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Yo soy el Pan de la Vida
La Eucaristía nos acerca a Dios de modo estupendo.


Por: P. Cristóforo Fernández | Fuente: Catholic.net





De la manera como Dios provee cada día para darme el pan de mi sustento corporal, así también ha previsto responder a mi hambre espiritual: hambre de inocencia , hambre de paz y serenidad, hambre de justicia, hambre de cielo y de trascendencia, hambre de eternidad ..... hambre de Dios. Y Él dijo: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados” (Mt 5, 6).

Cada quien tiene su hambre íntima, y a cada una responde Cristo, especialmente por su presencia en la Eucaristía, de modo poderosos y personal.

Si yo tengo hambre espiritual ahora, debo recordar que Jesús me espera en la Eucaristía para saciarla.

No hay que especular mucho sobre la idea de Dios: basta fijarnos en que Él es una realidad, una presencia personal en el Sagrario. “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Esta presencia es dinámica, productora de vida y de crecimiento, como lo es el pan en nuestro cuerpo para darnos calor, energía y vitalidad. La presencia de Dios es de vida y de crecimiento, como lo es el pan en nuestro cuerpo para darnos el calor, la energía y la vitalidad. La presencia de Dios es vida; pero hay que hacer vida continuada la presencia del Señor: “¿Adónde iré yo lejos de tu aliento? ¿Adónde podré huir de tu rostro? Si subo hasta los cielos, allí estás Tú; si bajo a lo hondo de la tierra, allí te encuentro” (Salmo 139). No se trata ya de saber una hermosa teoría, sino de vivir una experiencia de fe por la Eucaristía. “Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. ¡No permita que titubee tu pie! ¡Qué no se duerma tu guardián! No, no duerme ni dormita el guardián de Israel. El Señor es tu guardián y tu sombra; el Señor está a tu lado. De día, el solo no te hará daño, ni la luna de noche. El Señor guarda de todo mal; el Señor guarda tu vida. El Señor guarda tus salidas y tus entradas desde ahora y por siempre” (Sal 121).

Esta fue la fe de Israel y está es también la mía, mi convencimiento; me atrevería a decir: mi experiencia humana y vivida en la realidad de Dios en la Eucaristía: una relaidad tan profunda y tan fuerte que constituye la piedra angular de mi experiencia de Él: "¡Tú eres el Pan de la Vida!”.

Mi hambre de Dios, de inocencia, de santidad. A ratos es muy grande, y entonces debo recordar esta experiencia que ya he hecho.

En realidad ésta es la saciedad que busco, y la gracia que espero aumentar cada vez que me pongo bajo la irradiación divina en el Sagrario: ahuyentar de mí cada vez más realmente las medianías que aún pululan en mi entrega a, Cristo, el deslucimiento de mi autenticidad y amor cristianos. Dejar que Él me vaya purificando al calor recogido de su presencia eucarística, porque nadie hasta ahora que ahí se ha acercado y le ha abierto su intimidad, ha vuelto defraudado, insatisfecho.

“La Eucaristía nos acerca a Dios de modo estupendo. Y es el Sacramento de su cercanía hacia los hombres. Dios en la Eucaristía es precisamente este Dios que ha querido entrar en la historia del hombre. Ha querido aceptar a la humanidad misma. Ha querido hacerse hombre” (Juan Pablo II, 13 de junio de 1979).

“La Eucaristía restablece en nosotros la armonía de nuestro ser y nos impulsa a proyectar en la sociedad el espíritu de reconciliación que debemos vivir según el proyecto de Dios. Nos nutrimos del Pan de Vida para poder llevar a Cristo a las diversas esferas de nuestra existencia: al ambiente familiar, al trabajo, al estudio, a las instituciones públicas y sociales, a los mil compromisos evangélicos de la vida cotidiana” (Juan Pablo II, Lima, 14 de mayo de 1988)







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