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¡Qué fácil es tener una comunión espiritual!
Basta dirigir por un momento la mente y el corazón hacia Él, y pedirle que llene nuestra alma con su presencia.


Por: P. Alvaro Corcuera LC | Fuente: Catholic.net



Cuando decimos que Jesucristo ha de ser el centro de nuestra vida, significa que Él, Dios hecho hombre por nuestro amor, debe ser el único Señor que reine en nuestro corazón, el interés y el amor más importante, el primer valor en absoluto en nuestra jerarquía de valores. En otras palabras, significa que hemos de «vivir centrados» en Cristo, no descentrados o divididos con dos centros, intentando servir a dos señores.

Ya sabemos cómo Cristo se convierte de verdad en el centro de nuestro corazón cuando hay una decisión de ser hombres de oración, y cuando dejamos que Él forje nuestro corazón en la Eucaristía. Somos conscientes de que el trato frecuente con Él, en la Eucaristía, transforma profundamente nuestras vidas.

El tener todos los días algunos momentos para estar a solas con Él delante del Sagrario, cuando pasamos por una Iglesia o ante una capilla, nos va haciendo descubrir que Él es amor y que nos revela el amor de Dios. Ese amor que puede parecer abstracto, muy teórico, se convierte en lo más real de nuestras vidas precisamente allí, en el contacto de corazón a Corazón con Jesucristo realmente presente en la Eucaristía; y se convierte en un bálsamo para las heridas, en agua en medio del desierto árido y extenuante, en calor cuando el corazón se quiere endurecer por la frialdad.

Si esto es así de los encuentros con Jesucristo frente al Tabernáculo, ¿qué decir de ese otro encuentro con Él, todavía más íntimo, cuando le recibimos en la sagrada comunión, y nos alimentamos de su mismo cuerpo y de su misma sangre? Si nosotros valorásemos a fondo lo que significa recibir una sola vez a Cristo en la comunión, ¡este sería nuestro mayor anhelo de cada día!

Es un hecho objetivo –no podría ser de otro modo– que nuestro contacto con Jesucristo en la Eucaristía se limita a algunos momentos de la semana o, en el mejor de los casos, a unos momentos de la jornada diaria. Pero nosotros necesitamos tener con Él un trato mucho más frecuente, continuo. Para eso lo podemos encontrar también en la oración. Y no sólo en los momentos que dedicamos específicamente a orar, sino convirtiendo todo el día en una oración. Esos momentos breves, dentro del trabajo o del descanso de cada día, para conversar con Él de todo. Para hablar y, sobre todo, para escuchar. ¡Él anhela estar con nosotros, como sus amigos íntimos! «Ya no os llamo siervos, vosotros sois mis amigos». Cuánto nos ayuda en medio de nuestras actividades ordinarias el realizar frecuentes "comuniones espirituales", que suplen de alguna manera la comunión eucarística que no podemos recibir; llegan a ser el alimento a lo largo del día, que acrecientan y sacian nuestro deseo de estar con Él. Y así, poco a poco, casi sin darnos cuenta, Cristo llega a ser nuestro compañero de todas las horas, el que nunca falla, siempre disponible, el amigo sin el cual ya no podemos vivir.

Y es tan fácil hacer esas comuniones espirituales. Basta dirigir por un momento la mente y el corazón hacia Él, y pedirle que llene nuestra alma con su presencia amiga. Cada uno puede hacerlo con las palabras que le dicte el corazón. Tenemos una oración que ayuda para acercarnos a Él en esos momentos: «Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma; pero no pudiendo hacerlo sacramentalmente ven al menos espiritualmente a mi corazón. Quédate conmigo y no permitas que me separe de ti».

Cada vez que nos unimos de este modo a Jesucristo es como si le abriéramos la puerta del corazón; y por allí entra Él, iluminando todo nuestro ser, incluidos aquellos rincones oscuros del alma que tanto nos hacen sufrir y tanta tristeza nos ocasionan. Bien sabemos que esa oscuridad proviene de nuestras infidelidades, del pecado que ofende nuestra amistad con Él. Pero cuando estamos con Cristo, nos nace rechazar intensamente el pecado, no tanto por miedo, sino por el santo temor de Dios, por el temor de perder el amor, porque no podemos vivir sin Él. «Quédate conmigo y no permitas que me separe de ti».

A veces también experimentamos otras dificultades que pueden poner en peligro nuestra relación de amor hacia Jesucristo. Pero cuando se tiene a Cristo en el centro del corazón, no hay nada que nos pueda apartar de Él. Como dice tan expresivamente san Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó.

Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rm 8, 35-39).





 





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