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Enfermos terminales, medicina y eutanasia
Es necesario considerar en qué casos existe una obligación ética de aplicar ciertos tratamientos médicos, y en qué casos no existe tal obligación.


Por: Fernando Pascual | Fuente: Fernando Pascual



Enfermos terminales, medicina y eutanasia

 

La prensa presenta continuamente casos de enfermos y de familiares que piden la supresión de algunos tratamientos médicos o, en ocasiones, un acto directamente homicida (homicidio es todo acto que causa la muerte de otro ser humano).

Algunos casos recientes, el del francés Vincent Humbert (un tetrapléjico de 22 años, cuya muerte fue provocada en septiembre 2003), el de la norteamericana Terri Schiavo (una mujer de 41 años que llevaba supuestamente en estado vegetativo más de 15 años, y a la que se privó en marzo de 2005, por orden judicial, del tubo de alimentación), los de los italianos Piergiorgio Welby (muerto el año 2006 después de que se le retirase la ventilación mecánica) y Eluana Englaro (que falleció en 2009 al ser privada de la hidratación y nutrición), encendieron las discusiones sobre la asistencia médica y sobre la eutanasia.

Si miramos hacia atrás, notaremos que la medicina ha sufrido enormes cambios en los últimos 50 años. Con las técnicas de reanimación, con los progresos en el tratamiento de deficiencias respiratorias, cardíacas, renales o hepáticas, es posible mantener en vida a miles de enfermos que, sin la ayuda médica, estarían condenados a una muerte más o menos rápida. A la vez, ha habido mejoras en el tratamiento del dolor físico, si bien queda todavía mucho por hacer.

Este nuevo contexto médico permite, por ejemplo, que un enfermo en los distintos niveles de coma o en estado vegetativo persistente, pueda ser mantenido en vida durante varios años. La acción médica actúa cada vez más como apoyo externo de funciones vitales (pulmón artificial, diálisis), o como ayuda en la alimentación (alimentación parenteral) e hidratación. Estas medidas técnicas necesitan, para ser plenamente humanas, estar acompañadas por las atenciones elementales que todo enfermo merece a nivel físico (limpieza externa, movimientos para evitar llagas o heridas, masajes) y a nivel espiritual (acompañamiento, caricias, formas de contacto cuyos efectos no son siempre bien conocidos pero que pueden ser de mucha importancia en algunos enfermos aunque parezca que no perciben lo que pasa a su alrededor).

Por lo mismo, la ética sanitaria necesita reconocer que estos tratamientos, muchos de ellos nuevos y, a veces, costosos, son útiles en la medida en que sirvan al enfermo. Al mismo tiempo, la ética nos recuerda que no hay que llevar a cabo aquellas intervenciones desproporcionadas que provoquen enormes daños físicos o psíquicos o que alarguen inútilmente la agonía de un enfermo. Los médicos deben rendirse ante el hecho inevitable y natural de la muerte cuando un proceso patológico no puede ser curado y cuando son muy grandes los dolores provocados por la intervención técnica que detiene durante un cierto tiempo el proceso de muerte.

Por eso se hace necesario considerar en qué casos existe una obligación ética de aplicar ciertos tratamientos médicos, y en qué casos no existe tal obligación.

A la hora de iniciar, mantener, omitir o suspender una acción sanitaria, hay que tener en cuenta la distinción entre tratamientos básicos, obligatorios para todo enfermo, y tratamientos específicos para curar o para suplir alguna función del organismo humano. Los tratamientos básicos buscan mitigar el dolor y los daños físicos consecuencia de una enfermedad, así como ofrecer nuevas posibilidades para alimentar e hidratar, siempre que las acciones llevadas a cabo con este fin no provoquen más daños que beneficios. En cambio, los tratamientos específicos buscan curar o paliar la enfermedad, ayudar o incluso suplir la funcionalidad de un órgano gravemente dañado. Tratamientos específicos serían, por ejemplo, el recurso a antibióticos contra algunos agentes patógenos específicos, o el uso de un pulmón artificial, o una operación para extirpar una zona afectada por el cáncer.

En general, los tratamientos básicos son siempre obligatorios. En cambio, los tratamientos específicos son obligatorios en la medida en que produzcan un bien al enfermo. Dejan de ser obligatorios, por lo tanto, cuando el recurso a los mismos no ofrezca ningún beneficio consistente al enfermo, alargue su agonía o lo lleve a dolores desproporcionados. Recurrir a ellos sin tener en cuenta esto significa caer en el ensañamiento terapéutico.

En los casos de enfermos que se encuentran en coma o en estado vegetativo persistente, sigue en pie la obligación de mantener todos aquellos tratamientos básicos que merece el enfermo. Omitir este tipo de tratamientos con la intención de adelantar la muerte, muerte que se producirá por desnutrición o por deshidratación, es un acto claramente inmoral, que debería ser penalizado por la legislación de todo país que pretenda garantizar la justicia para todos.

Por lo que se refiere a los tratamientos específicos, podemos hacer la siguiente distinción. Son obligatorios aquellos tratamientos que tienen una función de “prótesis”, es decir, que suplen o sostienen el funcionamiento de un órgano cuando el resto de las funciones vitales mantiene una cierta coordinación entre sí, también en el estado de coma. En cambio, no hay una obligación estricta en aplicar aquellos tratamientos específicos que sólo sirven para detener un proceso natural de muerte. En este sentido, las leyes deben dejar abierto un espacio a la decisión médica para poder omitir aquellas intervenciones que sean desproporcionadas, si bien habrá que realizar aquellos controles que sirvan para evitar abusos sanitarios como los que se han dado en no pocas ocasiones.

En el caso de un enfermo tetrapléjico, existe la obligación de ayudarle a vivir también con el recurso a un pulmón artificial, pues es una acción perfectamente proporcionada y útil para mantener la vida del paciente. Privarle del pulmón sería un acto homicida, que busca claramente provocar la muerte del enfermo.

Conviene añadir que, en los casos en los que se omita lícitamente un tratamiento especial desproporcionado, no por ello el enfermo puede ser abandonado ni dejado morir sin que se le ofrezcan aquellos tratamientos que hemos denominado como básicos.

Aquí radica la licitud de recurrir a calmantes o analgésicos que busquen aliviar la situación de sufrimiento, incluso cuando se prevé que esta acción médica pueda acelerar, como efecto colateral no deseado, el proceso de muerte. Este recurso a calmantes es distinto del acto según el cual se dan medicinas (incluso antidoloríficas) en dosis preparadas específicamente para provocar la muerte, lo cual sería un acto de eutanasia.

Tenemos que reconocer, por último, que muchas veces el deseo de recurrir a la eutanasia está revestido de sentimientos de compasión: los que piden que se suspenda un tratamiento básico o un tratamiento específico proporcionado dicen que no quieren ver sufrir al familiar o al amigo enfermo. Este sentimiento, sin embargo, no justifica el que se niegue el derecho que todo enfermo tiene a recibir la asistencia sanitaria, derecho que nadie pierde por el hecho de sufrir.

Por eso la mejor alternativa a la eutanasia se encuentra en la medicina paliativa, en la cercanía al enfermo y en el apoyo de toda la sociedad, aunque esto implique muchos gastos. A veces uno puede sospechar que la fuerte campaña en favor de la eutanasia en algunos países proviene de intereses que no aparecen en la prensa: acelerar la muerte de los enfermos podría ahorrar a los gobiernos una cantidad bastante importante de gastos en los presupuestos de sanidad.

Evitar nuevos casos de eutanasia será posible si reconocemos la dignidad de cualquier ser humano, también cuando se encuentre en situaciones dramáticas. Todo enfermo necesita respeto, asistencia, compañía. Dárselos será señal de un mundo más humano y más justo.

 

 







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