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La Sorpresa Divina a María
Meditación acerca de la actitud de María en el momento de la Anunciación


Por: José Luis Richard | Fuente: Catholic.net



Una buena parte de los autores que describen el momento de la Anunciación, nos dibujan a María en oración o con un libro entre las manos. Quizás las amas de casa preferirían, en cambio representarse a la Virgen aseando la casa o cosiendo. Por su parte, el Evangelio deja amplia libertad a nuestra imaginación. Solamente nos refiere que Dios envía a su ángel y que éste se presenta a María.

Dios la llama en medio de la sencillez de su vida diaria, en un día como otro cualquiera. Quiere darle un regalo, un don sin precio, un tesoro de más valor que todo el mundo y más hermoso que la mejor amistad. Le invita a estar junto a él en su tarea de salvación. A la hora menos esperada, de la manera más original y a la misión más insospechada.

María oye la invitación y en lo profundo del alma sabe que viene de Dios. Sin embargo, también percibe la voz del miedo, el temor a lo desconocido, a lo que encontrará al otro lado de la montaña. No ve el camino para llegar allí, ignora lo que puede suceder...

Allí está María en su cuarto. ¿Intuye quizás las implicaciones de su respuesta? Posiblemente no se da cuenta de que en esta hora precisa la historia de la salvación depende de ella, pero algo alcanza a dislumbrar del plan maravilloso de Dios. Seguro.

Por eso, tampoco se detiene a echar cuentas de todo el sufrimiento que le espera. Con un corazón grandísimo, lleno de amor, dice que sí. No regatea por el precio, ni pregunta por la opinión de los de su pueblo. No: "¡Fiat!". La vocación que Dios le regala es demasiado hermosa como para andar escatimando sacrificios. María contempla el don, lo medita en su corazón enamorado y se entrega con entusiasmo al plan que Dios le propone.

Al dar su sí, María acaba de confiar el volante de su vida a Dios. Comienza para ella un viaje maravilloso por tierras nunca vistas. Pero un viaje en el que no contará con otra luz que la que Dios le presta: la fe.

Con esta luz comprende que el que la llama es Él, Dios, amor eterno. Que no quiere ni puede engañarla. Que pretende sólo su bien. Dios es la fuerza, el poder y la constancia eternos. Y si Él la llama, ¿qué puede temer? No hay obstáculo demasiado grande para Dios.
Sí, es verdad, no conoce el camino, tampoco las piedras que la están esperando... pero ¡con tan buena compañía..!

Después de decir el primer sí, María llega a la segunda etapa de su viaje: ahora se trata de cumplir el plan de Dios en su vida tal como se va presentando a cada hora, a cada minuto. Siempre. Tarea difícil, sin duda, pero nada hay imposible para el que camina junto a Dios...

La Virgen Santísima es para cada hombre o mujer del Reino el modelo más acabado de amor a Jesucristo, de dedicación a su servicio, de colaboración con su obra redentora. Y nuestra misión no es diferente. Es preciso abrir el espíritu con docilidad y entrega total para aceptar y vivir con todas sus consecuencias la misión para la que Jesucristo nos ha llamado.





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