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Firme y fiel junto a la cruz
Vivir como nuestra Madre todas las circunstancias de nuestra vida.


Por: P. Antonio Izquierdo y Florian Rodero | Fuente: Catholic.net




El sacrificio por sí mismo no tiene valor: es preciso dulcificarlo con un amor generoso, personal, entusiasta a Dios nuestro Señor. Un amor semejante al que la Santísima Virgen dedicó a su Hijo y que le hizo acompañarle en todos los momentos de luz y de gloria como de turbación, humillación y derrota. “Estaba junto a la cruz”. Firme y fiel porque su amor era verdadero y total.


M e d i t a c i ó n

El recuerdo de María al pie de la cruz, en la fiesta de la Virgen de los Dolores, nos proporciona la ocasión para meditar en el valor redentor del dolor, cuando lo aceptamos y vivimos en unión con Cristo.

1. El dolor por amor. ¿A quién le gusta sufrir? Todos rehuimos naturalmente el dolor, aunque el dolor esté incorporado a nuestra misma naturaleza. No hemos nacido, ciertamente, para sufrir; pero el dolor forma parte integrante de nuestra vida. Sufrimos por tantas causas: sufrimos en el cuerpo y en el espíritu. Hay que aceptarlo como una realidad. Pero, a la luz de la fe y de la Pasión de Cristo, a la luz de la consideración de esta fiesta tan tradicional en el pueblo cristiano, el dolor encuentra su verdadero significado y valor. No es un peso que tenemos que soportar porque no hay más remedio. No. Esto sería fatalismo que desembocaría en pesimismo, en angustia y en la frustración de la propia existencia. Los golpes de Dios -dice un autor- son golpes de amor. De Dios solamente nos pueden venir bienes. Es más, Dios sólo puede dar amor, que “amor saca amor”. Dios tiene entrañas de amor. Y el amor hace dulce el mismo dolor. Y María estaba junto a la cruz porque amaba. Así son las madres: Siempre a la cabecera del hijo que sufre.

2. El valor del dolor. Si el dolor fuese un mal, Cristo no hubiera sufrido. El dolor fue el camino de la Redención. Cristo padeció por amor y por amor compartió nuestra existencia con sus avatares, sus dificultades, sus tentaciones, sus obscuridades y sus sufrimientos; por el amor tan grande que non tuvo y nos tiene sufrió la muerte en la cruz. Es más, Cristo se identifica con cada hermano que sufre, y “Él tomó sobre sí nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8,17). Por esto, el Señor tiene predilección por los que sufren y nos ha invitado a dar al dolor un significado: El redentor. Por eso mismo, tampoco dispensó a su madre del dolor, porque el sufrimiento, unido al de Cristo, se hace más llevadero y encierra frutos de salvación. María estaba sufriendo con su Hijo en la cruz; María estaba colaborando en la obra redentora de su Hijo. Todo esto nos invita a afrontar el dolor unidos siempre a Cristo: “Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

3. El dolor de María. Y María, ¿cómo sufrió? El evangelio apenas nos deja entrever el dolor de la Virgen en esa breve alusión: “Estaba junto a la cruz” (Jn 19,25). Pero esta rápida pincelada nos descubre el abismo de sufrimiento que se esconde en el corazón de ella. No nos es posible imaginar lo indecible de su aflicción. Sin embargo, ante esta experiencia María ni rechaza el sufrimiento ni se deja arrastrar por la desesperación. El estar en pie junto a la cruz indica la fortaleza de ánimo, la aceptación activa y consciente, la plena comunión con su Hijo. No era, para ella, una novedad el dolor. Ya había sufrido anteriormente, aunque en la cruz comprendió el significado de las palabras de Simeón.. Si la mayor prueba de amor -como le había enseñado su Hijo- era dar la vida por los que se ama, María tenía que dar prueba de esta entrega colaborando, incruenta pero realmente, a la obra redentora de su Hijo. En este momento en María se identifican fe, obediencia, ofrecimiento, maternidad y amor. Si así vivió nuestra madre el sufrimiento, así quiere que lo vivamos sus hijos.

4. Fruto: Saber ofrecer al Señor los dolores físicos y morales que se nos vayan presentando en la vida y pedirle a María que nos ayude con su presencia a aceptarlos.








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