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La verdadera alegría
Llevar una vida recta, aunque cueste esfuerzo, no sólo tiene su recompensa en la otra vida sino que ya desde ahora encontramos paz y alegría en nuestro interior


Por: Javier Garralda Alonso | Fuente: ForumLibertas



¿Es posible una felicidad que no cueste, una felicidad “barata”?

Nos dice Juan Pablo II que el camino de la felicidad es el de las Bienaventuranzas. “La palabra clave de la enseñanza de Jesús es un anuncio de alegría: Bienaventurados... El hombre está hecho para la felicidad. Por lo tanto nuestra sed de felicidad es legítima.

Cristo tiene la respuesta a nuestra expectativa. Con todo, os pide que os fiéis de Él. “La alegría verdadera es una conquista, que no se logra sin una lucha larga y difícil (...)” (Juan Pablo II, Jornada Mundial de la Juventud, Toronto, 2002).

En la vida cotidiana vemos que lo que vale cuesta: así es muy satisfactorio subir a un monte alto y disfrutar del espléndido paisaje que se divisa desde la cima y de la recompensa de haber llegado a la meta; pero la ascensión nos ha costado esfuerzo y sudor.

Análogamente, aprobar una asignatura antipática nos alegra y nos posibilita tener luego una profesión interesante, pero nos ha costado horas de estudio y codos. Y para los padres de un hijo con problemas, que éste los supere y se encamine a una juventud y madurez plenas es motivo de gran alegría; pero han tenido que luchar con todas sus fuerzas a lo mejor durante años.

Por otra parte los bienes que buscamos no han de ser pasajeros, sino tales que perduren, que podamos llevárnoslos a la eternidad. Como dice San Agustín, sólo Dios puede colmar nuestro anhelo de felicidad: “Es feliz el que posee a Dios” (San Agustín, ‘Acerca de la vida feliz’, cap. II, 11).
Sentirse en paz con Dios y nuestros semejantes es una alegría que el mundo –los placeres efímeros— no pueden dar.

En cambio, es desgraciado quien sacrifica su ser más íntimo por deseos de cosas perecederas, el que entra en contradicción con su corazón y pierde así la paz. Como dice en la obra citada Santa Mónica, madre de San Agustín; “Es desgraciado quien tiene lo que quiere, pero quiere cosas malas” (San Agustín, obra citada, cap. II, 10).

Además existe una reflexión más: aunque el que deseara cosa malas fuera de momento feliz: “¿De qué le sirve a un hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” ¿De qué valen goces que no son para la eternidad, sino que, por el contrario, nos pueden conducir a una eterna desgracia?

En cambio, llevar una vida recta, aunque cueste esfuerzo, no sólo tiene su recompensa en la otra vida sino que ya desde ahora encontramos una paz y una alegría que nacen como manantial de nuestro interior.





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