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El sueño de Dios
El Niño Dios sueña. Sueña con los que nos asomamos a Su rostro. Sueña con el amor de cada uno de los que han acudido al portal.


Por: Guillermo Urbizu | Fuente: Catholic.net




Los murmullos de los pastores arrullan a Jesús niño. Hay un trajín de ángeles que le hacen sonreír. Él los ve, como los ven todos los niños recién nacidos que en el mundo han sido. La Virgen contempla la escena a través de los siglos, sabedora del sueño de Dios, de Su Providencia a lo largo y a lo ancho de la Historia Universal.

Porque Dios tiene sueño, en efecto. Acaba de mamar y los ojitos se le van cerrando. Ahora los pastores contienen el aliento. Y nosotros, y también los ángeles mensajeros. Y hasta el buey y la mula. Ya, ya parece que se queda dormido. Ninguno queremos irnos de allí. El sueño de Dios produce una felicidad difícil de explicar, una alegría contagiosa, que brota del alma y florece en nuestra mirada que reza.

Su Madre lo toma en brazos, le canta y se lo come a besos. Y Dios niño sueña. Sueña con los que nos asomamos a Su rostro. Sueña con el amor de cada uno de los que han acudido al portal, esa sucia covachuela -no había para ellos lugar en la posada- que la diligencia de José ha logrado pertrechar de un impecable aire de familia. Un trocito de Cielo en la tierra, un trocito de tierra en el Cielo.

Y sueña Dios niño que Su misericordia redentora es ya cuestión de tiempo. Mejor dicho, que la misericordia redimirá al hombre del mismo tiempo, y de los monstruos de su pecado, y de una razón desquiciada por una equívoca inversión de valores. Por eso todavía estamos aquí, en pleno siglo XXI, arracimados alrededor del sueño de Dios hecho niño.

Un sueño que se encarna en la esperanza, en la fuerza infinita de treinta años de trabajo escondido. Y en la Cruz. Cada belén que construyen nuestros hijos estaba allí presente. Cada belén que construyen nuestros hijos estaba ya diseñado en el sueño de aquél Dios bebé que miraban embelesados ángeles y pastores. Cada belén es proyecto de la mismísima resurrección de Cristo.

El sueño de Dios es el tiempo que dedicamos a los demás, es el poema que escribimos con nuestras lágrimas, es el viaje de nuestra vida entera por el sendero del perdón. Y todo ello es la materia con la que se construye nuestra intimidad con Dios. Porque el niño Dios sueña sobre todo con la cita de nuestra conversión, con la piedad de nuestro corazón de niño. Como el Suyo.

El sueño de Dios no sueña otra cosa que nuestra oración. Diálogo y creencia. Y la gramática de la oración es participar del amor de la Sagrada Familia, centro ella misma del misterio trinitario de Dios.







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