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¿Quieres conocer a una mujer rica ....y bonita?
¿Quieres conocer a una mujer rica ....y bonita?

También las ricas y bonitas puede ser santas.


Por: Pedro García, Misionero Claretiano |



Todos conocemos –¡y tanto que lo conocemos!– Francisco de Asís, el Santo más popular en la Iglesia. Pero, ¿sabemos algo de su compañera Santa Clara? Es una Santa que no mete ningún ruido. Y, sin embargo, lo que Francisco es como hombre lo es Clara como mujer. Clara fue la mayor conquista de Francisco para Dios. Una Santa extraordinaria como pocas, revestida de extrema sencillez.

Un día recibe en su monasterio la visita nada menos que del Papa, que llega desde Roma, dispuesto a librar a aquella mujer y a sus compañeras de tanta pobreza como han profesado y en la que viven felices. El Papa le dice resuelto:

- Quiero que tengan rentas y posean tierras para asegurar la vida de la comunidad.
- ¡Santo Padre! ¡No es eso lo que hemos prometido!
- Ya lo sé. Pero yo puedo desligaros de esa promesa.
- Bien, Santo Padre. A cambio de ella, deslígueme de mis pecados, pero no de imitar a Nuestro Señor Jesucristo.

El Papa tuvo que rendirse. ¿Qué iba a contestar a una razón como ésta? Clara, al igual que Francisco, se había desposado con la Dama Pobreza, y no había más remedio que vivir totalmente pobre.

Cuando le llegue la muerte a Clara, otro Papa vendrá desde Roma hasta Asís para visitarla y despedirse de ella. Clara quiere besar los pies al Papa, al mismo tiempo que le pide su bendición y la indulgencia plenaria antes de morir. El Papa rompe a llorar conmovido:

- ¡Quiera Dios, hija mía, que no tenga yo más necesidad de la misericordia divina que tú!

Esto ha sido la vida entera de Clara: todo pobreza, contra la cual no pudo un Papa, y todo inocencia, pasmo también de otro Papa, que vienen a Asís para poder hablar con esta mujer celestial.

Clara había nacido de familia rica y caballeresca. Bonita, muy bonita, era solicitada por muchos que soñaban, y con razón, en una vida feliz con tan distinguida señorita. Pero Clara, con sus dieciocho estupendos años, escucha y ve a Francisco, su paisano, aquel joven apuesto a quien había sonreído también mucho la vida, y decide seguir sus mismos pasos.

Presiente una batalla campal con los de su familia, que la quieren casar a todo trance. Y en la noche del Domingo de Ramos, sin que nadie se dé cuenta de la huida, se escapa de la casa paterna y corre a campo traviesa hasta la iglesia de los Angeles donde la esperan Francisco y sus compañeros.

Clara será la primera de una legión de muchachas que se jugarán la vida por Jesucristo metidas en conventos de clausura, dedicadas solamente a la oración y al sacrificio, abrazadas siempre con Jesucristo Crucificado.

Llegada al templo, se abraza al altar, se despoja de sus vestidos de seda, cubre su cuerpo con un áspero sayal y calza sus pies delicados con unas sandalias de madera.
Todos están muy contentos. Pero les domina una grave preocupación.

- Clara, ¿cómo han quedado los de tu casa?
- No lo sé, pero me lo imagino. Apenas se hayan dado cuenta de que me he escapado, se habrán puesto en plan de persecución. Pronto o tarde van a venir aquí. Pero me voy a prevenir y estar preparada.

- ¿Y qué piensas hacer?
- Ahora mismo se lo digo. ¡Traigan unas tijeras!...
Sin mirárselo más, se hace cortar de unos tijeretazos su espléndida cabellera y con un velo austero cubre la calamidad en que ha quedado la cabeza. A los suyos, que llegan furiosos, les dice resuelta, quitándose el velo:
- No puedo ir con vosotros ahora. Esperad al menos a que me crezca otra vez el pelo.
No hubo más remedio que dejarla en paz y que siguiera el rumbo escogido para sí y sus compañeras.

Esta muchacha de dieciocho años, la incondicional discípula de San Francisco, inicia con su monasterio una cadena interminable de conventos donde se encerrarán tantas y tantas jóvenes generosas, sin más ilusión que vivir para su Esposo Jesucristo en oración continua.
Francisco la quiere tanto, y la ve tan llena de Dios, que más de una vez le consulta sus dudas. Sobre todo cuando Francisco se está preguntando con angustia, porque no ve claramente la voluntad de Dios:

- ¿Y mis frailes, qué van a hacer mis frailes? ¿Sólo oración? ¿O los voy a lanzar también a las obras de apostolado?
Clara lo tranquiliza:
- Mándalos a trabajar por la Iglesia y por Dios. Nosotras nos dedicaremos por ellos solamente a la oración. Nosotras les sostendremos con nuestras plegarias.
Se ha hecho célebre en la vida de Clara su milagro con la Eucaristía. Clara está gravemente enferma, y le avisan que las tropas del rey Federico II han tomado la ciudad de Asís y están ya rodeando su convento de San Damián. La enferma se levanta, toma de la iglesia la custodia con el Santísimo, ante el cual están en adoración las monjas, sale resuelta a la portería, traza con la custodia la cruz, se desbaratan los soldados sitiadores, y vuelve la paz en los alrededores del convento y en toda la ciudad.

Clara, como Francisco, nos dicen lo mismo a todos: Amad la vida que Dios os da, que la vida es bella. Pero que sea Dios quien llene vuestra vida entera...

 

 

 



 

 





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