Menu



Cada hogar un pequeño Santuario

Cada hogar un pequeño Santuario
Ciclo C - Domingo de la Sagrada Familia / Lucas 2, 41-51. Tiempo Ordinario. Ella ha llevado los dolores de Cristo como una madre sufre las penas de sus hijos.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo su padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». El les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.

Reflexión
Cuando nos encontramos en un Santuario de la Virgen María, sentimos la cercanía suya y de su Hijo Jesucristo como en ningún otro lugar. Sentimos su presencia y su amor. El Santuario se convierte así en un pedazo del paraíso, en una anticipación del cielo.
Sin embargo sabemos que después tendremos que volver al mundo, a ese mundo profano, sin Dios, con todas sus atracciones, tentaciones y valores propios. Sabemos que pronto perderemos esta cercanía a Dios y María.
Y es entonces cuando nos vienen ganas de quedarnos en el Santuario, de vincularnos permanentemente a él, de volver pronto a ese lugar de gracias. Y nos preguntamos: ¿Qué podemos hacer para realizar este anhelo? ¿Cómo podemos volver, si es posible, cada día a este lugar santo?

El Padre Kentenich, el Fundador de Schoenstatt, nos da una solución. En una carta a familias nos dice: “lleven consigo el cuadro de la Virgen y denle el sitio de honor en sus hogares”. Nos sugiere, entonces, llevar a la Virgen a nuestras casas, invitarla a que se quede en nuestros hogares. Y ofrecerle un lugar adecuado para su cuadro, un nicho o rincón familiar, desde donde puede estar presente en medio de nosotros.
2

¿Y qué hace entonces la Sma. Virgen en nuestros hogares? Nos acompaña en cada momento. Nos bendice siempre de nuevo. Nos protege en momentos de peligro y de tentación. Nos aconseja cuando tenemos que tomar decisiones. Nos da fuerza y apoyo en momentos de aprieto y de necesidades. Comparte con nosotros los éxitos, las alegrías y las fiestas. Se manifiesta como nuestra verdadera Madre y Educadora. Nos ayuda y complementa en la educación de los hijos, una tarea tan difícil hoy en día.

En una palabra, nos da las mismas gracias que nos da en el Santuario que visitamos. Y así va convirtiendo nuestro hogar en un pequeño Santuario, en un reflejo del santuario Mariano que hemos visitado.

Ahora, ¿qué debemos hacer nosotros? ¿Cuál es nuestro aporte, para que María se establezca en nuestras casas y las convierta en Santuarios? El Padre K decía: “Madre, nada sin Ti, nada sin nosotros”: detrás de ello está la convicción: la gracia sola no lo hace, y el actuar humano solo no obra nada en el Reino de Dios. Solamente el trabajo unido de Dios y del hombre, el actuar conjunto de María y de nosotros dará frutos.

1. Lo que debemos hacer, en primer lugar, es tomar en serio, darle importancia a la presencia de María y de su Hijo en nuestras casas. Nuestro rincón, nuestro nicho debe ser el centro y el corazón de nuestro hogar, el verdadero lugar de encuentro familiar.
Hemos de mantenerlo vivo mediante nuestras visitas, p.ej. al salir o entrar a la casa; mediante nuestras oraciones diarias en ese lugar, nuestro diálogo personal con la Virgen; llevando hacia Ella también a nuestros hijos y a nuestras visitas; celebrando allí los tiempos litúrgicos como Adviento, Navidad, Mes de María, etc.

2. Lo segundo que deberíamos hacer, es: dejarnos formar y educar por Ella. María es Madre y, por eso, es también Educadora. Ella puede y quiere educarnos. Tenemos que entregarnos en sus manos de Madre. Tenemos que esforzarnos en superar nuestras faltas y debilidades, en ser mejores cristianos. ¡Tratemos de hacer bien las cosas ordinarias de cada día! ¡Tratemos de cumplir lo mejor posible nuestros deberes de estado! Si cada uno se esfuerza en algo, pone su grano de arena, entonces la Virgen pone el resto. Y con su gracia nos convertiremos poco a poco en hombres nuevos.

3. Ofrecerle a María diariamente todo lo que estoy haciendo, mis trabajos, mis esfuerzos, mis aspiraciones y oraciones. Le entrego alegrías y cruces, éxitos y fracasos. Le ofrezco lo que hago, lo que tengo y lo que soy. Y le pido que lo acepte todo y que lo convierta en gracias. Así la Virgen puede disponer, y regalar a los que la necesitan.

Queridos hermanos, si actuamos así, la Sma. Virgen va convirtiendo nuestro hogar en un pequeño Santuario, en un lugar de gracias, en una tierra de encuentro con Ella y con Dios. Pidámosle, por eso, a María que nos regale la gracia de convertir nuestros hogares en templos suyos, en Santuarios-Hogares, reflejos de los grandes Santuarios Marianos.
¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

• Comentarios al autor





Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!