargó más de lo previsto y cuando el visitante salió, había una cantidad impresionante de autos frente a nosotros. Tardaríamos al menos una hora en llegar a su hotel.

Por dentro me quejé y le pregunté a Dios: “¿Por qué esto?”. La verdad, estaba un poco molesto.

El visitante se montó en mi auto y vio una estampita de la Virgen que tenía cerca del volante.

“Sabe”, me dijo, “yo estudié en un colegio católico”.
“Qué bien”, le dije.
“Y ya no creo en Dios”, añadió cortante.

Era increíble.

¡En ese preciso instante comprendí!

Ahora sabía por qué la hora y qué hacíamos en ese tranque vehicular.

Aproveché ese tiempo tan valioso y le conté mis experiencias con Dios. Y lo bueno que era Él con todos nosotros.

No sé si en algo lo ayudé. No me correspondía saber. Sólo me tocaba sembrar la semilla. El resto le tocaría a Dios.

Aprendí que Dios tiene sus motivos, que con el tiempo entenderemos.




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