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La tentación inorgánica del humanismo
La tentación inorgánica del humanismo

La patria chica implica, en definitiva, la necesidad imperativa de una patria grande , e viceversa. Y como en la patria chica el interés (el cuerpo) está como naturalmente subordinado a la intimidad (el alma), esto mismo debe lograrse moralmente , de un m


Por: Dr. Andreas A. Böhmler | Fuente: www.arbil.org




La tentación inorgánica del humanismo: la negación de la autoridad como anti-cristianismo


La patria chica implica, en definitiva, la necesidad imperativa de una patria grande , e viceversa. Y como en la patria chica el interés (el cuerpo) está como naturalmente subordinado a la intimidad (el alma), esto mismo debe lograrse moralmente , de un modo análogo, en la patria grande. La vinculación común máximamente universal, el soy católico , no es otra cosa. Porque el vínculo que se establece entre los hijos de la Iglesia es precisamente el de que tienen Padre común . Es esta concreción en un Padre común y una Madre común –la Iglesia– la que permite en último término que el ‘salir al mundo’, la unificación de la gran sociedad, en todos sus grados, no se haga de modo abstracto. He aquí también un desafío que tienen pendiente los educadores católicos.


A este respecto, resulta obvio, por otra parte, que no tiene la misma fuerza unitiva el ser cosmopólita que el ser católico . Siendo lo primero el ideal del humanismo liberal, mundialista y multicultural, no sólo no cabe duda de su ineficacia unitiva, sino tampoco de su carácter anti-católico. Cosa bien distinta es la que señala la inscripción que campea sobre la tumba de San Ignacio de Loyola: «No estar excluido de lo más grande, pero permanecer incluido dentro de lo más pequeño, esto es lo divino».

Esta sabia sentencia, tanto pedagójica como política, sería bueno entenderla como invitación a recuperar la doctrina clásica sobre las mediaciones sociales en cuanto reconocimiento de que toda sociedad necesita una estructuración lo más profunda y amplia posible. Porque una totalidad es tanto más auténtica cuanta más estructura y articulación posea.

En consecuencia, me parece difícil quitarle la razón a la tradición católica en su convicción de que sólo el principio monarco-aristocrático –que garantiza la autoridad en tanto que espíritu vivificante de toda la vida social– puede servir de garantía suficiente para que el principio humanista, tendencialmente igualitario e individualista, no se tuerza hacia el nihilismo.

Ahora bien, también el ámbito educativo depende vitalmente de la recuperación del principio vertical , de la importancia cardinal de un tejido nutrido y sano de cuerpos sociales intermedios . Es fundamental un despertar entre los propios católicos para el sentido natural y legítimo de autoridad yobediencia . Hay que reintroducir la autoridad y la obediencia en el mismo tejido social (familia y sociedad civil). Porque lo que llamamos ‘sociedad’ representa una configuración altamente compleja, sutil, fina, que no es inteligible desde la sola razón, ni es producible por la sola razón, en su sentido moderno. El ordo socialis presupone una estructura tanto horizontal como vertical. Es decir, a la vez es paralelismo de los hombres y jerarquía entre los hombres. Sin embargo, la coherencia horizontal está condicionada por la división vertical , es decir, a través de la estructura jerárquica de la sociedad.

Tómese como caso más sencillo de una sociedad la misma familia, que es familia de matrimonio monógamo. La relación entre los hermanos es de tal índole que en el fondo no sería imaginable sin la relación vertical hacia arriba, hacia los padres. Uno es hermano precisamente por el hecho de que uno no solamente tiene con otros hombres los mismos padres, sino que uno honra también a los mismos padres, de abajo hacia arriba. Esta estructura compleja horizontal-vertical se repite en la misma sociedad y tenemos que plegarnos al hecho de que no existe sociedad sin este arriba y abajo, sin jerarquía, sin líder y liderados, sin el principio que un filósofo ha designado como aristarchie . En todas partes debe haber una nobilitas , esta nobilitas puede ser de nacimiento, o también una nobilitas del rendimiento, la nobilitas naturalis . Es un hecho científico que tenemos que aceptar y defender contra todas las ideologías igualitarias. Cuando se destruya la estructura vertical de la sociedad se desmoronará también su cohesión horizontal. ¡Cuantos años que la educación, también la impartida en centros "católicos", desobedece a tan saludables principios!

En resumen, ¿qué católico sincero puede dejar de afirmar que la sana filosofía –y práxis– política, e ipso facto también la educativa, no se constituye sobre el principio de la primacía de la opinión , sino del respeto y amor a la verdad . Y, si bien esa verdad sobre la sociedad es compleja e incluye un amplio campo para la opinión, no es propiamente consensual –ni consensuable–. El consensualismo parte de la idea errónea –no cristiana, sino humanista-revolucionaria– de que todos somos iguales en sabiduría y virtud y que, por tanto, nadie puede ‘enriquecer’ a los demás, mientras que una filosofía y educación societarias basadas en el diálogo implica justamente lo contrario. En el diálogo todos aprenden algo al descubrir o dar a luz la verdad; el ‘maestro’ incluso más que el ‘discipulo’. No obstante, subyace el reconocimiento –no siempre explícito, como es el caso de la relación diálogica básica entre padres y hijos– de que algunos tienen autoridad, porque saben hacerte crecer como persona, y otros obedecen (ob-audire), porque sólo al escuchar (audire) pueden efectivamente crecer o enriquecerse como personas (23).

La así entendida relación societaria –dialógica– exige la presencia de confianza y amor, mientras que el consensualismo societario –tan predominante en los modelos educativos actuales– de ningún modo pretende un uso tan noble de la voluntad, sino que se conforma –erróneamente– con dar por hecho unos deseos e intereses determinados . Frente a semejante reduccionismo, el educador católico está llamado a trascender –y hacer trascender– esos deseos e intereses, en todas sus dimensiones, incluso en la más inmediatamente vinculada al deseo e interés como es la economía. También ha de ser el primero en darse cuanta de que es la ideologización ilegítima de los deseos e intereses la que –de rebote– ha engendrado también la nueva religión del humanismo multiculturalista y mundialista (24).

Frente a semejante «doctrina sociológica sustancialmente errónea» (25), es notorio que los hombres no están caracterizados predominantemente por el interés, sino por lo menos en la misma medida por concepciones de valor y por sentimientos generales y elementales, que son los que hacen posible el estado y la sociedad. Tan es así, que todo pedagago que se precie reconocerá el papel clave que juega la unión de convicciones, sentimientos y afectos. De hecho, toda comunidad debe su capacidad de acción y de realización de fines y valores comunes a una sola condición principal, a saber, a que sus miembros efectivamente tienen la voluntad de empeñar sus fuerzas y servicios para el logro de estos fines y valores. Esto sin embargo presupone que ellos reconozcan aquéllos como valores y que los hagan propios y vinculantes para sus acciones.

Igualmente nuestro pedagogo habrá que reconocer que son una serie de hábitos intelectuales y morales las que son el fundamento de todas las estructuras objetivas de la sociedad (mercado, leyes), porque las leyes económicas no funcionarán para un real beneficio nuestro a menos que funcionen dentro de una sociedad que admita (y fomente) las convicciones y virtudes humanas que generan un verdadero servicio (no simplemente el servicio al consumidor ), como son la devoción, la caridad, la hospitalidad, y los sacrificios que demandan las auténticas comunidades. Y, sobre todo, esperará –incluso contra toda esperanza (26)– en la posibilidad de realización de esas convicciones y virtudes en la vida pública .

Estando tan contrarias las cosas, sin embargo, resulta que los principios católicos tradicionales –políticos, societarios– no pueden ni imponerse ni apenas comunicarse a la democracia liberal, porque la sociedad democrática liberal está en constante búsqueda de valores nuevos , e incluso de una nueva sociedad.

El problema de fondo, por tanto, es la abierta o encubierta hostilidad a la tradición , en tanto que secuela y articulación de la secularización de la sociedad, también en ambientes que se consideran a sí mismos como católicos. Y este estado de cosas, hace virtualmente imposible establecer o, incluso, simplemente conservar la situación humano-vital , que no obstante es condición irrenunciable para la propagación efectiva del orden social cristiano, tan apodícticamente ligado a una sincera veneración de la Tradición de la Iglesia, pese a que muchos piensen o afirmen lo contrario.


Notas
1. Cf. J. MARITAIN, Humanismo integral (Santiago de Chile 1947)
2.
2. Jerarquía de valores no debe interpretarse aquí en términos de utopía sino de normativa, precisamente porque en el hombre no cabe solución de continuidad entre ser y deber-ser. Dicha jerarquía, más allá de petrificación y progresismo, está siendo destruida por ciertos ´valores´ democráticos: Debido al mecanismo de selección de valores de la democracia contemporánea, la evolución de la cultura como forma de vida de la sociedad está determinada por aquella idea del hombre, de su felicidad y los valores ordenados a ella, que domina el pensamiento de la mayoría.

3. Con esto rozamos un tema fundamental en toda teoría societaria: el significado y la legitimación de una jerarquía. Y entendemos que ésta, más que depender de la sangre o del patrimonio en bienes materiales, es una exigencia funcional de la sociedad que depende del esfuerzo que cada individuo pone en el cultivo de su espíritu: Educación tiene que ver con aprender. Pero aprender implica esfuerzo, tiempo y trabajo, de modo que no todo el mundo puede alcanzarla en el mismo grado. Este hecho por sí solo es fuente de jerarquía, y contradice cualquier ideología egalitaria. Hay que recuperar el ideal de la formación de una jerarquía espiritual e intelectual, legitimada por su función en la sociedad, pero al contrario de lo que ocurrió en la Antigüedad no habrá de vincularse de modo unilateral ese carácter de élite de la educación a la idea de humanismo. En este sentido, mucho más que Aristóteles insiste Platón en que cualquier enseñanza que pretenda ser duradera necesariamente tiene su origen en un talento o don definido, y que existe una tal diversidad de talentos que prácticamente todo hombre está dotado de algún talento especial para hacer bien una u otra cosa. En la comunidad política resulta clave por tanto saber identificar para cada uno la función en la que puede hacer fructificar ese su talento especial.

4. Una apreciación acrítica del hombre, sea optimista o pesimista, se revela como antropología deficiente, no apta para comprender en su totalidad los factores esenciales que rigen el acontecer social. Conviene recordar que la religión conforma la moral, pero es mucho más que ésta. Si la moral es un código de comportamiento, la religión es el sustento básico de la interpretación sustancial de cada persona. ¿Cabe discurrir de la regeneración social, frente a la ´nueva sociedad´, sin colocar en el frontispicio la cuestión religiosa y sus perspectivas de evolución? Parece difícil. En primer lugar por la propia esencia del tema, básica para toda interpretación personal. En segundo lugar, por las particulares características históricas españolas, que han convertido a la religión católica en el eje cohesionante de nuestra trayectoria histórica. La ruptura política de España en dos mitades enfrentadas y los intentos de superar esa situación de enfrentamiento han acabado en una especie de pacto de no-agresión, con la elevación de la tolerancia al altar de suprema verdad venerada por toda la sociedad. El teórico liberalismo de pensar que todas las opciones culturales son respetables, porque respetable es la persona que las adopta, ha derivado a una indiferencia entre esas opciones y a un desdén por la calidad de las mismas. La tolerancia que se venera traduce el subconsciente de que la vida humana es un valor supremo y único, por lo que resulta inaceptable anteponer nada a ella. La realidad es, sin embargo, menos equitativa. En primer lugar porque la idea cultural en el poder ejerce presión para discriminar entre las diferentes ideas, condenando las que le son, o parece, contrarias y ensalzando las propias. En segundo lugar, y más importante, es que si una idea o creencia religiosa mantiene la pretensión (inevitable, por su propia esencia) de posesión de la Verdad, pasa a ser considerado enemigo a batir o aniquilar, pues tal pretensión descalifica a las demás ideas o creencias, y eso resulta inadmisible para la mentalidad imperante en la sociedad actual. Ello explica que los poderes culturales dominantes se constituyan en enemigos de la religión cuando ésta va más allá de suministrar un código moral útil para el sistema económico, pues el poder económico no puede tolerar normativas de grado superior a la suya, de optimación económica de la vida. Se plantea, por tanto, un conflicto básico en el tema de la regeneración de la sociedad: o esa regeneración se sustenta en la religión adoptada por la mayoría de la población o esa religión entra en conflicto con el otro conjunto cultural, que expresa una religión diferente. Es decir: si los católicos no nos resignamos a desplazar nuestra Fe a un plano secundario de la vida social, debemos aspirar a que sea la nuestra la que prevalezca sobre la otra en inspirar las normas políticas. Porque, de hecho, cómo puede solventarse el caso en una sociedad incapaz del choque que exige la conversión a nuevas situaciones, y donde los políticos se erigen en mentores intelectuales y los sociólogos como intérpretes del sentir generalizado. Y donde los clérigos ponen como norte de su rumbo el servicio social en vez de la custodia de la Verdad. El esfuerzo requerido de conversión a la Verdad precisa de impulsores (educadores) de esa conversión. Si existen hoy, se manifiestan con voz muy débil.

5. Solo por una especial gracia divina puede suponerse que llegará el día en que recaerá sobre la inmensa mayoría, como un rayo de luz, algo que hoy son pocos los que lo ven con claridad: que aquella tentativa desesperada (del progresismo inmanentista) ha creado una situación en la que el hombre no puede existir como ser espiritual y moral, lo que es tanto como decir que, a la larga, no podrá existir simplemente, a pesar de todos los ordenadores, autopistas, viajes de recreo y confortables apartamentos.

6. He aquí el carácter engañoso de la Modernidad en tanto que ideología del progreso. Las fuerzas de destrucción espiritual y moral actúan por doquier en nombre de lo moderno y con la petulancia típica de esta ingenua palabra mágica de nuestro tiempo. No cabe esperar la salvación a través de los programas y proyectos. Con decir esto no se pretende desprestigiar a las instituciones naturales históricas, todo lo contrario, sino a todos aquellos ´organismos novedosos´ (ONU, ONG´s, etc.) que políticos y otros hombres racionalistas crean artificiosamente para persiguir sus fines utópicos. Lo utópico es todo ideal que no toma su punto de partida en la naturaleza humana. La insistencia en el valor de la Tradición (con los bienes éticos y religiosos que implican y expresan) significa ante todo reconsiderar y reconocer que las instituciones tradicionales como la familia, la escuela, la Iglesia.. en su esencia son libertad, porque representan una fundamental ´descarga´ para el hombre (cf. R. SPAEMANN, Crítica de las utopías políticas [Eunsa, Pamplona 1980]).

7. El propio liberalismo, en la medida en que no sabe ponerse a salvo del materialismo, positivismo y progresismo, no corre una suerte distinta al socialismo por erigirse igualmente en una pseudo-religión, aunque todavía más sutil, más capciosa y, en definitiva, más engañosa, si bien aparentemente menos agresiva en lo relativo a constricciones externas de la libertad. Su ímpetu le adviene constitutivamente del progresismo. Es el impetu de librarse de todo lo que parece limitar la autocracia absoluta del hombre individual. Es la tendencia hacia la total emancipación del hombre. Su finalidad última es arrancar al hombre de todas sus raíces y deshacer todas las ligaduras y fuerzas externas, que el nuevo dios, el hombre-dios, considera insoportables. La enfermedad busca remedio incluso llamando a las puertas de la medicina y biotecnología modernas, pero queda el hecho sumamente incómodo de la muerte. La emancipación de cualquier absoluto se traduce en la tendencia de relativizarlo todo. Y de esta manera la arbitrariedad e indiferencia se instalan con dominio omnímodo. La ideología multiculturalista no es otra cosa. Ya no hay idea o posibilidad que pueda quedar excluida y descartada. Concomitante a este progresismo es el desprecio más o menos abierto del pasado. El católico no tiene derecho a cansarse en denunciar en este sentido la falacia que representa la voluntad dominante de emancipación de la dimensión de lo pasado y del culto dado a lo futuro y lo moderno (cf. A. BOEHMLER, El ideal cultural del liberalismo [Unión Editorial, Madrid 1998] p. 219).

8. W. RÖPKE, Torheiten unserer Zeit (Christiana Verlag, Zurich 1966)

9. El mismo término ´individualismo´ sería de creación saintsimoniana. No obstante, los fundadores del socialismo moderno -una escuela que también creó la palabra «socialismo» para significar lo opuesto a la economía competitiva, que se identificaría con el individualismo- no se habrían dado cuenta de su propio y más radical individualismo. El individualismo ´escocés´, por el contrario, no sería lo que se cree comúnmente: un sistema de aislamiento en la existencia y una apología del egoísmo. Apoyándose en Karl PRIBAM y POPPER concluye HAYEK que no sería el individualismo verdadero (escocés), de raíz nominalista, el que conduce al colectivismo, sino el individualismo falso, de raíz originariamente realista-esencialista, tal como se encuentra en ROUSSEAU y los fisiócratas, con su inspiración claramente cartesiana (cf. A. BOEHMLER, o.c., 223).

10. Cf. E. NAWROTH, Die Sozial- und Wirtschaftsphilosophie des Neoliberalismus (Kerle, Heidelberg 1961, 58-61).

11. «La discusión sobre el personalismo cristiano padece muchas veces de falta de claridad en la diferenciación entre individualismo y personalismo, o más precisamente: entre el personalismo interpretado según categorías jurídico-individuales y ético-sociales. Aunque, ontológicamente, la persona es anterior a la comunidad..., la concepción realista defiende que la esencia del hombre no se agota en la autoconcienca personal, la autoposesión y la autodeterminación, ni tampoco en el hecho de ser único e irrepetible. La persona humana, a pesar de su delimitación metafísica de cualquier otra, apunta esencialmente a la apertura al otro, a la ligazón con el ´tú´ humano, expresa abiertamente más que sólo las cautas tomas de contacto, en el sentido de RÖPKE, condicionadas por el sentimiento de la solidaridad. Se basa en la concepción fundamental, gnoseológicamente cierta, que el individuo tiene predisposición a la comunidad y dependencia de la misma, no sólo en base a pura conveniencia, sino partiendo de su esencia más primigenia, en la medida que los valores por cuya realización las aptitudes y capacidades humanas alcanzan su desarrollo, son valores abiertamente comunitarios. ... (Todo esto) no encuentra ninguna atención seria en la concepción jurídico-individual ametafísica propia del ´verdadero´ individualismo (neoliberal). En este sentido, el ´individualismo verdadero´ de los liberales signifca la deshumanización de la persona y de la sociedad» (ibid., 72).

12. Cf. D. NEGRO PAVÓN, «El misterio de los Derechos humanos», Intus-Legere. Anuario de Filosofía, Historia y Letras 3 (Universidad Adolfo Ibañez, Viña del Mar 2000), 9-22.

13. Ver Josef PIEPER, Ordnung und Geheimnis (Kösel, Munich 1947).

14. Ver el brillante análisis sobre la necesidad de sumisión a la autoridad de la perenne Cátedra de Pedro que el más notable converso anglicano, Card. J.H. NEWMANN, formula en su conocido libro Apologia pro vita sua (1864), Part VII, ´General answer to Mr. Kinglsey´.

15. Cf. A. BOEHMLER, «El ecumenismo, espejo y motor de la crisis posconciliar de la Iglesia», Arbil, revista de pensamiento y crítica 35-36 (2000), http://www.pagina.de/revistaarbil.

16. He aquí la limitación explicativa del ´interés´ por parte de liberalismo, porque se cierra a la consideración del bien común que reivindica que el individuo no sólo trasciende su interés propio hacia los intereses de sus prójimos (familia, amigos, etc.), sino hacia el interés -y más que interés, hacia el bien- de la comunidad política y humana en su conjunto. La tradicional doctrina católica afirmaba que habría que rebasar, radicalmente, el concepto de ´sympathy´ smithiano, en tanto que principio de orden liberal de solidaridad, concepto que volvemos a encontrar en TOCQUEVILLE, bajo el manto de la noción de «interés propio bien entendido», cuya multiplicidad y diversidad vendría a ser adecuadamente encaucada y organizada por el mercado libre. A este propósito, sin embargo, señala R. MESSNER: «Si hubiera faltado una prueba experimental de que a la comunidad ordenada corresponde un primer lugar entre los bienes decisivos para el logro de la vida buena del hombre, el estado totalitario-colectivista moderno la habría aportado de modo irrevocable e irrecuperable. ... (Más allá de la simple aspiración a la buena vida) el hombre lleva dentro de sí (así concluye MESSNER) la ley de su plenitud personal, que es ley de vida buena. Es decir, esta ley no es otra cosa que la responsabilidad que le viene dada en virtud del fin vital que constituye su esencia» (Kulturethik [Tyrolia, Innsbruck 1954] p. 311s).

17. La pérdida de la tradición cultural católica no se debe confundir con un cambio de escenario, puesto que es la base de la cultura europea, el resultado que representa un largo proceso de aprendizaje a través de los siglos y que ha conducido a una liberación del hombre de circunstancias que le esclavizan, aunque hoy guste propugnar todo lo contrario.

18. Un tema interesante obviamente sería investigar hasta qué punto los católicos liberales son conscientes del condicionamiento cultural que está en la base de su Weltanschauung católica. Es lógico tomar como orden natural, o sea, con pretensión de universalidad, aquello que es un orden cultural en el sentido más radical de la palabra. Esta tesis del carácter histórico de la cultura humana no implica un relativismo moral, en el sentido de indiferentismo; más bien implica que no podemos nunca dar por conquistados definitivamente nuestros bienes de cultura y pautas de conducta porque, aunque broten de una naturaleza humana congénita y abierta intrínsecamente a estos bienes intelectuales y morales, ellos no son naturales en el sentido de que los tengamos como los animales tienen sus instintos.

19. Es obvio que el sentido del valor de la familia ha decaído fulminantemente como víctima del individualismo y del colectivismo, no así sin embargo la necesidad de su valor, puesto que brota de la misma naturaleza humana.

20. En cuanto al discernimiento adecuado de los contenidos educativos hay que volver a ser realista: No es decisivo si alguien ha estudiado a TUCÍDIDES, PLATÓN y VIRGILO en el texto original. Lo que importa es lo siguiente: sea el que fuera el tipo educativo del académico, siempre debería mantener presente la distinción entre verdadera educación y mera instrucción. No debería nunca olvidar que la especialización, en el mejor de los casos, no es más que un mal necesario que hay que corregir con todas las fuerzas. A la educación católica, más allá del humanismo superficial propagado en tantos centros denominados católicos, corresponde una pedagogía determinada y determinante, a saber, la que toma al hombre en su conjunto; la que sabe que el qué y el por qué es más importante que el cómo; la que defiende con PLATÓN y ARISTÓTELES (Etica a Nicomaco, 1104 B) que la buena formación consiste en la enseñanza dura del deber.

21. A este propósito viene como al dedo la fórmula tan impropia e infeliz del «católico penitente y liberal impenitente», que Rafael TERMES dice haber hecho suyo a partir de un dictado de Lucas BELTRÁN («La economía de mercado y la doctrina de la Iglesia Católica», Empresa y Humanismo 2 [2000], 503). Acaso será ineludible que ambos habrán de hacer profesión de liberales penitentes, si no es hoy o mañana, indudablemente será así en la otra vida que es comunión en su plenitud.

22. Ver Jude DOUGHERTY, «Keeping common good in mind», en The Ethics of St. Thomas of Aquinas, Studii Tomistici 25 (1984).

23. Curiosamente, según los que niegan la tradición platónica y cristiana del ´dia-logos´, afirmar por ejemplo «que en la figura de Jesucristo y en la fe de la Iglesia hay una verdad vinculante y válida en la historia misma es calificado como fundamentalismo. Este fundamentalismo, que constituye el verdadero ataque al espíritu de la modernidad, se presenta de diversas maneras como la amenaza fundamental emergente contra los bienes supremos de la modernidad, es decir, la tolerancia y la libertad. De modo que, la noción de diálogo -que en la tradición... ha mantenido una posición de significativa importancia- cambia de significado, convirtiéndose así en la quintaesencia del credo relativista y en la antítesis de la conversión y de la misión. En su acepción relativista, dialogar significa colocar la actitud propia, es decir, la propia fe, al mismo nivel que las convicciones de los otros, sin reconocerle por principio más verdad que la que se atribuye a la opinión de los demás. Sólo si supongo por principio que el otro puede tener tanta o más razón que yo, se realiza de verdad un diálogo auténtico. Según esta concepción, el diálogo ha de ser un intercambio entre actitudes que tienen fundamentalmente el mismo rango, y, por tanto, son mutuamente relativas; sólo así se podrá obtener el máximo de cooperación e integración entre las diferentes formas religiosas. La disolución relativista de la cristología y, más aún, de la eclesiología, se convierte, pues, en un mandamiento central de la religión» (Josef Card. RATZINGER, «Relativismo teológico: un nuevo reto para la fe». Conferencia en el encuentro de presidentes de comisiones episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara [México], Septiembre de 2000).

24. Este punto muestra de modo paradigmático uno de los grandes dilemas en que se encuentra el Estado moderno nacional, basado en el concepto de soberanía política. La tendencia universalizadora del subsistema social económico, inherente en el principio liberal de libre comercio, amenaza con vaciar de contenido real a la soberanía política de los Estados nacionales, puesto que no cabe pensar que exista soberanía política al margen de la soberanía económica. Es decir, el traspase generalizado del ´mercado´ de los límites de los respectivos Estados-nación está agudizando el profundo desajuste propio de la sociedad moderna entre el subsistema económico y el subsistema político. La mengua o incluso inexistencia de soberanía nacional en las cuestiones político-económicas (tasas de interés, tasas de cambio, creación de credito, subvenciones, etc.) confirma la subordinación sucesiva de lo político (forma, símbolo, aristocracia) a lo económico (materia, función, masa). Las sociedades modernas carecen cada vez más de una exigencia fundamental de toda sociedad que pretenda ser humana, a saber, la unidad formal, en sentido aristotélico, no kantiano. La sociedad política como espacio formal tiene que concretarse en diversos niveles de unidad material. Así supieron plasmarlo en la realidad social, cada cual con las naturales limitaciones de toda organización terrena, la polis griega (el Estado como ciudad), el imperio romano (el tener ciudanía romana como sinónimo de pertencer a la comunidad política con los derechos que implica), e de un modo más complejo la christianitas medieval (la unidad ´material´ plasmada en el obispo de Roma al servicio de la unidad ´formal´ del Sacro Imperio, por medio de la coronación del rey germano como Emperador por parte del Papa). Tras el abandono sistemático de estos modelos, la existencia de múltiples aporías políticas, con el vaciamiento de la soberanía política, para dar sólo un ejemplo, no son nada extrañas cuando se analiza a fondo el hecho de que el Estado moderno, no sólo el democrático-liberal sino también antes el monárquico-liberal, está constituido en torno al capitalismo (el dinero como espíritu informe, cuantitativo y abstracto) y la ideología materialista de éste que se traduce en buscar la redención en la idea del progreso (emancipación, desvinculación). Si bien algunos intelectuales católicos parecen haber al menos percibido estas aporías, suelen generalmente rendirse -pragmáticamente- ante la facticidad política economicista contraria a sus intenciones originarias.

25. W. RÖPKE, La crisis social de nuestro tiempo (Revista de Occidente, Madrid 1947) p. 14.

26. La verdad es que no sólo del pan vive el hombre, y que existen pasiones y complejos afectivos muy elementales y prepotentes que son propios del hombre, independientemente de su situación económica y a través de todas las capas, clases y grupos de intereses. Todo esto lo ha sabido ya la tradicional doctrina política católica; pero -paradójicamente- ha sido sin duda el colectivismo quien, sin escrúpulos, ha sabido aprovechar esta idea para sus fines, con exito arrollador, desmintiendo así sus presupuestos «materialistas». Ha demostrado que a los hombres no solamente los mueve y se los compromete con promesas, sino sobre todo con exigencias y llamamientos a su espíritu de sacrificio y voluntad de entrega. Ha puesto de manifiesto la gigantesca fuerza que se encierra en el desinterés, en el entusiasmo y en la acción dirigida a un objetivo suprapersonal, mientras que el mundo actual liberal sigue estando todavía lejos de haber sacado de ello todas las conclusiones y enseñanzas pertinentes. En nada queda afectada esta apreciación por el parche que para el individualismo social supone el hecho de la proliferación de las más diversas ONG´s. Para su enjuciamiento crítico, ver Andreas BOEHMLER, «La política: presa de un extremismo antropológico», Arbil, revista de pensamiento y crítica 32 (2000), http://www.ctv.es/USERS/mmori/(32)andr.htm.






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