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Apuntes para una bioética aplicada a la salud laboral (II)
Apuntes para una bioética aplicada a la salud laboral (II)

Artículo del Dr. José María Aguirre Fernández de Arroyabe en el que explora la situación de los incapacitados y el trabajo.


Por: Dr. José María Aguirre Fernández de Arroyabe. Médico y psicólogo | Fuente: E-cristians.net




La problemática ética de la incapacidad laboral

Este término se presta muchas veces a error y se confunde en ocasiones. La mayor parte de los incapacitados pueden realizar un trabajo, según mi opinión, aunque ello no suponga necesariamente una actividad laboral reglada.


Es preciso diferenciar entre los conceptos de deficiencia, discapacidad y minusvalía. Así como la deficiencia supone un menoscabo de menor relevancia en el sujeto que no le impide realizar una vida de relación normal, inclusive laboral, la discapacidad puede generar impedimentos en la actividad social del sujeto y, de hecho, cuando se da una incapacidad laboral normalmente se está hablando de una discapacidad en alguna de las funciones que precisa esa persona para realizar su trabajo, ó todo trabajo, en su caso. La minusvalía supondría ya dar un carácter social al individuo menoscabado, con que la sociedad lo define.

Pasar de un estado de capacidad laboral a discapacidad puede obedecer simplemente a las secuelas de un accidente laboral, ó de una enfermedad, ó de un grado extremo de dependencia a toxicomanías, ó a un grado de deterioro en las funciones psíquicas del trabajador, que abocan a que en el individuo devenga un déficit funcional físico y/ó psíquico y no pueda realizar su trabajo en la empresa en la que trabaja. En la mayoría de los casos va a necesitar de una ayuda externa especializada. No todas las enfermedades crónicas abocan a un grado de discapacidad y, en el supuesto que sea así, no todas al mismo tiempo, y según las personas.

En materia de peritaje de incapacidades laborales, siempre suele darse una desarmonía entre el perfil del puesto de trabajo y el perfil de aptitudes del trabajador. Debe valorarse, en mi opinión, en pruebas médicas y psicológicas, objetivas y fiables, basadas en una buena experimentación previa.

De ahí coligo la importancia de valorar el profesiograma de cada trabajador sometido a evaluación de sus riesgos laborales, que constará como mínimo de las exigencias del puesto a cubrir y del perfil del sujeto.

La incapacidad laboral siempre debe ser la culminación de un proceso en el cual se hayan agotado las posibilidades rehabilitadoras y readaptadoras de la persona al trabajo.





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