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Pablo VI: el Papa clarividente
Pablo VI: el Papa clarividente

Hoy celebramos al Beato Pablo VI


Por: Lorenzo Carlesso | Fuente: vaticaninsider.lastampa.it



El 6 de agosto de 1978, a las 21,40 hrs., en la residencia veraniega de Castelgandolfo, concluía la experiencia terrena de Pablo VI.

Giovanni Battista Montini nació en Concesio, en la provincia italiana de Brescia, el 26 de septiembre de 1897, y fue un protagonista de la vida de la Iglesia y de la historia del siglo XX.

Parte de una conocida familia de Brescia (su padre, Giorgio, fue uno de los promotores del movimiento católico y uno de los fundadores del Partido Popular italiano; su madre, Giuditta Alghisi, también estuvo comprometida en diferentes actividades sociales), maduró la decisión del sacerdocio siguiendo la estela de la educación religiosa que recibió de sus padres y siguiendo el ejemplo de dos sacerdotes que conoció en Brescia, los oratorianos Giulio Bevilacqua y Paolo Caresana.

Fue ordenado sacerdote por el entonces obispo de Brescia, Giacinto Gaggia, en mayo de 1920 y después entró a formar parte de la diplomacia vaticana, primero como empleado en la Nunciatura de Varsovia y después en el Vaticano, en donde trabajó en la Secretaría de Estado con dos Papas: Pío XI y Pío XII. Su relación con el Papa Pacelli fue muy estrecha, pues fue uno de sus principales colaboradores, tanto que en 1952 se convertiría en Pro Secretario de Estado.

Dos años después, el Papa Pacelli eligió a Montini como nuevo arzobispo de Milán. Una especie de investidura, si se considera el prestigio de la sede ambosiana y el hecho de que a Montini le faltaba una experiencia pastoral más allá de los muros del Vaticano.

En el cónclave de 1958, a pesar de que no era todavía cardenal, su nombre obtuvo algunas preferencias. La birreta cardenalicia habría llegado poco después, de manos del nuevo Pontífice, Juan XXIII, que tenía un gran aprecio por el arzobispo de Milán. Como cardenal, Montini participó en los trabajos del Concilio Vaticano II, tanto para que comenzara como para su conclusión, cuando, tras la muerte del Papa Roncalli, fue elegido como sucesor de Pedro en junio de 1963.

Se ocupó de la guía de la Iglesia en uno de los momentos más delicados de la historia de la humanidad contemporánea, los años sesenta y setenta, marcados por la crisis de la guerra fría y la explosión de movimientos contestatarios; tuvo que afrontar los problemas con espíritu de sacrificio, dando testimonio de su devoción por la Iglesia y por el género humano.

Durante la primera parte de su Pontificado viajó mucho, inaugurando la tradición que después habrían seguido sus sucesores: visitó la Tierra Santa, los Estados Unidos, la India, Turquía, Colombia, Portugal, Suiza, África, Asia y Oceanía. Al bajarse del avión, siempre besaba la tierra que le acogía.

Escribió siete encíclicas, entre las que destaca “Populorum progressio” (del 26 de marzo de 1967), un documento que fue muy apreciado incluso en los ambientes ajenos a la Iglesia y cuya actualidad sigue siendo evidente hoy en día. Creó cardenales a sus inmediatos sucesores: Albino Luciani, Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger.

En 1978 siguió con gran preocupación el secuestro del presidente italiano Aldo Moro, que Montini conoció desde los tiempos de la Fuci (Federación de universitarios católicos italianos), y se comprometió con su liberación en primera persona. Mandó, sin éxito, una carta a los secuestradores: «Yo os escribo, hombres de las Brigadas Rojas: devolved a la libertad, a su familia, a la vida civil al honorable Aldo Moro. Yo no os conozco y puedo tener ningún contacto con vosotros. Por ello os escribo públicamente, aprovechando del margen de tiempo que queda al plazo de la amenaza de muerte, que vosotros habéis anunciado en su contra. Un hombre bueno y honesto, que nadie puede culpar de ningún delito, o acusar de poco sentido social o de haber faltado a la justicia y a la pacífica convivencia civil». El asesinato de Moro afectó profundamente al Papa.

Los últimos años del magisterio se revelaron muy difíciles y estuvieron caracterizados por problemas de salud del Pontífice (que incluso llegó a considerar la idea de la renuncia) y por la crisis de la sociedad contemporánea. En su primer Ángelus, su sucesor Juan Pablo I dijo que admiraba en el Papa Montini «cómo sufre por la Iglesia».

El Papa Wojtyla definió a Montini como «una figura gigantesca, que en un periodo ciertamente poco fácil de la historia de la Iglesia nos enseñó, con un cotidiano martirio de preocupaciones y trabajo, qué significa amar y servir verdaderamente a Cristo y a las almas».

Durante el verano de 1978, consciente de su muerte inminente, se preparó para separarse del mundo. Durante la homilía que pronunció en ocasión del 15 aniversario de su coronación dijo a la multitud: «¡Pedro y Pablo, “las grandes y justas columnas” de la Iglesia romana y de la Iglesia universal! [...] Mirándoles, nosotros podemos echar una mirada que abarca el periodo durante el que el Señor nos confió la Iglesia; y, puesto que nos consideramos el último e indigno sucesor de Pedro, nos sentimos en este umbral extremo consolados y apoyados por la cosnciencia de haber repetido incansablemente ante la Iglesia y el mundo: “Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo”; también nosotros, como Pablo, creemos poder decir: “He combatido la buena batalla, he terminado mi carrera, he conservado la fe”».

 





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