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Antonio de Siya, Santo
Abad, 7 de diciembre


Por: P. Felipe Santos | Fuente: Catholic.net



Abad

Etimológicamente significa “ florido, inestimable” Viene de la lengua griega.

Dice el Salmo: “Te busco de todo corazón, Señor; en mi corazón escondo tus consignas, para no pecar contra ti”.

Nació en Archangelsk. La vida de trabajo aquí era muy mala. Por eso tuvo que irse a encontrarlo a Novgorod.

Se puso al servicio de un señor mercader altamente rico. Estaba tan contento con su rendimiento, amabilidad y madurez que incluso le permitió contraer matrimonio con su hija.

Por desgracia, la mujer murió y se quedó viudo siendo todavía muy joven.

Desde entonces sólo le daba vueltas en la cabeza a una cosa: hacerse monje en un monasterio.

Y, una vez que se lo hubo pensado en serio, se encaminó al de Kensk.

Al cabo de unos años, lo dejó para irse a vivir la soledad del bosque cercano al Mar Blanco.

Se cuenta que comía solamente champiñones y frutos silvestres.

Pero cuando la soledad va cargada de santidad y de un corazón que busca ardientemente al Señor, pronto llegó la gente a conocer la virtud de este santo eremita.

Tenía muchas visitas de personas de los alrededores. Su fama se extendía cada día más y más. Incluso el príncipe de Moscú, al enterarse de su existencia y obras buenas que hacía con quien le visitaba, y que ya tenía hasta discípulos, mandó que le construyeran un monasterio.

El abad Antonio los dirigió con tanto amor y entrega a la oración y ala penitencia que todos estaban felices con él.

Bueno todos, no.

Era él mismo el que deseaba volver de nuevo a su amada soledad. Recapacitando en su interior, se decidió por volver de nuevo a la comunidad que lo pedía con insistencia.

Murió el año 1556.

¡Felicidades a quien lleve este nombre!

“Cuando se discute demasiado, se pierde la verdad” (Siro).

 





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