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Un modo nuevo de ver las cosas
Con la compañía de Dios, se hace fácil y llevadero el camino, y todo adquiere un color especial, distinto, nuevo.


Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net




No es un mundo que termina, es un mundo que inicia.

Así respondía san Agustín a quienes sufrían angustiados ante la destrucción de Roma y de su imperio.

Sí: la vida nos puede reservar muchas sorpresas. Un terremoto, un golpe de sueño en la carretera, una bomba, y en pocos segundos todo ha cambiado. Quizá perdemos la casa, la salud, o muere algún familiar o amigo. Alguno desearía haber muerto, haber terminado esta etapa terrena, para no tener que afrontar todo lo que inicia tras un imprevisto. Pero seguimos vivos, y Dios nos pregunta: ¿qué vas a hacer ahora?

Dicen que la depresión es una enfermedad cada vez más fuerte en el mundo moderno. Desgracias, derrotas, abandonos, nos martillean y nos hacen verlo todo triste, oscuro. Sin embargo, deberíamos colocar el fracaso en su lugar: se ha cerrado una puerta, pero muchas otras siguen abiertas. La vida continúa.

En cada uno de nosotros se esconden energías insospechadas. Esas energías no se ponen en marcha si no hay un amor que las mueva. Una mujer o un hombre pueden llevar una vida mediocre, oscura, insatisfecha. De repente, un hijo enfermo les hace despertar, y sacan fuerzas que nadie habría imaginado. Pueden pasar horas y días en el hospital, o en casa, en jornadas agotadoras por los ejercicios de rehabilitación. El deseo de vivir y el amor les dan una energía insospechada. Y llegan a ser, de un modo misterioso, casi omnipotentes.

Otros, en cambio, son incapaces de dar un paso adelante. El dolor les paraliza, la tristeza les oprime, la herida les lleva a llorar sin esperanza. El tesoro de energías que se esconde en su espíritu está abandonado, arrumbado, quizá incluso empieza a deshacerse.

Dicen que la vida es darse, es desgastarse. Cada minuto que pasa nos “arruinamos” un poco. El mismo gastarse nos enriquece, si nos hemos “gastado bien”. No todos tenemos claro lo que debemos hacer en cada momento. Pero sí podemos, con los ojos fijos en el cielo, gritarle a Dios y pedir un poco de su luz y de su amor.

Con su compañía se hace fácil y llevadero el camino, y todo adquiere un color especial, distinto, nuevo. Nuestros ojos se hacen frescos como los de un niño que admira, por vez primera, la lluvia que forma burbujas en el suelo, mientras atrás le miran, llenos de esperanza, unos padres que quieren ser, siempre, nuevos y grandes en su amor de esposos.






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