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Abrirse

Abrirse
Ciclo B - Domingo 23 del tiempo ordinario / Marcos 7, 31-37: Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



En aquel tiempo, Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. El, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: «¡Ábrete!» Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

Reflexión
El Evangelio que acabamos de oír nos cuenta la curación de un sordomudo. Pero en ese milagro no sólo debemos ver el hecho, sino también el mensaje que encierra. ¿Qué es lo que Jesús quiere manifestarnos, revelarnos por este milagro?

La única palabra que Jesús pronuncia en todo el trozo es “effetá”, que quiere decir: “ábrete”. Jesús abre al hombre. Hay muchas maneras de estar cerrado. Si un sentido está cerrado, como el oído o la vista, ya es algo tremendo. Pero si el hombre mismo está cerrado es mucho peor.

Los que ven los milagros de Jesús, están cerrados a su significado. Ello hace suspirar al Señor, más que la triste situación material del sordomudo. Los judíos lo combaten, los discípulos no lo entienden, y los que se alegran de sus milagros no pasan del asombro al seguimiento de Jesús.
El sordomudo personifica esa situación, y el milagro tiende a la apertura total del hombre.

En este contexto hay que ver la promesa de Dios en la primera lectura de hoy (Isaías 35, 4-7). El profeta Isaías anuncia que la salvación definitiva llegará cuando los sordos oigan y los mudos hablen. Es el anuncio del tiempo mesiánico.

Pero a más de dos mil años de la llegada del Mesías, nos encontramos con que seguimos sordos y mudos. Oímos, pero no escuchamos. Cada uno entiende como le conviene. Cuando decimos dialogar, estamos más atentos a lo que responderemos que en prestar oídos a lo que se nos dice.

Diálogos entre sordos son las discusiones políticas: cada uno piensa como acceder al poder, pero no para servir sino para servirse del pueblo.

Diálogos entre sordos son las discusiones en lo religioso. Más se habla de diálogo y ecumenismo, menos entendimiento hay. Hablamos y hablamos pero no aprovechamos las ocasiones de crear unidos un mundo mejor, con más justicia, más paz, más bienestar para todos.

Diálogos entre sordos son las relaciones de las generaciones: los mayores no escuchan ni entienden a los jóvenes y viceversa. En el seno de una misma familia los sordomudos se multiplican más y más.

A romper esa “sordomudez” nos llama Cristo en el milagro que oímos en el Evangelio de hoy. El sordomudo personifica nuestra propia situación como “sordos” y “mudos” frente a Dios y a los demás: desconectados, incomunicados, solitarios - en una palabra: “cerrados”.
Así Cristo viene hoy de nuevo y nos grita la única palabra que pronunció en ese caso: ¡“effetá”, ábranse!

El sentido de la Encarnación es lograr una verdadera apertura. La salvación ha logrado su objetivo donde nos tornamos hombres abiertos, atentos; hombres que saben escuchar. Porque el hombre, por naturaleza, está llamado a ser abierto, a relacionarse con los demás, comenzando con los que le están más próximos: los de su casa, de su trabajo, de su barrio. Pero debe abrirse también a Dios.

Jesús mismo es y fue modelo perfecto de esa apertura en su doble dimensión. Él está abierto al Padre en la meditación, la oración y, sobre todo, en una obediencia que lo lleva hasta la cruz.
Esa misma obediencia al Padre lo lleva también a la apertura hacia los hombres. Su atención a los demás no tiene límites de horario, sobre todo cuando se trata de los más pobres, enfermos y desgraciados.

Queridos hermanos, pidamos, por eso, en esta Eucaristía de hoy la gracia de una apertura total hacia Dios y hacia los demás. Que quien nos mire, vea a Cristo y se alegre, porque ha llegado la salvación: “los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos saltan y los mudos cantan llenos de alegría”.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

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