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Capítulo 3 ¿Qué es la Misa?

Capítulo 3 ¿Qué es la Misa?
Mi querida Misa… (La belleza de la Eucaristía y del domingo). Catequesis sobre la misa para adolescentes que se preparan a recibir la primera comunión, padres y padrinos.


Por: Llucià Pou Sabaté, sacerdote | Fuente: Catholic.net



3 ¿QUÉ ES LA MISA?

Jesús dice que donde hay dos o tres reunidos en su nombre ahí está Él en medio, y la Iglesia repite lo que Jesús hizo en la última cena, por fidelidad a su petición: "haced esto en memoria mía", y de ahí arranca una tradición larga y viva, documentada desde entonces. Por los años 50 dice San Pablo que "la tradición que yo he recibido y que os he transmitido a vosotros viene del Señor. Jesús, la noche que había de ser entregado, tomó el pan... y dijo... ´haced esto´" e igual hizo con la copa, al darla repitió: "haced esto en memoria mía". Ha sido transmitido como un testigo que se entrega a lo largo de la historia de generación en generación. Pero es una memoria viva, que no pasa, que es vida, pues la Misa es la cena del Señor que se actualiza cada vez que se celebra, hace presente sobre la mesa el sacrificio de su muerte. Re-presenta, vuelve a hacer presente.

a) Es el memorial de la pascua del Señor. En la despedida de dos personas que se quieren, se recurre a un símbolo: se intercambian un recuerdo... no se puede más, pero lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. Bajo las especies del pan y del vino está Él, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.
Se lee en uno de los primeros escritos cristianos (Catequesis mistagógica, de Jerusalén): "Nuestro Señor Jesucristo, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: ´tomad y comed; esto es mi cuerpo´. Y después de tomar el cáliz y pronunciar la acción de gracias, dijo: ´tomad, bebed; ésta es mi sangre´. Si fue Él mismo quien dijo sobre el pan: ´esto es mi cuerpo´, ¿quién se atreverá en adelante a dudar? Y si Él fue quien aseguró y dijo: ´esta es mi sangre´, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?

Por lo cual estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Pues bajo la figura del pan se te da el Cuerpo, y bajo la figura del vino, la Sangre; para que, al tomar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, llegues a ser un solo Cuerpo y una sola Sangre con Él. Así, al pasar su Cuerpo y su Sangre a nuestros miembros, nos convertimos en portadores de Cristo. Y como dice el bienaventurado Pedro, nos hacemos partícipes de la naturaleza divina...
No pienses, por tanto, que el pan y el vino eucarísticos son elementos simples y comunes: son nada menos que el Cuerpo y Sangre de Cristo, de acuerdo con la afirmación categórica del Señor; y aunque nuestros sentidos te sugieran lo contrario, la fe te certifica la verdadera realidad: el mismo Jesús que nació de María Virgen, al que adoraron los pastores y vivió en la tierra, está en el sacramento del altar y continúa en la reserva eucarística del sagrario para que lo adoremos, le visitemos, nos arrodillemos ante Él.
La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el Cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aun cuando lo parezca al paladar, sino la Sangre de Cristo".

La gran fiesta de la Pascua, cada domingo. Cada domingo es rememorar la Pascua de Resurrección, una pequeña Semana Santa donde pasamos por la pasión y la noche el sábado (día del reposo de Jesús en el sepulcro) y el día del sol (domingo) donde Jesús nos abre las puertas del paraíso. El jueves y viernes santo vivimos momentos esenciales del sacrificio de amor de Jesús por nosotros: la tarde del jueves, en la Cena eucarística, deseó comer el cordero para después ser Él quien se entregó como el Cordero que quita el pecado del mundo. Se levantó de la mesa y lavó los pies a los apóstoles. Recordemos cómo aquella María lavó los pies a Jesús y los secó con sus cabellos, y le ungió con su perfume preferido. Ahora, en ese momento especial, nos da el mandamiento nuevo: “que os améis unos a otros como Yo os he amado”. Jesús nos enseña que hemos de servirnos, esto significa lavarse los pies unos a otros. Juan, el más joven, tiene la cabeza apoyada en el pecho de Jesús, cuando el Señor tomó el pan y lo partió y dijo: “éste es mi cuerpo… esta es mi sangre…” es la nueva Alianza, para el perdón de los pecados; “haced esto en memoria mía”, nos dice que lo hagamos para que Él siga con nosotros.

Después salió a rezar al Monte de los Olivos: “mi alma está triste hasta la muerte… quedaos aquí y velad conmigo… Padre mío, si es posible, que pase este cáliz de mí… pero no se haga mi voluntad, sino la tuya…” Luego dice a los discípulos: “velad y rezad para no caer en la tentación…” Hagamos el firme propósito de rezar en familia alguna parte del Rosario, hacer un rato de oración (5, 10, 15 minutos)
procurando hablar con el Señor…

Un beso traidor en la noche… Judas no rezaba y va como loco… Luego le entrará el remordimiento, pero no sabrá ir a María como Pedro, que también niega a Jesús al canto del gallo, pero sabe transformar el remordimiento en arrepentimiento, y volver a comenzar, pues la vida continúa… Pedimos a Jesús no traicionarle, pero si fallamos, que arreglemos las faltas de amor con actos de amor, que pidamos a la Virgen que nos ayude a seguir con alegría a Jesús, a recibir el perdón con la confesión, a pedir perdón a los demás…

Al ver a Jesús clavado en la Cruz, que “me ha amado y se ha sacrificado a sí mismo por mí”, como recuerda S. Pablo, quiero decirle como el buen ladrón: "acuérdate de mí cuando estés en tu Reino", para oírle decir: "en verdad te digo…. que estarás conmigo en el paraíso". Una jaculatoria nos abre las puertas del cielo. La misericordia de Dios es tan grande… cada vez que hago la señal de la cruz recuerdo el signo de la vida. Allí, en la Cruz, está María, que me acoge como Madre para ayudarme a ir al cielo…

Jesús es enterrado y los apóstoles están asustados, hasta que a la mañana del domingo van las mujeres al sepulcro… la gran noche del día del sol, que ahora llamamos también día del Señor, domingo. El Génesis habla de la creación: “Y dijo Dios: "Que exista la luz"”, es la luz que exulta el pregón pascual: “¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos… ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”.

El domingo de Pascua recordamos el paso del mar Rojo, cuando el pueblo de Israel sale de la esclavitud de Egipto y se abren las aguas y van hacia la tierra prometida. Así Jesús pasa por el bautismo, el paso de su sangre redentora, el paso del mar rojo, el mar de la muerte a la vida eterna y nosotros con Él somos bautizados, Él nos pasa y ya no es el éxodo de Moisés sino que la barca de Caronte y el mito de la muerte con Jesús y su Resurrección queda transformado en la gran mutación, la vida eterna. Luego Jesús se les apareció a ellas, y a los demás, durante aquellos días que celebramos en la Pascua. Se produjo la gran transformación: Jesús entró en el sepulcro, como el gusano en su capullo, para salir transformado en mariposa, a una vida nueva en la que todo es bueno, y quiere llevarnos con Él a la felicidad del cielo.

El Espíritu Santo y la divina misericordia. Dios se pone en mi lugar, sufre por mis pecados en Jesús y me salva. La noche de su resurrección nos regala Jesús el sacramento de la confesión y con él nos ayuda a participar de esta misericordia divina, y he de llevar esta misericordia a los demás, ayudarles a estar con Jesús para estar contentos, y así perdonar. Hay un cuadro que representa a Jesús resucitado con dos rayos que salen de su corazón, uno de plata y otro rojo, agua del bautismo el de plata y sangre de la Eucaristía el rojo... con la invocación «Jesús, en ti confío» y el mensaje que recibió Santa Faustina Kowalska: Dios es Misericordioso y nos ama a todos... "y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia".

b) El domingo, día de la resurrección de Jesús, de fiesta y de fe, da nuevo sabor a la vida de cada día. En la era de la técnica, cuando nos volvemos funcionales y productivos, perdemos la capacidad de admirar, de deleitarnos con las bellezas de la creación y ver en ellas el reflejo del rostro de Dios; y de ahí surgen los motivos de la alegría y la esperanza, que dan nuevo sabor a la vida de cada día, y constituyen el antídoto contra las tentaciones del aburrimiento, la falta de sentido y la desesperación. Desde los tiempos de los Apóstoles, los cristianos dedicamos el domingo a dar culto a Dios. Es el día de la resurrección, cuando las santas mujeres encuentran el sepulcro vacío y se aparece vivo ante ellas y después a los demás. Es una relación vital con Jesús. Revivimos la experiencia de los primeros cristianos cuando estando juntos se aparece Jesús en medio de ellos, y al domingo siguiente volvió a aparecerse, y otro domingo les envió el Espíritu Santo, como dando continuidad a los encuentros dominicales.

Es impresionante leer el relato de Justino, y ver que hacemos la celebración con la misma estructura que hace 20 siglos (él escribe sobre el 165). Los Hechos de los Apóstoles, como también otros documentos (la carta del año 112 del gobernador de Bitinia al emperador Trajano), hablan del modo de celebrar la Misa.

c) El deber y la necesidad de participar en la Misa. Que la Misa a veces cuesta no es algo nuevo, ya lo dice el Nuevo Testamento en la carta a los hebreos: "ayudémonos unos a otros estimulados por el amor mutuo y las buenas obras, sin faltar a nuestra reunión como hacen algunos". Y en otro documento primitivo (Didascalia, s. III) se anima a no colocar los negocios temporales por encima de la Palabra de Dios, abandonándolo todo el día del Señor, corriendo a las ceremonias litúrgicas. Es decir, desde los primeros siglos, los Pastores no han dejado de recordar a sus fieles la necesidad de participar en la asamblea litúrgica. Sólo más tarde, ante la tibieza o negligencia de algunos, han debido explicitar el deber de participar en la Misa dominical... esta ley se ha entendido normalmente como una obligación grave: es lo que enseña también el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2181). Se comprende fácilmente el motivo si se considera la importancia que el domingo tiene para la vida cristiana; más que una obligación es una exigencia profunda que puede cumplirse desde la víspera, el sábado por la tarde. (Una observación: Las obligaciones en la Iglesia no son por una ley del temor -miedo al castigo- sino de amor, pero a los santos les sirvió mucho el pensamiento de temer las penas del infierno. Así, San Francisco Javier tuvo muy presente "¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si al final pierde su alma?" O sea que hay un temor bueno, "el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría", que se opone a los miedos del hombre de hoy al futuro y a la muerte; en cambio, Jesús nos dice que "no temáis a los que matan el cuerpo... temed más bien a aquel que puede, después de matar el cuerpo, echar el alma al infierno"). Ya vimos que responde al precepto divino de dar culto a Dios: "Santificarás las fiestas".

Saber qué es la Misa, con una catequesis adecuada, es vital para participar de modo pleno. Y corresponde ante todo a los padres educar a sus hijos para la participación en la Misa dominical, ayudados por los catequistas... ilustrando el motivo profundo de la obligatoriedad del precepto. Y es que la Misa dominical no es importante porque esté mandado, sino más bien es obligatorio asistir porque es muy importante, es la fuente y la raíz, el centro de toda la vida cristiana, puede ser como el corazón de la canción de la que hemos hablado antes, de todo lo que hacemos durante la semana: "ha sido para mí como el eje del sentido de mi vida... un momento privilegiado para ir haciendo las opciones que dan sentido a todo... no puedo renunciar a la Misa sin perder lo mejor de mi vida", dice un fiel, y esto es porque contiene al mismo Cristo, el Tesoro de la Iglesia: la Misa es como el sol que ilumina y da calor, cada día, a toda la vida del cristiano; y es menester que sea también la fuente y como el centro de la piedad cristiana. Revivimos la experiencia de los Apóstoles, cuando Jesús se les aparece y Tomás proclama: "¡Señor mío y Dios mío!". Nos alimentamos de Cristo, pan de vida, nos cristificamos por entero, nos transformamos en Cristo, participamos de sus sentimientos hasta pensar como él, valorar las personas y cosas según su corazón, vemos a Cristo en las personas que nos rodean.

Entonces, ¿por qué es para muchos un peso ir a Misa? Por falta de fe y tantas razones que se pueden resumir en un dejarse llevar por la moda, de lo que hace la gente (por ejemplo, los adolescentes se dejan influir mucho por lo que hacen los demás, hasta crear una especie de dictadura). Urge encontrar el sentido cristiano de esta celebración gozosa, la pascua, sin que se quede en el "fin de semana", olvidando la resurrección de Jesús, el mandamiento de santificar las fiestas, en primer lugar con la participación en la Santa Misa: marca el ritmo de la vida espiritual de toda la semana. En una sociedad pluralista como la nuestra es cuando parece más necesario que nunca recuperar las motivaciones doctrinales profundas que están en la base del domingo. En esta carta del Papa sobre "El día del domingo" ("Dies Domini") se plantea la celebración plena de esta fiesta, en sentido humano y espiritual, sin diluirlo en el "fin de semana". Es la primera vez que un documento de la Iglesia está específicamente dedicado a la fiesta dominical, la fiesta de la resurrección de Cristo; y -lo ideal es coger el librito del Papa y leerlo con atención- aquí no podemos tratar más que algunos aspectos. Antes, la tradición cristiana era muy fuerte y se veía facilitado el ir a Misa, por el ambiente cultural; pero ahora hay que ir "contra corriente", y para eso es necesario entender que Dios es buen pagador: el tiempo que le dedicamos no es tiempo perdido; al contrario, es tiempo ganado para nuestra humanidad, es tiempo que infunde luz y esperanza en nuestros días.

Los primeros tiempos del cristianismo fueron parecidos a los nuestros; cuando interrogan a los mártires -en el juicio para probar su pertenencia al cristianismo, y poder ejecutarlos- sobre la asistencia a Misa, encontramos respuestas como: "-nosotros debemos celebrar el día del Señor, es nuestra ley". Y: "-sí, en mi casa hemos celebrado el día del Señor. Nosotros no podemos vivir sin celebrar el día del Señor". Y la joven Victoria declara: "yo he estado en la asamblea porque soy cristiana". Los primeros creyentes sabían que ir a Misa no era cuestión de "ganas", sino que estaban convencidos de la grandeza del acto, el más importante de la vida de la Iglesia, y hacían grandes sacrificios, como recorrer grandes distancias o arriesgar la vida para participar en la liturgia eucarística, como hacen aún en África y tantos sitios, como hacían nuestros abuelos... Sabían que su primer deber era alabar a Dios por sus beneficios y recibir el cuerpo del Señor como sustento de vida. E igual que arreglamos los horarios para hacer lo que verdaderamente nos interesa, también si valoramos convenientemente la Misa asistiremos a ella, sacrificando el tiempo que haga falta. Nos dice el Papa: "comprometeos a no dejarla nunca", "os recomiendo la participación en la Santa Misa festiva. Sois cristianos y por eso, no dejéis nunca la Santa Misa. El encuentro con Jesús y con la comunidad parroquial es un deber", "pero debe ser también una alegría y un verdadero consuelo".

Hace años el papa Pío XII comentaba: “Debe ser el domingo el día para descansar en Dios, para adorar, suplicar, dar gracias, invocar del Señor el perdón de las culpas cometidas en la semana pasada, y pedirle gracias de luz y de fuerza espiritual para los días de la semana que comienza”. Y Juan Pablo II escribe: “Grande es ciertamente la riqueza espiritual y pastoral del domingo, tal como la tradición nos lo ha transmitido. El domingo, considerando globalmente sus significados y sus implicaciones, es como una síntesis de la vida cristiana y una condición para vivirla bien. Se comprende, pues, por qué la observancia del día del Señor significa tanto para la Iglesia y es una verdadera y precisa obligación dentro de la disciplina eclesial. Sin embargo, esta observancia, antes que un precepto, debe sentirse como una exigencia inscrita profundamente en la existencia cristiana. Es de importancia capital que cada fiel esté convencido de que no puede vivir su fe, con la participación plena en la vida de la comunidad cristiana, sin tomar parte regularmente en la asamblea eucarística dominical (...). La gracia que mana de esta fuente renueva a los hombres, la vida y la historia”.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “la Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio. Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave”. El precepto de santificar las fiestas nos ayuda a regular un deber esencial del hombre con respecto a su Creador y Redentor, y darle culto especialmente con la asistencia a Misa.
d) El fin de semana, entendido como tiempo de reposo, a veces lejos del lugar de vivienda habitual, y caracterizado a menudo por la participación en actividades culturales, políticas y deportivas, etc., tiene elementos positivos en la medida en que refuerza los valores auténticos, el desarrollo humano y el progreso de la vida social, pero tiene el peligro de que el hombre quede encerrado en un horizonte tan restringido que no le permite ya ver el "cielo". Nos preocupa ver cómo los chicos salen del colegio el viernes mejor y algunos vuelven mustios el lunes. ¿Que ha pasado en esas 60 horas? Han tenido la posibilidad de hacer cosas positivas (deporte, trabajos, descanso, amistades, ir a Misa...) o negativas (perder el tiempo, una tele desprogramada, vídeos o amistades inconvenientes...). Hemos de protegernos ante un ambiente materialista que transpira en la vida social y medios de comunicación, de falta de valores, y nos puede entrar por ósmosis. Para evitar el contagio, necesitamos aumentar la presión interior en nuestro hogar, el buen olor de Cristo. No dejarse llevar por la ley del gusto sino adivinar las necesidades de los miembros de la familia, colaborar en proyectos comunes, tomar parte activa en su formación (ver con ellos la tele escogiendo antes los programas, para fomentar un sano espíritu crítico y diálogo abierto, sin que haya "tabúes"; ir a los lugares de diversión con ellos -al menos, saber adónde van-... formarles la conciencia, en definitiva), y con deseo de agradar a Dios, ayudar a que aprovechen el tiempo y se viva la sobriedad en las diversiones.

El domingo nos revela el sentido del tiempo. Todos vemos cuán rápido pasa el tiempo de nuestra vida, y nos interrogamos sobre el futuro, el sentido de nuestra historia. Hay un hecho que no es pasado, sino siempre actual. Jesús vino en la plenitud de los tiempos. La resurrección no es un hecho pasado, se hace presente cada siete días y nos trae la comunicación de la vida divina; es un acontecimiento de gracia y de salvación (kairós); recibimos la luz de este sol radiante, aunque aún encontremos nubes que nos hagan pensar en dificultades insuperables, pero en el corazón hay una luz que nos hace tener siempre esperanza.

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Preguntas y comentarios al Padre Llucià Pou Sabaté.









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