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Éste es el momento más importante de la historia de la Iglesia
Éste es el momento más importante de la historia de la Iglesia

No está en el hombre el centro del mundo ni la decisión última sobre la historia de la humanidad


Por: José Fernando Juan | Fuente: mambre.wordpress.com






Hoy, esta época, la que nos ha tocado vivir. Los inicios del siglo XXI, con todos sus avances y con todas sus preguntas y búsquedas. Ayer me acosté con la firme convicción de que es así, y así debemos vivirla los cristianos despertando del letargo y de la fuerza del pasado, sin dejar o creer que ya vendrán otros que afronten las urgencias que nuestra época nos ha deparado. Lo digo sabiendo de qué hablo, porque conozco medianametne bien nuestra historia, la historia de la fe cristiana, con sus hombres y con sus mujeres, con sus intentos y con sus documentos. Y nunca antes nos hemos encontrado con encrucijadas similares, con espacios de diálogo tan amplios, con un cuestionamiento social tan fuerte, con una conciencia viva y avivada para el testimonio y la comunión. No creo que exagere al decir, entonces, que éste es el momento más importante de la historia de la Iglesia. Participación, apertura, tradición, signos de los tiempos. En mitad de todo este proceso Dios sigue hablando, y sopla con fuerza el Espíritu. Se mueve cada uno de su sitio, o debería hacerlo, para volver a ser peregrinos, para saber que tenemos en nuestras manos el futuro de la salvación de muchos, el futuro mismo de la humanidad y de los pueblos.

Siendo sinceros, no creo que éste sea el momento más importante de la historia de la Iglesia, objetivamente. Pero creo que estamos llamados a vivir cada día con esa radicalidad y con esa pasión, con la conciencia despierta de nuestra pertenencia e identidad. Y eso sí que constituye este momento en el más importante de la historia, y así generar escucha y discernimiento y acción y compromiso y fuerza. Una fuerza que no proviene de nosotros, ni de los hombres, y una vida que no se puede vivir sin sustento humano, sabiendo que no está en el hombre el centro del mundo ni la decisión última sobre la historia de la humanidad.

Lo que verdaderamente creo es que cada época tuvo lo suyo, y lo vivió con mayor o menor responsabilidad, con mayor o menor libertad y en respuesta sincera a un diálogo con Dios.

Lo que sí creo es que cada momento de la historia se ha vivido al abrigo y protección de grandes hombres y mujeres, que manifestaron el rostro auténtico de Dios para los hombres y generaron a su vez autenticidad, libertad y respuesta en muchos otros creando Iglesia. No desde sí, sino desde el Espíritu, desde Dios, a imagen del Señor Jesús.

Lo que sí creo es que cada época ha tenido la posibilidad de dar respuesta valiente o cobarde, y nunca fue buen tiempo para la cobardía, ni para las seguridades.

Lo que sí creo es que la Iglesia está asentada sobre unas bases sólidas, con una historia espléndida que va más allá de lo que se cuenta “planamente y sin fe y sin Dios” en tantos libros, y eso puede confundirnos. Porque cada instante, año o siglo siempre fue llamado a lo mismo: a la vida del Señor, a ser sacramento para otros, a esperar y dar en este mundo no sólo fruto para sí sino para inundar el mundo de bienes y de riquezas que juzguen los bienes y riquezas en los que están apoyados tantos hombres y pueblos.

Lo que sí creo es que en esta historia, quizá con más visibilidad que nunca, Dios llama a todos a participar en esta tarea con su don y con su servicio, desde su vida cotidiana no aislada y propia sino tejida en una eclesialidad y espiritualidad fuerte.

Lo que sí creo es que hoy, más que nunca, todos los cristianos podemos discernir con gran claridad y con un espíritu muy libre en medio de una sociedad para la cual lo de Dios, lo del Evangelio es puramente gratuito, puramente prescindible. Y, sin embargo, en mitad de esta sociedad los cristianos están llamados a mostrar en su vida y dar testimonio de que es, ciertamente, lo único necesario. Lo que sí creo, y lo creo con pasión, es que yo, como tantos otros, podemos aportar porque Dios nos ha llamado y hemos respondido. Y eso me hace vivir con una enorme responsabilidad y con una gran alegría. Dios ha confiado en mí, y sé que me ama y quiere para algo dentro de su proyecto, y que me pide y exige que no sea remilgo ni me rezague en este camino.

Lo que sí creo es que Dios quiere vivir un tiempo único con cada hombre, y que llama a todos, busca la felicidad de todos, busca el bien de todos. Y está dispuesto a darlo todo, a entregar todo a aquel que se muestre disponible y abrace este momento, el más importante de la historia de la fe, con una respuesta confiada y valiente. Sobre todo, con mucho amor y gratitud. Nuestro mundo, el de ahora, está plagado de santos y de testigos de la fe, está lleno de jóvenes con pasión cristiana y con capacidad para amar hasta el extremo, de matrimonios que se aman y son fieles a su amor, de consagrados que han sido hechos para Dios, de sacerdotes que celebran la Eucaristía y los sacramentos, que anuncian la Palabra y acompañan a los pueblos.

¡Cómo no pensar, con tanto Dios entregado y amado, que éste es el momento más importante de la historia de la humanidad! ¡Cómo no!


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