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Encontrar a Cristo
Visita a Cristo en la Eucaristía, a solas con Él, desahoga tus dificultades y desalientos.


Por: P. José Luis Richard | Fuente: Catholic.net




A los dos discípulos que Jesús se encuentra en el camino de Emaús se les suele reprochar su desánimo y tristeza. Nada más injusto.

Las autoridades habían matado a su Maestro, a su Jefe, al que creían su Mesías y Libertador. Habían perdido a Cristo. ¿Podría existir tristeza más justificada?

Tanto lo querían, además, que no quieren permanecer ni un momento más en la ciudad: no soportan el choque de sus antiguas ilusiones, ya muertas, con la vida vacía y sin sentido que arrastran ahora. Aquel mismo día regresaban a su aldea natal. Cristo comprende a estos discípulos y su decaimiento. Por eso sale a su encuentro y les recompensa con un efusivo y cariñoso: ¡Oh insensatos y tardos de corazón! ¿Por qué? Porque, tres años escuchándole y no le habían entendido, no habían podido descubrir quién era... Tres años a su lado observando sus milagros, embelesados ante su mensaje, viéndole amar, sufrir, consolar, reír, orar... y no habían sido capaces de reconocerlo.

Ciertamente, no deja de ser un consuelo en nuestra vida cristiana apreciar cómo Jesús no pierde la paciencia ante la ceguera de los pobres discípulos -prototipo, quizás, de la nuestra- y cómo poco a poco les va apartando las escamas de los ojos.

Primero comienza a calentar su corazón, ya bastante decaído y frío, recordándoles y explicándoles las Escrituras. Los pasajes tantas veces leídos sin prestar atención, aburridos, comienzan a cobrar nueva vida a medida que Él los va explicando. Van respondiendo las preguntas más íntimas que nunca se habían atrevido a presentar. Comienzan a bullir en su interior, consolándoles y animándoles.

Tan interesante se convirtió la conversación de Jesús que, cuando se dieron cuenta, ya habían llegado al lugar adonde se dirigían. Después de mucho insistir, consiguen que Jesús acepte su hospitalidad.

Y, puesto a la mesa con ellos, se convierte de repente en el anfitrión: tomó el pan, lo bendijo y se lo dio. Y ellos, lo reconocieron en la fracción del pan. En la Eucaristía descubrieron a Cristo. Experimentaron la presencia de Jesús. Supieron en seguida que era Él por la paz, la tranquilidad interior y esa fuerza que enseguida sintieron en su interior.

Inmediatamente después, ya no vieron más a Cristo. Pero ya habían descubierto el secreto para encontrarlo. En adelante, siempre lo buscarían donde Él siempre está esperando: en el Evangelio y en el Sagrario. Ahí recibirían también la fuerza para levantarse de su egoísmo y correr a anunciar la Gran Alegría que les consume.


* * *

Visitad frecuentemente a Jesús en la Eucaristía. Ahí, en su presencia, contadle vuestros ideales, vuestras esperanzas, vuestros deseos de amarle apasionadamente. A solas con Él desahogad vuestras dificultades y desalientos. El cristiano que vive al pie del Sagrario triunfará, porque el Sagrario es horno de amor, de sacrificio y de entrega. Y si os acercáis a él no podéis menos de participar de ese fuego que da vida al alma.







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