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La vida es Misión.

La vida es Misión.
...fuimos creados con un destino de grandeza, para que cada uno de nosotros deje una marca imborrable, a los ojos del Creador.


Por: Oscar Schmidt | Fuente: Catholic.net




Atravesamos esta vida las más de las veces sin saber cuál es el propósito de nuestra existencia. Los días pasan en una sucesión de comer, dormir, ganarse el sustento diario, preocuparse en cuestiones de nuestra apariencia, acumular amigos y relaciones sociales como si fueran objetos de colección, alegrarse, preocuparse, enfermarse, sanarse. ¿Es este el propósito de nuestra existencia? ¿Qué se va a decir de nosotros el día que no estemos? Y lo más importante, ¿qué va a decir Dios cuando nos encontremos frente a Su Mirada?

No, la vida no puede ser una sucesión de eventos sin propósito, sin trascendencia. Sin dudas que fuimos creados con un destino de grandeza, para que cada uno de nosotros deje una marca imborrable, a los ojos del Creador. Y encontrar ese propósito es la tarea más trascendental de nuestro existir, porque la vida es misión, y sin saber cuál es nuestra misión, vano paso haremos por este mundo.

Sin embargo, difícil tarea la de saber cuál es la misión particular que a ti, de modo personal e indelegable, te toca. Sí, me refiero a ti, y no a ninguna otra persona, al alma que lee estas líneas en este preciso instante. ¿Pensaste lo suficiente sobre cuál es el sentido de tu existir?

La manera de iniciar este trascendental paso en nuestra vida, es la de meditar sobre nuestra particular ubicación física y temporal en la historia de la humanidad. Dios quiso encarnarse como Hombre, y lo hizo a través de Su Madre, la que le dio Su Carne y Su Sangre, como lo rezamos en el Ángelus. Por treinta y tres años, en un punto ubicado a partir de lo que nosotros llamamos el año uno, El vivió, comió y predicó entre nosotros. Su legado es amplísimo, pero se resume en la Iglesia, la que es Su Cuerpo Místico.

La Iglesia es Jesucristo mismo, ya que como nos lo dijo San Pablo es "Su Cuerpo Místico del que nosotros somos los miembros". La Iglesia espiritual entonces, se encarna en nosotros los bautizados que la componemos, y de ese modo se inserta en el tiempo, en el espacio. Como Cristo, el Verbo de Dios, se insertó en tiempo y espacio como Verdadero Hombre, y Verdadero Dios, así la Iglesia espiritual se manifiesta aquí encarnándose en sus miembros, que somos, unidos en Comunión, nosotros.

La Iglesia transita los siglos y el espacio, siendo Una en Cristo, pero teniéndonos a nosotros como integrantes que le dan cabida y expresión en el mundo material. Esa es nuestra contribución al Plan de Dios, ni más, ni menos.

O sea que cada uno de nosotros es un pedacito de esa historia, que aquí y ahora, permite que Dios actúe en el mundo materializando Su Plan de Salvación de las almas. Yo soy, de ese modo, un instrumento fundamental para que el Cuerpo Místico se revele y actúe como manifestación del Amor de Dios en este mundo, a cada instante.

Mi misión, entonces, es la de desarrollar una tarea particular dentro de ese Cuerpo, para que Dios vea en mi una realización cabal y efectiva del propósito para el que fui creado. Como una parte fundamental de Su Cuerpo que, en este particular momento de la historia, necesita actuar como espíritu encarnado.

La clave de mi función en ese Cuerpo Místico, es la de mi relación con los demás integrantes, ya que el Cuerpo es Comunión, es una Unidad que requiere que las partes se reconozcan unidas, y enfocadas en un propósito común. Es decir que mi misión se empieza a revelar en cuanto comprendo quienes son los integrantes de esa comunidad cercana con la que debo actuar corporativamente, como cuerpo.

Dios ha puesto en cada uno de nosotros una precisa cuota de talentos y capacidades, que puestas al servicio del Cuerpo, de la Comunión en unidad, dan los frutos establecidos en el propósito de nuestra creación. Esto podemos llamarlo misión, aunque francamente podríamos utilizar otras palabras con más o menos el mismo significado.

No estamos hablando necesariamente de una misión que, en términos humanos, provoque fama y visibilidad. No es eso de lo que se trata, aunque a veces eso es parte de la particular función de algunas partes del Cuerpo. Se trata en general de desarrollar en extremo un testimonio de amor, entrega y virtud, en aquel espacio en que nos toca vivir. Un artista será testimonio del Amor de Dios en el arte, una madre dará muestra del Amor puesto al servicio de formar buenos hijos de Dios, un padre trabajador podrá ser ejemplo de honestidad y esfuerzo, honrando a Dios en todo momento y circunstancia.

Algunos son elegidos, llamados, para trabajar en forma directa en la inagotable tarea de la evangelización, como apóstoles. Y no me refiero sólo a almas consagradas, sino también a laicos que reciben lo necesario para tomar las semillas que la Iglesia disemina, e inseminarlas en el suelo fértil del mundo. Es decir, en enterrar la Palabra en la tierra de la sociedad, para que germine y produzca frutos de evangelización, al mil por uno.

La vida es misión, sólo que millones de almas la transitan sin siquiera saberlo, sin dedicarse a descubrir el propósito de su existir. No hay nada más triste que circular por la vida sin dejar una marca que permita a Dios sentirse orgulloso de nosotros.

Y tú, como parte del Cuerpo Místico del Señor, ¿actúas en tu carne y tu mente, en tu palabra y en tus actos, permitiendo al Espíritu manifestarse a través tuyo, para mayor gloria de Dios?





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