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En la Misa, Sacrificio vivo
Es vivo: porque engendra la vida, Es vivo porque es un sacrificio de salvación para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos.


Por: Reflexiones Siglo XXI | Fuente: Catholic.net





El sacrificio vivo

Acabamos de recordar que en la Misa ofrecemos «el sacrificio vivo».

¿Por qué es vivo el Sacrificio de la Misa?

La Misa es un Sacrificio vivo por varias razones muy profundas.

Se trata de un sacrificio vivo por oposición a los sacrificios del Antiguo Testamento que no daban la gracia: ni el holocausto, ni el sacrificio por los pecados, ni el de las hostias pacíficas. Más aún, luego que Cristo instaura la Nueva Ley, pasado el período de vacatio legis, esos sacrificios del Antiguo Testamento se volvieron muertos (porque no obligan a nadie, ya que no tienen virtud expiatoria) y mortíferos (porque pecan mortalmente los que los practican, conociendo la vigencia de la Nueva Ley).

Es vivo: porque no se trata de un sacrificio con víctimas muertas como en el Antiguo Testamento .

Es vivo: porque la Víctima de la Misa es una Víctima en estado glorioso. Es la misma Víctima viva, resucitada y resucitadora. «Víctima viva e inmortal», la llama San Juan Damasceno.

Es vivo: porque la Víctima permanece viva después de la inmolación, porque es una: «imagen perfecta y viviente del sacrificio de la Cruz».

Es vivo; porque se mantiene siempre la misma Oblación : mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados (Heb 10,14).

Es vivo: porque engendra la vida, ya que es un sacrificio de salvación para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Es vivo: porque clama destruyendo al pecado y promoviendo el bien.

Es vivo: porque es el mismo Sacerdote principal quien sacrifica y que es eterno.

Es vivo: porque es el sacrificio de Aquel que es la Vida.

Es vivo: porque es «Santo, Inocente, Inmaculado, apartado de los pecadores y más alto que los cielos» el Sumo Sacerdote de ese sacrificio.

La Misa es ¡un sacrificio vivo! No es de una pieza de museo, aunque muy venerable. No es el sacrificio de una víctima que hay que poner en formol o en un freezer o en la morgue para que no se descomponga. No se trata de una víctima que se la perfuma con desodorante para que no hieda o se le pone naftalina para prevenir la acción de las polillas, sino que es una Víctima que se la sahuma con incienso de olor agradable.

La Misa es ¡el sacrificio vivo! porque el sacerdote está en pie… Y porque su Madre junto a la cruz y junto a cada altar, también está en pie. Siempre, de pie, al pie de la cruz, junto ¡al sacrificio vivo!

¡Por la redención del mundo!


Doctrina del Concilio Vaticano II Referencias de la Misa comosacrificio vivo

El Concilio Vaticano II enseña repetidamente que la Misa es el sacrificio Eucarístico: «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera». «Cuantas veces se renueva sobre el altar el sacrificio de la cruz, en que nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolado (1Cor 5,7), se efectúa la obra de nuestra redención».

«El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordenan el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial, no solo gradual. Porque el sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo: los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante». «Es, no obstante, propio del sacerdote el consumar la edificación del Cuerpo de Cristo por el sacrificio eucarístico, realizando las palabras de Dios dichas por el profeta: Desde la salida del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se ofrece a mi nombre una oblación pura (Ml 1,11)».[4] Participando, en el grado propio de su ministerio del oficio de Cristo, único Mediador (1Tim 2,5), anuncian a todos la divina palabra. Pero su oficio sagrado lo ejercitan, sobre todo, en el culto eucarístico o comunión, en el cual, representando la persona de Cristo, y proclamando su Misterio, juntan con el sacrificio de su Cabeza, Cristo, las oraciones de los fieles, representando y aplicando en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor, el único Sacrificio del Nuevo Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí mismo al Padre, como hostia inmaculada».

«La comunidad cristiana se hace signo de la presencia de Dios en el mundo; porque ella, por el Sacrificio Eucarístico, incesantemente pasa con Cristo al Padre, nutrida cuidadosamente con la palabra de Dios da testimonio de Cristo y, por fin, anda en la caridad y se inflama de espíritu apostólico». «Mas el mismo Señor constituyó a algunos ministros, que ostentando la potestad sagrada en la sociedad de los fieles, tuvieran el poder sagrado del Orden para ofrecer el sacrificio… Por el ministerio de los presbíteros se consuma el sacrificio espiritual de los fieles en unión con el sacrificio de Cristo, Mediador único, que se ofrece por sus manos, en nombre de toda la Iglesia, incruenta y sacramentalmente en la Eucaristía , hasta que venga el mismo Señor. A este sacrificio se ordena y en él culmina el ministerio de los presbíteros. Porque su servicio , que comienza con el mensaje del Evangelio , saca su fuerza y poder del Sacrificio de Cristo y busca que “todo el pueblo redimido, es decir, la congregación y sociedad de los santos, ofrezca a Dios un sacrificio universal por medio del Gran Sacerdote, que se ofreció a sí mismo por nosotros en la pasión para que fuéramos el cuerpo de tal sublime cabeza y los presbíteros contribuirán a la gloria de Dios cuando ofrezcan el sacrificio eucarístico…”».

«Como ministros sagrados, sobre todo en el Sacrificio de la Misa , los presbíteros ocupan el lugar de Cristo, que se sacrificó a sí mismo para santificar a los hombres, y, por ende, son invitados a imitar lo que administran; ya que celebrando el misterio de la muerte del Señor, procuren mortificar sus miembros de vicios y concupiscencias. En el misterio del Sacrificio Eucarístico, en que los sacerdotes desempeñan su función principal, se realiza continuamente la obra de nuestra redención y, por tanto, se recomienda encarecidamente su celebración diaria, la cual, aun cuando no puedan estar presentes los fieles, es acción de Cristo y de la Iglesia». «De este modo, desempeñando el papel del Buen Pastor, en el mismo ejercicio de la caridad pastoral, encontrarán el vínculo de la perfección sacerdotal que reduce a unidad su vida y su actividad. Esta caridad pastoral fluye, sobre todo, del Sacrificio Eucarístico, que se manifiesta por ello como centro y raíz de toda la vida del presbítero; de suerte que lo que se efectúa en el altar lo procure reproducir en sí el alma del sacerdote. Esto, no puede conseguirse si los mismos sacerdotes no penetran más íntimamente cada vez, por la oración , en el misterio de Cristo». «…Ejerzan la obra de salvación por medio del Sacrificio Eucarístico y los sacramentos». «En llevar a cabo la obra de la santificación procuren los párrocos que la celebración del Sacrificio Eucarístico sea el centro y la cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana».

Los laicos: «Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cima de toda vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos juntamente con ella; y así, tanto por la oblación como por la sagrada comunión, todos toman parte activa en la acción litúrgica, no confusamente, sino cada uno según su condición». La Iglesia a los religiosos : «los encomienda a Dios y les imparte una bendición espiritual, asociando su oblación al sacrificio eucarístico». «Al celebrar, pues, el Sacrificio Eucarístico, es cuando mejor nos unimos al culto de la Iglesia celestial en una misma comunión ».

No se puede, cuerdamente, dudar que el Concilio Vaticano II enseña de manera indubitable que la Misa es Sacrificio.

Enseñanza del Misal Romano

También, de manera reiterada, se enseña en el Misal Romano que la Misa es un verdadero y propio sacrificio .

Luego de la presentación de los dones, dice el sacerdote en voz baja: «Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que este sea hoy nuestro sacrificio…». Luego dirigiéndose al pueblo: «Orad, hermanos, para que este sacrificio, mío y vuestro, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso», o bien: «En el momento de ofrecer el sacrificio de toda la Iglesia…», o bien: «Orad, hermanos para que, …nos dispongamos a ofrecer el sacrificio…». Y el pueblo responde: «El Señor reciba de tus manos este sacrificio…».

En la Plegaria eucarística I se dice: «te pedimos que aceptes y bendigas este sacrificio: santo y puro que te ofrecemos», «te ofrecemos … este sacrificio de alabanza…», «te ofrecemos … el sacrificio puro, inmaculado y santo…». En la Plegaria eucarística III: «para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso», «te ofrecemos… el sacrificio vivo y santo». En la Plegaria IV: «Te ofrecemos su Cuerpo y su Sangre, sacrificio agradable a ti y salvación para todo el mundo», «Y ahora, Señor, acuérdate de todos aquellos por quienes te ofrecemos este sacrificio…». En las Plegarias eucarísticas V: «Dirige tu mirada, Padre santo, sobre esta ofrenda ; es Jesucristo que se ofrece con su Cuerpo y con su Sangre y, por este sacrificio, nos abre el camino hacia ti». En la de Reconciliación I: «...participando del único sacrificio de Cristo» y en la de Reconciliación II: «...el sacrificio de la reconciliación perfecta». En la Plegaria eucarística para las Misas con niños II: «Él se ha puesto en nuestras manos para que te lo ofrezcamos como sacrificio nuestro» y en la III: «En este santo sacrificio que Él mismo entregó a la Iglesia, celebramos su muerte y resurrección».

 





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