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Alberto Michelotti, escalador de las cimas del amor

Alberto Michelotti, escalador de las cimas del amor
Alberto es carismático y brillante en los estudios, siempre atento para servir a los últimos y necesitados. Hay algo que ilumina su jonda diaria: Jesús.


Por: Dª Zaida Fernández Fernández | Fuente: Catholic.net



Fuente: Libro Jóvenes Testigos de Cristo
José María Montiu de Nuix (Coord.) - José A. Martínez Puche (Coord.), Jóvenes testigos de Cristo. Ejemplos de vida y fe en nuestro tiempo, Ed. Edibesa, Colección "Santos. Amigos de Dios"/10, Edibesa, Madrid 2010, 360 pp.



Alberto Michelotti, escalador de las cimas del amor


Autor: Dª Zaida Fernández Fernández.
Miembro de los Focolares

Para comprender con mayor realismo las actitudes y comportamientos de alguien, no cabe la menor duda de que se deben tener en cuenta varios frentes, varios puntos de vista. Su fotografía personal, la de su intimidad es fruto del clima familiar. Sí, pero no sólo eso. También resulta del entorno en el que se desenvuelve su vida, el medio natural y el ambiente social. Es esta reflexión la que nos lleva a situar a Alberto en su querida ciudad de Génova.

Génova es una bonita y atractiva ciudad bañada por el mar. Único lugar éste desde el que se puede apreciar toda la ciudad, extendida por la planicie de su histórico puerto y coronada por las numerosas viviendas engarzadas en las siete colinas que cierran su puerto, se diría privilegiada por la naturaleza. Es rica en acontecimientos históricos. Durante la Edad Media fue una de las Repúblicas Marítimas instauradas en el Mediterráneo que extendió sus colonias por las costas de tres mares, a través de los cuales ejercía el comercio, sobre todo con Oriente: los mares Tirreno, Egeo y Negro. Tuvo una continua colaboración con España por temas de seguridad en el Mediterráneo y por temas financieros, en los cuales los prestamistas genoveses fueron famosos. A su relevancia portuaria se une la artística que le mereció el calificativo de “soberbia”. Goza de bellos edificios medievales, renacentistas, barrocos,… que le dan una fisonomía histórica a la que se añaden aspectos modernos y futuristas.

Fue aquí donde Alberto nació el 14 de agosto de 1958. Sus padres, Silvio y Albertina, con Alberto y su hermano Paolo, seis años menor, se trasladaron durante el año 1973 al barrio del Preli. Un barrio metido en la montaña, por encima de un pedregal por donde transcurre un torrente casi seco, pues en la parte superior de la ladera de la montaña se construyeron unos embalses que recogen el agua que brota abundante y que está destinada al uso domiciliario del barrio.

Justamente allí, en el séptimo piso de un alto edificio, transcurrieron los últimos siete años de la vida de Alberto. Jugaba con sus amigos ante el parvulario de unas religiosas y en un espacio plano transformado en campo de baloncesto. Jugaban con el entusiasmo característico de la edad, un entusiasmo contagioso, hasta el punto que ese pequeño espacio se convirtió en un lugar de encuentro de muchos jóvenes, atraídos por la vivacidad, alegría, apertura y compañerismo que se brindaba a quienes se acercaban.

Pero volvamos la mirada a las distintas fases de desarrollo de la personalidad de Alberto.

Albertina, su mamá, afirma que le puso el nombre de Alberto no para perpetuar el suyo, sino más bien porque el abuelo materno se llamaba así.

«Le hemos dado una formación cristiana de base, pero sin grandes arrebatos místicos – prosigue Albertina -. Es verdad que con su padre formábamos una pareja íntegra, unida, que buscaba a diario la armonía familiar, pero éramos muy sencillos. Éramos unos simples católicos. Me parece que en este ambiente los hijos crecieron sin grandes problemas.
Yo era una simple ama de casa que hacía mis cuentas y mis pinitos para que hubiese un orden de gastos según la clase media en la que estábamos encajados. Mi marido, con tesón y dedicación en el trabajo, sostenía la familia. No nos sobraba nada, pero teníamos lo necesario. El secreto para vivir con una cierta holgura estaba en no crearnos necesidades.
Nuestra casa siempre estuvo abierta a los vecinos y amigos, con quienes cultivábamos la amistad en todas las ocasiones que se nos presentaban. Este ambiente de apertura lo respiraban también los hijos, cuyos amigos siempre han tenido las puertas de nuestra casa abiertas, hasta el punto de sentirla suya. A veces me molestaba tanto movimiento, pero una razón me movía para “soportar” la movida: en todo momento sabía con quiénes estaban mis hijos y mi ilusión era verlos felices a ellos y a sus compañeros».

A Alberto, desde pequeño, cinco o seis años, se le notaba una sensibilidad por las cosas de Dios, algo fuera de lo común. Su madre le solía increpar dulcemente y le decía que era un exagerado. Pero él, que nunca sintió atracción por ser monaguillo, rezaba mucho. Para cada llamada de atención de su madre tenía una respuesta fuera de lo común para su edad, como, por ejemplo, “la vida pertenece a Dios”, “yo debo dirigir mi brújula hacia Dios”, “Dios me puede llamar en cualquier lugar y en cualquier momento, lo importante es estar preparados”, etc. Iba a la catequesis, pero no le entusiasmaba demasiado, aunque de mayor sí ayudó en la parroquia en la formación catequética de algunos niños. Todas las noches, al acostarse, su oración preferida era dar gracias por la familia que tenía y pedir por aquellos compañeros de clase que necesitaban afecto y ayuda en los estudios.

Por Navidad siempre se entretenía algunos días componiendo el pesebre y rellenando el árbol con regalos que la mayoría de las veces eran dibujos, cromos, frutas de verdad. Sus juegos eran muy sencillos. No eran un gran lector. Los cuentos, los tebeos o las historietas no le llamaban demasiado la atención. Era más bien un niño activo, creativo y con un tanto de invención, se diría constructor, se entretenía con los marcianos, el lego o el mecano. Uno de los juegos que le apasionaba y con el que jugaba hasta la saciedad era el tren eléctrico, hasta el punto de llevarse frecuentes rapapolvos por esta pasión que le hacía olvidar hasta la hora en que había de comer, dormir o hacer los deberes.

En el colegio no le iba mal. Era zurdo, sus maestras de primaria lo reñían con frecuencia, respaldadas incluso por el director, por lo que aprendió a escribir con la derecha. Aunque espontáneamente, cuando nadie lo vigilaba, lo hacía con la izquierda. En la escuela secundaria nunca lo consideraron un adolescente con grandes dotes, más bien estaba catalogado dentro de una normalidad, tanto es así que su profesor de alemán estaba convencido de que él no sería capaz de aprender ese idioma un tanto difícil. Pero Alberto era muy terco, con su tozudez logró que el profesor sintiese por él un gran aprecio, pues notó el tesón que ponía en tal estudio (sin duda el profesor tenía razón: no se le daba bien ese idioma). Al final sacó bastante buena nota.

En el colegio de secundaria ya comenzaba a despuntar su atención hacia los amigos y compañeros. No le importaba dejar sus hobbies para invitar a su casa a aquellos compañeros que le pedían ayuda. Nunca se imponía, pero lo que sí tenía era madera de líder, escuchaba a los demás, respetaba sus opiniones y trataba de que la última palabra la tuviese siempre quien conversaba con él, pero como respetaba al máximo a los demás, se diría que éstos se entregaban ante sus argumentos. A pesar de que desde fuera parecía que tenía muchos amigos, él mismo cuenta que cuando tenía trece años era un chico sin apenas amigos, solo, su vida era casa y colegio, hasta que – sigue contando Alberto:

«... me encontré con una persona (el párroco), quien por vez primera me habló muy claramente y me dijo: Alberto, delante de ti hay muchos espejos, tú estás continuamente mirándote dentro de ti y estás perdiendo el tiempo; ¡rómpelos! Esta persona me hablaba de Dios».

Comienza otra historia, otra aventura

Este párroco, llamado D. Mario, era un personaje joven, simpático y destinado a la parroquia de Preli dos años antes de llegar allí la familia Michelotti. Era generosísimo. Más que por sus homilías se le conocía por su contagiosa pasión por la montaña. Tal vez este deseo de aventura fue lo que iba conquistando a los jóvenes uno a uno. Durante las vacaciones de verano organizaba excursiones y campamentos en las montañas del valle de Aosta (en los Alpes franco-suizos).

Los jovencillos llegaban a la meta fijada agotados de cansancio. Después de descansar y cuando ya se disfrutaba del bellísimo panorama, les decía dos o tres palabras que penetraban en sus corazones a modo de dardos: “amar siempre a todos”; “creer en el amor de Dios”; transformar el dolor en amor”; “vivir la Palabra”. Para los jóvenes estas palabras eran sólo Evangelio y nada más que Evangelio. Y la novedad estaba en que después de beber una sola de estas frases había que vivirla, ponerla en práctica, porque por la noche se contaban hechos vividos según el lema dado aquel día, y lo vivían, pues ¿qué podían comunicar en esa especie de “fuego de campamento”? Se iba creando un ambiente estupendo, de servicio, de ayuda, de compartir, de amistad profunda y verdadera, donde todo llegaba a ser de todos.

Esta vida los llenaba de tal alegría que lejos quedaba pensar que las páginas allí escritas con la vida fuesen cosa de santurrones o de gente extraña. No, eran la vida, una vida verdadera, llena de satisfacciones y alegrías y alejada de “caras largas”.

Seguramente, unos factores que le atrajeron, - como pudieron ser la aventura típica de la edad, el deseo de relación con Dios, el premio del esfuerzo que había alcanzado la meta, etc. - , fueron motivos que llevaron a Alberto a enrolarse en este tipo de campamentos y excursiones, organizadas por edades. Como consecuencia de su plena donación, gracias a su estupenda disposición y a sus indiscutibles cualidades, el número de jóvenes fue aumentando de campamento en campamento, venían incluso de otras parroquias. Cosa ésta que le proporcionó algunos dolores de cabeza al párroco, quien no siempre fue comprendido por los otros párrocos.

Alberto se donó de tal modo en estas actividades que, al faltar por alguna causa, el párroco llegó a decir que “sentía mucho su ausencia”, pues se había convertido en su brazo derecho. Su madre, Albertina, - hablando después de esta frase -, comentó que en su familia nadie le podía servir de ejemplo para vivir el Evangelio. El sacerdote lo fue y le transformó la vida. Haber conocido Alberto a D. Mario y haberse compenetrado con el modo de vivir que éste le ofrecía fue… “como si (se) hubiese abierto una ventana al mundo… y al cielo”.

Esta “nueva” aventura le cambió también su modo de relacionarse con los compañeros. Alberto casi nunca estaba solo. Empezó el bachiller con gran dedicación y entrega. Un compañero suyo, comentando su modo de ser, lo definía como un caso único, pero no raro. Era el primero de la clase, pero nadie le tenía antipatía. Se le podría definir como un joven íntegro que nunca transigía y que hablaba con los profesores cada vez que se daba cuenta de alguna injusticia suya o de cualquier otro compañero. No tenía miedo a nadie. Es decir, los profesores nunca le pudieron suspender. Primero, porque siempre era el mejor y, segundo, porque cuando de alguna manera se enfrentaba a ellos lo hacía con gran sentido de la educación, que se diría amor y comprensión.

Era un “fan” del equipo de fútbol “Genoa” y, frecuentemente, pinchaba a algunos compañeros “fan” de otros equipos. Pero concluía las acérrimas discusiones con una sonrisa, una palmada en la espalda y un abrazo.

Como cualquier joven, no disponía de dinero. Para pagar sus gastos, los de sus hobbies, hacía con otros amigos algún trabajillo. Una vez le invitaron a él, a sus amigos y compañeros a la vendimia, pero él no sabía recoger uva. En cuanto aprendió, trabajaba a destajo. Tanto es así que terminaron el trabajo antes del tiempo previsto, pues su ahínco contagiaba a los demás, estableciéndose una verdadera competición en la recolección. Acababan agotados, pero él todavía tenía fuerza para, al terminar la jornada, tocar algunas canciones con la guitarra. Esta manera de actuar, de “ser” el primero en amar sin pretender suplantar a nadie, es tal vez la confirmación más verídica de su relación íntima con Dios y de su verter esta unión en cuantos tenía a su alrededor. Era un vivir a fondo que “… quien no ama al hermano que ve no puede amar a Dios a quien no ve”.

A los dieciocho años conoció a una joven, Orietta, amiga de una de sus compañeras de campamento. Se conocieron en la parroquia de D. Mario. El encuentro fue después de que ella pidiera permiso al párroco para frecuentar la parroquia, pues allí había encontrado lo que desde siempre buscaba, pero sin llegar a comprender en realidad qué es lo que la había atraído. Orietta, al ver a Alberto, se dio cuenta de que era un líder nato, alegre y decidido al mismo tiempo. Su figura la encajó como la de un cristiano convencidísimo, mientras que ella se sentía una cristiana tibia.

Durante un año salieron juntos, hicieron muchas cosas solos y con los demás, pues, Orietta se sintió involucrada en las “locuras de amor” puro de Alberto, quien trataba de hacer la vida agradable a todos. Ella comentaba que se veían en el autobús, en la parroquia, en los sitios más diversos. Le demostraba su especial amor, con un ramillete de flores del campo, con un pañuelo, con una notita, etc. Pero, aunque nunca se sintió ignorada, tampoco se vio como la única destinada al amor exclusivo de Alberto.

Éste no buscaba ocasiones para estar solos, siempre iban junto con los demás a hacer alguna de las obras que el párroco les encargaba: pasar la tarde con alguna persona anciana, ir a ver a una joven enferma, alegrar la vida a un joven deprimido, llenar la soledad de algún minusválido, etc. Un día, siempre pensando en los demás, la invitó a su casa, donde pasaron toda la tarde preparando un casette de música para los amigos y, puesto que ella dibujaba muy bien, llegó a encargarle el diseño del estuche del casette, dibujo que resultó ser más bonito que el original. El modo de agradecérselo fue darle un fuerte abrazo, un abrazo especial a través del cual ella entendió que sería una egoísta si pretendiera ser única y exclusiva para él.

Prepararon juntos la selectividad (tenían la misma edad), pero no tanto por estar juntos cuanto por trabajar ayudándose mutuamente para, como ella misma decía más tarde, “hacer lo que Dios quiere de cada uno en cada momento” . Solamente una tarde que llovía a cántaros programaron darse un paseo por el muelle, fueron momentos bellísimos, pues intercambiaron mutuamente experiencias que nunca habían contado, experiencias íntimas, de alma a alma. A otro día tenían el examen oral, él no quiso entrar a su examen para no turbarla. Al salir renovaron el pacto de amar a aquellos profesores, ya que en realidad el único examen del cual darían cuenta a Dios era el de haber amado al prójimo, especialmente a un profesor de filosofía “no creyente” con quien Alberto tuvo ocasión de tener un diálogo sobre la fe, diálogo que dicho profesor quiso continuar después del examen.

Ese día ocurrió una cosa muy curiosa. D. Mario, el párroco, sintió en su interior como un toque de alarma, como una voz que le decía:

“Tienes que perder a este chico que tanto te ayuda. Tienes que dármelo a Mí, debes llevarlo a la fuente donde tú mismo acudes y te sacias. Si esta noche lo ves, le tienes que decir que esperas de él algo grande”.

Se ve que era una llamada del Espíritu Santo, pues esa tarde noche Alberto estaba presente en su misa. Al terminar le dijo que quería hablar a solas con él y, entonces, camino haciendo le dijo:

“Alberto, creo que Jesús te pide dar un salto en tu vida, por eso te aconsejo que conozcas esa fuente a la que yo durante años he ido a beber y que me hizo un grandísimo bien. Un agua que cambió mi vida”.

Alberto lo miró y no le dijo ni sí, ni no, pero lo que sí hizo fue recoger la dirección que le brindó el párroco, la del Movimiento de los Focolares en Génova. Al día siguiente fue, se encontró con personas como D. Mario, pero de varias edades y, según su composición de lugar, “personas normales, alegres, con problemas como los suyos, es decir, los sintió cercanos”. Salió de allí diciéndose: “La vida no me cambia”. Pero, de la conversación mantenida, una frase le golpeaba dentro: “No eres ni frío ni caliente, he empezado a vomitarte”. Pero, a la vez, le martilleaba otra: “Un Dios que es amor, que me ama a mí y que me llama a hacer su revolución. ¿Solo? No, imposible. Con otros lo podré lograr”. Estos otros eran los Gen, es decir los jóvenes de los Focolares, la “Generación Nueva (GEN)”.

Este hecho señala una nueva etapa en la vida de Alberto, una vida centrada en Dios y de mayor conciencia de servicio a los hermanos, para quienes Dios es también amor, como lo fue para él, y a quienes con mayor fuerza y dedicación debía demostrar ese “amor inmenso y exclusivo de Dios por cada uno de sus hijos, por la humanidad”. Todo adquiría un nuevo sentido, una nueva dimensión, una dilatación del corazón a la medida del mismo Dios, habiendo experimentado que el momento de mayor amor es el momento de mayor dolor, convirtiéndose éste en un valor redentor, en un hacer realidad la frase de San Pablo: “… y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (cf. Col 1, 24).

Su primer Congreso Gen en Rocca di Papa fue en el año 1978. Estos Congresos, que solían celebrarse durante el verano, sirven para una especie de reciclaje espiritual y para tomar decisiones sobre qué tema se vivirá más en profundidad durante el año en todo el mundo, así como qué acciones concretas se comprometen los jóvenes a realizar durante ese periodo anual. En ese Congreso una de las principales actividades de los jóvenes del Movimiento era la llamada “Operación África”, acción de solidaridad a favor de un pueblo africano, el bangwa, que se estaba extinguiendo por la elevada mortalidad infantil. La acción elegida por los Gen de Génova, con Alberto a la cabeza, fue recoger ropa. Fue un trabajo en el que los Gen se donaron sin reservas, movilizaron en esta acción muchísimos jóvenes de la región. Así, en quince días recogieron dos camiones de ropa, que clasificada pudieron enviarla a aquel pueblo. Además, involucraron en ella a algunos empresarios que gratuitamente les proporcionaron los medios de locomoción desde el puerto de Génova hasta su destino. Esta fue como la primera acción concreta que conscientemente hacía Alberto con el resto de los Gen genoveses.

Alberto, durante este Congreso de 1978, sintió la necesidad de agradecer a la fuente el agua que, sin él saberlo, le había dado durante casi cinco años. Entonces escribió a Chiara Lubich, Fundadora del Movimiento de los Focolares y verdadera líder de la juventud. De entre las ideas allí reflejadas extraeremos algunas bastante interesantes:

«… Soy Alberto de Génova, tú no me conoces pero yo a ti sí por tus intervenciones y tus escritos… tengo 19 años… la parroquia a la que pertenezco este año ha vivido una experiencia muy bonita… queríamos revolucionar un ambiente un poco difícil y recelosos… un pequeño grupo hemos creído en las palabras del Evangelio: “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, Yo estoy en medio de ellos”… En poco tiempo se ve todo un despertar del interés de muchas personas, sobre todo familias y jóvenes, tenemos muchas cosas que resolver pero todo consiste en tener a Jesús entre nosotros, no en sentimentalismos… Te estoy agradecido, sobre todo porque has dado al mundo la realidad más bonita: la de Dios que es Amor… Tú, Chiara, nos has indicado el camino hacia la unidad de toda la humanidad…».

Chiara le contestó a vuelta de correo, entre otras cosas le confirma una de sus ideas:

«… Ahora que habéis experimentado la potencia de Jesús en medio, vivid de forma tal que merezcáis siempre su presencia y la chispa que se ha encendido en la parroquia se convertirá en un incendio…».

Alberto le escribió algunas cartas más a Chiara, no muchas, pero nos parecen importantes algunas frases de las mismas. Por ejemplo:

“Lo más bonito de estas jornadas ha sido sentirse llamados por Dios a construir la ‘civilización del amor’”. “(…) hay que ser astutos, acoger la voluntad de Dios sobre nosotros en todas las circunstancias, dentro de mí siento ‘una gran prisa’”.

Un capítulo que no podemos obviar es la relación de profunda amistad con otro joven, dos años más joven que él, Carlo Grisoglia. Este adolescente era muy lanzado, apasionado de la música, tocaba muy bien la guitarra y en las reuniones se hacía notar, muchas veces se colocaba en el centro de las situaciones y esto lo hacía un poco egoísta, así que incluso en algunos momentos posteriores afirmó de sí mismo: “me quedo siempre encerrado en mis problemas… no logro salir de mi yo… no soy capaz de nada si pienso en lo egoísta que soy, tan tímido, tan perezoso, tan desganado… pero mi vida puede cambiar, podemos amar”.

A Marta, su amiga más amiga, con la que formaba un dúo infranqueable, cuando comenzó de verdad a tener un evidente cambio en su vida, en varios momentos le confiaba cómo hacía él:

“… Cuando tengas dificultades, cuando no logres sonreír, lánzate a amar, amar, amar y tendrás una libertad jamás experimentada”.
“Yo no logro mantener en pie a las personas, pero conozco a alguien que lo puede hacer. Uno que aunque tenga la muerte en el alma sigue hablando a los demás de vida, te puede parecer que hace una comedia, sí hace una comedia, pero es divina”.
Esta persona era Alberto, a quien admiraba e imitaba hasta tener una unidad férrea con él. A pesar de su tan diferente modo de ser, se complementaban muy bien y se querían como verdaderos hermanos y amigos.

Hemos dicho que la conquista de las cimas era siempre una de las mayores satisfacciones. Alberto conocía muy bien los valles y montañas de Val d’Aosta, le encantaba hacer pequeñas escapadas a las montañas cercanas a Génova. Los Gen siempre aprovechaban estas escapadas para pasar un día de asueto viviendo la realidad de Jesús en medio. El mes de agosto de 1980 todo el grupo hizo escaladas por Val d’Aosta. El día doce de este mes llegaron incluso a la punta del Gran Paradiso (4.000 metros de altura).

Fueron días especiales por las relaciones construidas entre todos ellos. No hicieron todas las escaladas deseadas, ya que siempre mantenían la prudencia ante los peligros de la montaña. El día 17 se quedaron solamente dos amigos, Alberto y Tiziano, los demás se volvieron, unos a preparar los exámenes de septiembre, otros a incorporarse al trabajo, etc. Tiziano quería que Alberto conociera la travesía del macizo de Argentera (por esa misma zona). Antes de ir a dormir y reponer fuerzas para la travesía, leyeron la meditación “El examen final”. Y, comentaron entre ellos:

«Esperemos que nuestros amigos sean conscientes de que el examen más importante será el examen final (tuve hambre y me diste de comer, estuve preso y me visitaste…)».

El día 18, a las 4.30 de la mañana, bajo un cielo sereno y estrellado, emprenden la subida. Llegaron a un punto que de improviso se hacía peligroso. No se olvidan de la prudencia, por debajo de ellos había hielo, mientras que por arriba sólo quedaban cincuenta metros de subida y esta zona resultaba menos arriesgada. Les separaba un metro, Alberto mete la pica, pero la metió en falso, alcanzó gran velocidad y… desapareció. Tiziano subió los cincuenta metros, bajó rápidamente por la otra ladera para dar la alarma, con la esperanza de encontrarlo con vida.

Sí, Alberto vivía, vivía una nueva vida, la del Paraíso. Él sí que tuvo el “examen final” de un modo inmediato, pero no cabe la menor duda de que aquel “Dios me ama inmensamente y quiero corresponder al amor”, “quiero ser todo suyo”. O aquella otra frase, dicha de pequeño a su madre, “Dios me puede llamar en cualquier lugar y en cualquier momento, lo importante es estar preparados”. Fueron las frases de mayor consuelo para unos padres que en medio del tremendo dolor tenían la certeza de tener un hijo que de ahora en adelante estaría siempre a su lado.

El día del entierro de Alberto le comunicaron a Carlo, que estaba cumpliendo el servicio militar, que tenía un cáncer galopante. A partir de ese momento se sintió más unido a Alberto, con quien se reunió cuarenta días después.

En Génova, el 29 de septiembre de 2008, se abrió la fase diocesana de la Causa de beatificación de los dos jóvenes juntos, ya inmersos en Dios.






Si quieres comunicarte con el autor de este artículo, escribe a Dª Zaida Fernández Fernández





Sitio oficial de Alberto y Carlo

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Descarga o míra on line el documental ¡Juntos podemos! . Un grupo de jóvenes caminan siguiendo las huellas de estos siervos de Dios. Caminan por las calles y barrios frecuentados por Carlos y Alberto, hablan con los amigos testigos de estas vidas llenas de autenticidad y amor a Cristo. (regia di Mario Ponta, 45 minutos)

Documental ¡Juntos Podemos!





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