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Monseñor Hong, el obispo desaparecido
Monseñor Hong, el obispo desaparecido

Fue obispo de Pyong-yang. Considerado desaparecido desde hace más de sesenta años, ahora la Santa Sede ha oficializado su muerte, a los 106 años de edad, para permitir la apertura de su causa de beatificación


Por: Sandro Magister | Fuente: chiesa.espresso.repubblica.it





Dos veces al mes la secretaría de Estado vaticana publica las variaciones al Anuario Pontificio del año en curso. El fascículo del pasado 1 de julio contiene una noticia curiosa sobre uno de los países más impenetrables del globo, Corea del Norte, periódicamente en las crónicas internacionales por su amenaza de utilizar armas nucleares.

La noticia es que la Santa Sede por fin reconoce como vacante la sede de Pyong-yang tras la muerte de su obispo Francisco Borgia Hong Yong-ho, nacido el 12 de octubre de 1906, ordenado sacerdote el 25 de mayo de 1933, nombrado vicario apostólico por Pio XII el 24 de marzo de 1944 y consagrado el siguiente 29 de junio.

Pero la noticia no es que haya fallecido un prelado a la venerable edad de más de 106 años, lo que sería un record, sino el hecho de que se quita del Anuario el nombre de Hong, que desde hacía decenios figuraba como ordinario de Pyong-yang pero especificando que había que considerarlo "desaparecido".

Monseñor Hong es, de hecho, uno de los 166 clérigos que fueron asesinados o raptados durante las terribles persecuciones que tuvieron lugar en Corea del Norte a finales de los años Cuarenta con la llegada del régimen comunista de Kim Il-sung.

Por tanto, durante más de sesenta años no se ha sabido nada más de él, pero la Santa Sede no lo ha olvidado nunca, conservando siempre su nombre en el "Quién es quién" oficial.

No sólo. Juan XXIII, el 10 de marzo de 1962, decidió elevar a rango de diócesis al vicariato apostólico de Pyong-yang y nombró como primer obispo precisamente al ya entonces "desaparecido" monseñor Hong.

La perseverancia de la Santa Sede por mantener vivo durante decenios el nombre del obispo "desaparecido" era – como explicó hace años el cardenal, ahora emérito, de Seúl Nicholas Cheong Jinsuk – "un gesto de la Santa Sede para señalar el drama que ha vivido y aún vive la Iglesia en Corea".

Pero la decisión tomada este año de reconocer la muerte de Hong no significa que este "drama" de la Iglesia coreana esté considerado cerrado. Su motivación es otra. Está vinculada al hecho de que los obispos coreanos han pedido a la congregación vaticana para la causa de los santos el "nihil obstat" para abrir la causa de beatificación de Hong y de otros 80 compañeros mártires. Y, obviamente, nadie puede ser candidato a la gloria de los altares si no está muerto, también oficialmente.

Mientras en Corea del Sur la Iglesia católica ha conocido en los últimos decenios un notable crecimiento en bautismos y vocaciones, en el impenetrable Norte comunista no se sabe cuántos católicos existen aún, no puede haber sacerdotes de manera estable y existe un único edificio religioso controlado por el régimen.

Nada ha cambiado, por tanto, con la muerte en 1994 de Kim Il-sung, cuya imperdible "opera omnia" fue publicada en Italia por Jaca Book – editorial del área de Comunión y Liberación – en los primeros años Setenta. Ni con la muerte de su hijo Kim Jong-il en 2011. Ni con la llegada a la guía del país del hijo de este último, Kim Jong-un.

Como ha recordado el cardenal Cheong, "antes de 1949 en Corea del Norte había 55.000 católicos. Cuando empezaron las persecuciones muchos escaparon, pero otros fueron asesinados. Hoy hay quien dice que todavía hay mil católicos, otros dicen que podrían ser tres mil. Pero no se sabe con certeza".

También las iglesias fueron destruidas. Si bien en 1988 cuando "se celebraron los Juegos Olímpicos en Corea del Sur, en Pyong-yang, de repente, se construyó una de la nada. Pero no fue un hecho milagroso: es fácil intuir que era un movimiento del régimen para intentar demostrar que también en el Norte había católicos libres de profesar su fe. Lo que, obviamente, no se corresponde con la realidad".

Se trata, efectivamente, de una "iglesia" gestionada por una presunta asociación católica guiada por un laico, Jang Jae-on, que hasta hace poco ha sido también presidente de la Cruz Roja norcoreana.

En los últimos decenios la Santa Sede, aunque considerando formalmente la sede de Pyong-yang como no vacante, ha nombrado siempre al arzobispo de Seúl como su administrador apostólico. Pero éste no ha podido visitarla nunca.

"Había pedido el permiso – ha contado el cardenal emérito de la capital surcoreana – pero las autoridades me lo concedían sólo si llevaba conmigo una importante donación. Era una cifra que mi diócesis no se podía permitir, por lo que no fui. Es necesario que se sepa que sólo se puede entrar en el Norte si uno lleva consigo ayudas consistentes".

Desde 2004 el arzobispo de Seúl ha nombrado también un vicario episcopal para Pyong-yang en la persona de monseñor Mateos Hwang In-kuk, que, de pequeño, fue expulsado del Norte con toda su familia y que fue ordenado sacerdote en el Sur.

Su tarea principal es ocuparse de los descendientes de esos católicos que fueron obligados a refugiarse en el Sur, con la esperanza de que en un futuro pueda ocuparse también de los católicos del Norte. Pero este futuro aún no ha llegado.

El régimen permite la entrada en el país de sacerdotes, pero con la condición – recordaba siempre el cardenal Cheong – que "lleven ayudas". En todo caso, las autoridades no permiten ninguna presencia estable, aunque algunos sacerdotes se han ofrecido en este sentido.

Desde 1998 el padre Gerald Hammond, sacerdote americano del instituto misionero de Maryknoll, puede visitar el país un par de veces al año como capellán de la delegación de una Fundación que lleva medicinas y equipamiento médico. La delegación es huésped del gobierno y el padre celebra la misa no en la "iglesia" construida por el régimen, sino en la residencia en la que se aloja.

Otras confesiones cristianas parecen tener más suerte. Efectivamente, con ocasión de los Juegos Olímpicos de Seúl, además de una iglesia católica, las autoridades de Pyong-yang construyeron también un templo protestante. Sucesivamente se construyó otro y parece ser que hay un par de pastores que ofician las funciones.

También se ha edificado una iglesia ortodoxa. Y como signo de reconocimiento a Vladimir Putin, el régimen ha enviado cuatrocientos norcoreanos a Moscú para estudiar teología y ser ordenados sacerdotes. "Un hecho que nos ha asombrado mucho, visto que no conocíamos la existencia de fieles ortodoxos en esa zona", ha comentado con ironía el cardenal emérito de Seúl.

Corea del Norte es, junto a su gran protectora, la China popular, uno de los poquísimos países del mundo que no tiene relaciones diplomáticas con la Santa Sede, que en cambio existen con Corea del Sur desde 1963.

A partir de 1996, tras las trágicas inundaciones del verano de 1995, ha habido visitas de delegaciones vaticanas para llevar ayudas y asistencia humanitaria. Pero nada más.

Quién sabe si con el Papa Francisco se abrirá alguna otro resquicio.

Mientras tanto, el pasado 27 de julio fue el sexagésimo aniversario del armisticio entre Corea del Norte y Corea del Sur que puso fin al conflicto entre ambos países en 1953. En dicha ocasión, la comisión para la reconciliación del pueblo coreano instituida por la conferencia episcopal de Corea ha convocado una marcha de la paz cerca de la frontera y ha exhortado a las diócesis y a todos los fieles a rezar intensamente, en espera de que el proceso de beatificación del obispo Hong lleve al honor de los altares a un beato que interceda en el cielo en favor de los propios compatriotas.


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