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El hombre se mueve por motivos
El camino de la vida consagrada es arduo. Los agentes motivadores son los que ponen en marcha la voluntad y la hacen realidad, fácil, bien dispuesta, capaz de superar las dificultades, frenos y cansancios propios de ese esfuerzo.


Por: P. Rafael Jácome | Fuente: Instituto Catequético Pontífico. Escuela de la fe



El impulso hacia la acción nace de necesidades que piden ser satisfechas y valores que piden ser poseídos, es decir, por un dinamismo motivacional. Nadie escapa de esta realidad: todo acto de voluntad tiene un contenido y todo lo que hacemos está orientado hacia un fin, mediato o inmediato: “Los agentes motivadores son los que ponen en marcha la voluntad y la hacen realidad, fácil, bien dispuesta, capaz de superar las dificultades, frenos y cansancios propios de ese esfuerzo.
Motivación, por tanto, es ver la meta como algo grande y positivo que podemos conseguir; pero desde la indiferencia no se puede cultivar la voluntad. Quizás el problema resida en que muchas metas grandes para el ser humano son excesivamente costosas y con comienzos muy duros. Ahí entra de lleno el tema de los ideales o valores... Estar motivado significa tener una representación anticipada de la meta, lo cual arrastra a la acción...”
(Enrique Rojas, Formación de la voluntad, pág. 21).

También el dinamismo de la gracia se injerta en esta estructura psicológica humana, enriqueciéndola y potenciándola.

Nadie deseará formarse, sobre todo cuando ello implique esfuerzo y sacrificio, si no está profunda y seriamente motivado. Es verdad que pueden existir muchas y muy diversas fuerzas motivadoras. Para unos el interés vendrá del dinero, para otros de la fama, para otros del placer... Pero, ¿qué puede motivar suficientemente a una joven que inicia la vida consagrada para entregarse de lleno y perseverantemente a su propia formación? ¿Dónde encuentra una religiosa la fuerza para continuar en actitud activa de formación permanente a lo largo de los años?

El camino de la vida consagrada es arduo. Pide dedicación, constancia y disciplina. Pero conlleva, además, una serie de renuncias profundas a algunas realidades buenas y lícitas que el mundo puede ofrecer: la compañía de un esposo, la formación de una familia, una vida social interesante, quizás el ejercicio de una profesión muy atrayente, etc. La vida consagrada, y por tanto la formación que requiere, se desarrolla en un ámbito diverso, y consecuentemente, por motivaciones diversas, por valores que nada tienen que ver con el mundo y sus atractivos.

 

 

 

 



 

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