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Padre, no soy feliz

Padre, no soy feliz
Son muchos los que se aíslan, se llenan de temores


Por: Padre Marcelo Rivas Sánchez | Fuente: Catholic.net



La gente nos observa, de eso no le quede ninguna duda amigo lector, y de mayor manera a los sacerdotes. Saben, la gente común observa la alegría de los sacerdotes y por consiguiente la felicidad. Ante esta mirada nos interrogan, bueno me detienen y me dan su confianza para decirme: “Que no son felices” Como esto es una interrogante muy común entre muchos, me permito hacerla en una reflexión para otros.

La pregunta va muy unidad al dolor que están padeciendo. Es un dolor que llega cuando menos lo esperamos y lo peor, hace nido y se asienta. Ese dolor aturde, emboba, sacude, lástima, ofende, nos quita lo más preciado y deja un gran vacío. Eso es lo que llamamos desesperación, tristeza y la no felicidad. El papa Juan pablo II escribe: “Sencillamente, sin palabras, presentadle vuestro sufrimiento. Es demasiado pesado para que lo llevéis vosotros solos. Con Él, si le abrís vuestro corazón, vuestro lugar de reclusión podrá generar una nueva visión de la existencia, una transformación benéfica de vuestro temperamento y, en algunos, Un descubrimiento del verdadero rostro de Dios. Queridísimos hermanos y hermanas: la peor de las prisiones sería un corazón cerrado y endurecido, y el peor de los males, la desesperación” Palabras de un sacerdote, Sumo Pontífice que lleva en su vida la marca del sufrimiento, donde acaba de gritar que no se bajará de su cruz. La llevará hasta la muerte. Con esto quiero decir, que entendido el dolor así, se hace de amor el dolor, para que sea grande el dolor como el amor. Para entenderlo habrá que estar muy cerca de Dios, porque sin Dios si habrá verdadero dolor.

Además, las lágrimas, la sequedad, el vacío… que son manifestaciones del dolor, al ser aceptadas como equipaje de la maleta de viaje por esta vida, imprimen coraje y fuerza para llevarlas con dignidad. Sería mentiroso decir que no sufriremos o que no tengamos que llorar. Por tanto, la felicidad efectiva y penetrante no es cuestión de gozos pasajeros o detalles que se pierden al llegar el dolor. Entiendo que estos tiempos nos invitan, con obsesión, a buscar la riqueza y el goce, que siempre son confundidos con felicidad. Cuidado ante el hecho de no tener 10 camisas y 10 pantalones no se es feliz. Esto se centra en un simple materialismo. Recuerdo la señora que encontré llorando a un lado de la carretera. Me detuve a auxiliarla y observé alarmado que lloraba desconsolada porque le habían chocado su lujoso carro. Buscar la felicidad en solitario y tratando de encerrarla en cosas materiales es perder la realidad y quedarnos muy solos.

No se puede olvidar que el mensaje bíblico nos invita a buscar esa felicidad verdadera, que no es otra, que amar a Dios para buscarlo y siempre espera en su bondad. (Proverbios 16,20). La felicidad se centra en la aproximación con Dios. Para nadie es un secreto que Jesús es la entrada total a la felicidad bien dicho en Lucas 11,28 cuando afirma que la felicidad está en quien escucha la palabra de Dios y van practicando la caridad para con sus hermanos. Por eso, repito, que no podemos buscar la felicidad en soledad. Jesús nos acompaña como amigo que no nos abandona.

Pareciera que la sombra del sufrimiento nos persigue. Si los libros son buenos y juntos forman una hermosa biblioteca, la cruz es la suma de todas las bibliotecas de la vida misma. Esa cruz nos dice y nos grita que Jesús fue verdaderamente Dios y hombre. También a Él le toco llorar, tener sed, sentir la soledad y padecer la muerte, por eso no es extraño a nuestro padecimiento. Todo sufrimiento - prueba tiene que guardar una relación en el querer decirnos algo. Pienso que la enfermedad y el que cuida al enfermo se santifican desde la óptica de saber llevarlo con valor y entereza. Esto nos acerca a Jesús. Jamás me imagino a un Dios que no le interese nuestra felicidad. Dios actúa en nuestras vidas como a aquel hombre que mientras las cosas marchaban bien hablaba y caminaba con Dios hasta observar sus huellas, pero el día que le fue mal y estaba deprimido, no encontraba las huellas de Dios y le reclamó. A esto Dios le respondió. Claro que no las puedes ver, pues te llevo en mis brazos. Conocer a Dios es amarlo y la norma, más legitima, es cumplir su voluntad. Un estudiante vive preocupado por el examen y no duerme y anda tenso, pero al presentar el examen y pasarlo, ya ese momento pasó y en el día del grado ni se acuerda. Igual sucede con el parto.

Pero son muchos los que se aíslan, se llenan de temores, dan rienda suelta al egoísmo o a la práctica de un masoquismo para ir repitiendo el dolor y así hacer que la gente tenga cierta lástima, sin darnos cuenta que nos dicen: allí va o viene el llorón. Ante todo esto nos cerramos a la caridad, pues hacemos sentir mal a la gente y siempre andamos con ese calamar de tristeza y lágrimas. Tampoco intentar aparentar la felicidad, pues son muchos los que la aparentan y se preparan con las siguientes frases: “Si el sol no sale el viento seca la ropa”, pero mientras que la seca están maldiciendo; otros dicen, “cuando tengo hambre debo erutar a pollo”, pero por dentro voy discutiendo y envidiando lo que comen los demás. De ahí viene las frustraciones y por consiguiente las amarguras de las malas respuestas.

Felices los que sonríen de todo en la alegría de todos.

Felices los que saben entender y comprender los momentos difíciles.

Felices los que procuran el bien de los demás en su bien real.

Felices los que desde el amor dan amor y presentan la sonrisa de Dios.

Felices…

Los que siempre saben que no es ausencia de problemas o de dificultades, sino es algo que nos pertenece y sale de dentro. Nos pertenece y punto.





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