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Encíclica hoy

Encíclica hoy
Encíclica Humanae Vitae y los métodos anticonceptivos.


Por: Monseñor José Ignacio Munilla Aguirre | Fuente: www.enticonfio.org





La "Humanae Vitae", una de las encíclicas que más polvareda ha levantado en la historia reciente de la Iglesia, tiene ya más de 35 años.

Sus afirmaciones morales se han visto corroboradas por otras muchas encíclicas y documentos magisteriales (Familiaris Consortio, Evangelium Vitae, Catecismo de la Iglesia Católica, etc...). En una mirada retrospectiva, no cabe duda de que el papa Pablo VI fue asistido por un don especial del Espíritu Santo que le permitió confirmar en la fe al pueblo de Dios, a pesar de las fortísimas presiones contrarias.

El momento histórico era muy delicado; dos meses antes había estallado en París el movimiento de Mayo del 68. Los criterios de oportunismo hubiesen aconsejado posponer la publicación de la encíclica, pero eran otras las motivaciones de Pablo VI.

Justo cuando la revolución sexual reivindicaba aquello de "hago con mi cuerpo lo que quiero", la Iglesia recordaba que la sexualidad no puede ser reducida a un instrumento lúdico. El Papa insistía en que la sexualidad ha de asumir sus propias responsabilidades: el amor fiel y la procreación. Pablo VI profetizó los peligros de esa revolución sexual que, en base a la seguridad que le daba la "píldora", empezó por separar la sexualidad de la procreación, hasta concluir por divorciar la sexualidad del amor.

El concepto de "paternidad responsable" fue sustituido por el de "paternidad confortable", y en poco tiempo se acabaría por distorsionar todo lo referente a la sexualidad. El que fue premio nobel de biología, Jérôme Lejeune, describía así esta concatenación de despropósitos: "La anticoncepción es hacer el amor sin hacer el niño; la fecundación «in vitro» es hacer el niño sin hacer el amor; el aborto es deshacer el niño; y la pornografía es deshacer el amor".

La "Humanae Vitae" predica a los padres cristianos la paternidad responsable. Estos deben discernir con una conciencia recta el número de su prole, quedando siempre abiertos a que los planes de Dios puedan ser distintos. Lo dice así la Encíclica: "En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación de tener una familia numerosa, ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto a la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido". Por lo tanto, conforme a la mentalidad cristiana, la paternidad responsable supone la búsqueda sincera de la voluntad de Dios, que se discierne desde las circunstancias particulares de cada matrimonio. En base a este principio, ¿qué sentido tienen expresiones como "hijo deseado" o "no deseado"?

Tras estos términos se esconde una mentalidad en la que la procreación se reduce a un objeto de nuestro deseo, olvidando que se trata de un don recibido de Dios, después de un discernimiento responsable. En todo caso, cabría hablar de "hijo buscado" o "no buscado", pero ésta es una distinción menor para quien entiende que "el hombre propone, pero Dios dispone".

Una de las claves en las que la encíclica está fundamentada es la íntima conexión existente entre las dos principales finalidades de la sexualidad: la expresión del amor de los esposos y la procreación. Es moralmente ilícito que el hombre, por su propia iniciativa, rompa esta estrecha vinculación; impidiendo voluntariamente que la relación sexual quede abierta a la trasmisión de la vida.

El respeto a las leyes inscritas en la naturaleza es norma de moralidad para la persona humana. Por ello la "Humanae Vitae" considera que los métodos contraceptivos son contrarios a la moral católica, mientras que se considera lícita la regulación de la natalidad en base al recurso a los períodos infecundos del ciclo femenino. Lo dice así en el nº16: "La Iglesia es coherente consigo misma cuando juzga lícito el recurso a los períodos infecundos, mientras condena siempre como ilícito el uso de medios directamente contrarios a la fecundación, aunque se haga por razones aparentemente honestas y serias. En realidad, entre ambos casos existe una diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven de una disposición natural que Dios mismo ha puesto, mientras que en el segundo impiden el desarrollo de esos procesos naturales".

La postura de la "Humanae Vitae" es de máxima coherencia, ya que si partimos de que en el origen de toda persona hay un acto creador de Dios; de esta verdad fundamental de la fe y de la razón se deduce que la capacidad de procrear, inscrita en la sexualidad humana, es una verdadera cooperación con el poder creador de Dios. Hay, por lo tanto, una evidente incompatibilidad entre la fe en el Dios creador de la vida y la pretensión de decidir e intervenir artificialmente en el origen y destino del ser humano.

Por contra, el recurso a los métodos naturales de la regulación de la natalidad permite que los padres actúen, no ya como dueños y señores de la vida, sino como intérpretes inteligentes del plan de Dios. Es la diferencia entre quien acepta ser creatura, o quien juega a ser el creador.

En definitiva, es importante considerar no sólo lo que Pablo VI dijo, sino el momento en el que lo hizo, para comprender por qué fue considerado a su muerte como "mártir de la verdad". Su conciencia de ser depositario y no dueño del mensaje revelado, le llevó a actuar en coherencia.


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