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Apuntes para una historia de la dirección espiritual
Cuando el hombre del siglo XXI se encuentra confuso por no saber ya quién es, la dirección espiritual se presenta como una herramienta de ayuda para recuperar la identidad perdida.


Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net



Premisa
La historia como maestra de vida no es la colección de fechas, datos o eventos importantes. Ni siquiera es la colección sistemática de los acontecimientos que han perfilado el devenir humano. La historia es ante todo la huella del hombre a lo largo del tiempo. Una huella que no se reduce a aspectos externos sino que es el reflejo de sus ideas, sus intenciones, sus deseos. Asomarnos a la historia es por tanto desentrañar las intenciones más profundas del hombre que han dado origen a los acontecimientos que han modelado a la humanidad.

Se puede hablar por tanto de historia en la medida en que nos adentramos en la esencia del acontecimiento para observar cuáles han sido los orígenes, las intenciones primarias, la evolución y el desarrollo del mismo. Sin esta visión completa y profunda del acontecimiento podemos recortar el acontecimiento mismo y observarlo sólo desde un punto de vista, siempre parcial o sólo, pero aún, bajo un solo punto de vista. Esto sucede especialmente cuando ciertos regimenes políticos quieren interpretar los acontecimientos desde un punto de vista que les es favorable para la consecución de sus propios objetivos.

El acontecimiento que nos ocupa es la dirección espiritual. Cuando el hombre del siglo XXI se encuentra confuso por no saber ya quién es, la dirección espiritual se presenta como una herramienta de ayuda para recuperar la identidad perdida. No hablaremos en este breve artículo del concepto de dirección espiritual, sino de la historia de la dirección espiritual con el fin de comprender mejor, en un futuro, el concepto mismo de dirección espiritual. Asistiremos como espectadores a un acto, desarrollado ya durante varios siglos, con el fin de observar dicho acto y sacar las conclusiones pertinentes, pero sólo al final de la función. Quien quiere penetrar el sentido de un acontecimiento debe enseñarse primero a contemplarlo en el silencio, a no juzgar, a observar con sencillez su desarrollo, sin buscar explicaciones o, mucho menos, interpretaciones. Las explicaciones vendrán a través de la misma observación. De lo contrario corremos el riesgo de deformar el acontecimiento –la dirección espiritual-, tratando de interpretarla de acuerdo a nuestras propias percepciones o intenciones.

Paradójicamente, y como inicio a nuestro breve estudio, debemos comenzar definiendo la dirección espiritual, o más que definiendo, yo diría dando un esbozo de la dirección espiritual, con el fin de ir construyendo la definición conforme avancemos en la historia. Ésta, como maestra de vida, nos irá confirmando en nuestra intuición primaria o nos permitirá rectificarla. Recordemos sin embargo, que no es nuestro objetivo la reconstrucción de una definición de dirección espiritual a partir de la observación de los acontecimientos que la han visto nacer o a través de los cuales se ha desarrollado. Nuestro objetivo es más bien la observación serena e imparcial de dichos acontecimientos para después, en base a esos hechos detectar los elementos esenciales de la dirección espiritual.

Debemos partir por tanto del hecho que ya desde antiguo, ha sido convicción unánime en la Iglesia que la búsqueda de la perfección evangélica debe hacerse, si es posible, procurando la ayuda de un maestro espiritual. Y si queremos ir aún antes del nacimiento de la Iglesia, nos damos cuenta que el hombre siempre ha buscado una ayuda para encontrar el sentido de la vida, el sentido de las cosas. Estas serán quizás nuestras dos premisas iniciales: tomar conciencia que el hombre busca siempre encontrar el sentido de su vida y de que por sí mismo no puede encontralo.


“Antes” del antiguo testamento.
Algunos estudiosos sitúan los inicios de la dirección espiritual incluso con los filósofos griegos. “La asistencia y la guía espiritual ya se practicaban desde los filósofos de la Antigua Grecia. Sócrates era considerado una guía de las almas, un<>. La asistencia espiritual era practicada por Plutarco, Epicteto, Séneca que no eran considerados sólo como maestros, sino como una especie de padres confesores y de asistentes que pretendían elevar la vida moral de los hombres, no tanto con las palabras, sino con el ejemplo.”1 Hay autores que también mencionan a Virgilio como un maestro espiritual: “Estos hombres sabios aparecen aún hoy en día como fuente de respuestas a los grandes interrogantes y a los grandes problemas que la humanidad siempre ha tenido. Además, han generado una serie de discípulos como Parménides, Pitágoras, Arquímedes, Epicuro.”2

Sin embargo debemos aclarar que estos personajes griegos no trabajan en un plano eminentemente espiritual, sino ayudar a las almas a elevar su nivel moral de vida. Si bien muchos de estos hombres guiaban con el ejemplo, no tanto con las palabras, no pueden considerarse guías espirituales en cuanto tal, sino al límite, guías morales.

Y cuanto hemos dicho sobre los filósofos griegos, bien podríamos reproducirlo, con las debidas distancias y adaptaciones, para cada cultura. Siempre han existido hombres que se han distinguido por la rectitud de vida y que a través de sus palabras, pero sobre todo por su ejemplo de vida, han sabido guiar a hombres y pueblos hacia una rectitud moral. A la luz de la revelación bien podemos afirmar que estas personas vivían y hacían vivir una ética natural básica en el ser humano. Una ética natural que sin duda alguna elevó al hombre y lo preparó para el anuncio de la revelación. Pero por ahora, bástenos confirmar el hecho de que toda cultura ha tenido el ejemplo y la palabra de este tipo de hombres.

De esta primera aproximación histórica a la dirección espiritual podemos sacar en conclusión que el hombre siempre se ha preguntado sobre los grandes interrogantes de la vida: el sentido de la vida, su función, la manera de mejor vivir este tiempo que se le da. Y al mismo tiempo, busca maestros que lo puedan guiar para solucionar estos interrogantes. No es que los maestros dieran las soluciones, ya que cada hombre debía encontrar por sí solo las respuestas a los interrogantes. Pero en base a las palabras de los maestros y, sobre todo, a sus ejemplos, encontraban la ayuda necesaria para dar una respuesta personal a dichos interrogantes.


La promesa de un Salvador en la historia.
Muy distinto es el caso de un pueblo que vive los interrogantes en forma diversa. Se trata del pueblo de Israel. No es ajeno a los interrogantes que a todo la vida le propone. Pero su respuesta y la forma de vivir dicha respuesta es diversa. Nos encontramos aquí ya inmersos en una espiritualidad y no simplemente en un nivel moral. No es ya simplemente una respuesta a unos interrogantes, sino una respuesta a un personaje, a Dios3 . De hecho el pueblo de Israel se caracteriza como un pueblo que vive, piensa y actúa en Dios: “Un Dios que libera y da identidad al hombre, que le ofrece la posibilidad de vida y traza un camino en el futuro que entrega en manos del hombre, que le pide cuentas de la libertad y de la responsabilidad, a veces mal usada, que lo somete a dura prueba y lo lleva después a la intimidad de siempre.”4 Se establece por tanto no ya una respuesta a una vida moral, sino una respuesta personal a Dios que engloba a todo el pueblo, y por tanto a toda y cada una de las personas en particular.
De esta nueva perspectiva se puede establecer, según algunos autores, que Dios ejerce una dirección espiritual sobre el pueblo de Israel, considerándose la Biblia como un grande discurso de dirección espiritual. Es Dios quien guía su pueblo a través de sus mediadores humanos en una historia de salvación.”5 Por ello, y como consecuencia directa, hay quien ve en Dios al primer director espiritual del hombre. Acaso el diálogo sostenido con Adán es el prototipo de toda dirección espiritual. Una persona que escucha de otra, más experimentada, lo que se debe hacer para alcanzar la plenitud de la vocación: “Cuando Dios el Señor puso al hombre en el jardín de Edén para que lo cultivara y lo cuidara, le dio esta orden: <>.” (Gn. 2, 15 – 16).

Comienza por tanto una serie de personajes que guiarán a los hombres en la esperanza de Israel, actuando como verdaderos maestros espirituales. Tenemos en primer lugar a los profetas que actúan como directores espirituales de los reyes. Samuel lo hace con el rey Saúl (1Sam, 13, 8 et ss.; 1 Sam. 15, 10 et ss.; 1 Sam. 15, 22 – 23), Natán con David (2Sam., 12), Isaías con exequias (2Re. 18, 5 – 8) y Elías con Acab (1Re, 19 y 2Re2). En todos ellos se muestra siempre al profeta que recuerda al rey los mandatos del Señor. No obliga al rey a hacer por hacer, sino que ilumina primero la conciencia del rey con la ley de Dios. Después, sólo después de haber iluminado esta conciencia, ayuda al rey a actuar en consecuencia. Vemos por tanto cómo la dirección espiritual se presenta como un testimonio valiente y sencillo de la voluntad de Dios para un hombre, aunque este hombre sea rey. Encontramos por tanto indicios de una dirección espiritual en la que el dato importante es cumplir con la voluntad de Dios.


Jesucristo, maestro espiritual.
Si bien es cierto que Jesucristo es el maestro espiritual por excelencia, suena un poco extraño el subtítulo que le hemos dado. Sin embargo sería más extraño no dedicar un momento de nuestra atención a la figura de Cristo como maestro espiritual. Si la dirección espiritual es el medio por el cual una persona llega a ser verdadero hijo de dios, es decir, llegar a vivir en plenitud su propia vocación, Cristo es la primera persona que ha vivido en plenitud su propia vocación. Él es el Hijo de Dios por excelencia y su vida es un ejemplo claro de lo que debe ser cada persona en relación con el Padre.

Esta filiación, ejemplo en su misma persona, la extiende a todo el género humano, representado, primero en sus discípulos y después en todo el pueblo de Israel. Esta filiación comienza con las enseñanza del nuevo estilo de vida que Jesús ha venido a inaugurar y que se sintetizan en las Bienaventuranzas. Su magisterio ha sido ilustrado no sólo a través de las enseñanzas dirigidas a todo el pueblo, sino a través de los diálogos y los coloquios personales a los que Él dio tanta importancia.

Ejemplo magnífico nos lo reporta el evangelista San Juan en el diálogo con la samaritana (Jn. 4, 1-42). Podemos afirmar que este diálogo es un ejemplo clásico de dirección espiritual, en dónde una realidad natural (el agua) le sirve para llegar a una realidad espiritual (la salvación). Entran en juego no sólo los conocimientos teológicos, sino el conocimiento profundo de la persona humana y un gran tacto psicológico para llegar a ella y lograr la conversión. La libertad en ningún momento viene disminuida, sino que Cristo mismo la propicia para que la mujer pueda hacer su decisión en plena libertad, y por lo tanto, sea un decisión plenamente humana.


Los padres de la Iglesia.
En la época de los Padres de la Iglesia, la gran preocupación estriba en el adecuado acompañamiento de los catecúmenos para recibir el bautismo, así como en seguirlos durante sus primeros pasos de vida cristiana. Nacen los grandes tratados de la vida cristiana y las catequesis mistagógicas de Jerusalén, en el siglo IV6 .

Pero indiscutiblemente la praxis más cercana a la dirección espiritual, muy difundida en los primeros siglos de la época cristiana, la constituye el hecho de que los obispos sean los guías de la vida espiritual. Ejemplos los tenemos en san Ambrosio, san Agustín y san Gregorio de Nisa8 , hasta llegar a san Cesario de Arles9 .


Los orígenes monásticos
Es bien sabido que la vida consagrada, como la conocemos en nuestros días, tiene su origen en Jesús y los apóstoles, que compartieron con Él un estilo de vida del todo peculiar y original. Pero no se comienza a hablar de vida consagrada sino a partir del siglo III con el fenómeno de los cenobios en Oriente y de los monasterios en Occidente. Hombres que buscaban en el desierto o en el retiro de la montaña la paz para encontrar a Dios. Poco a poco a estos hombres fueron uniéndose otros muchos que buscaban la misma experiencia de dios. Nacen así las órdenes monásticas.

San Atanasio, al contar la vida de San Antonio relata ya una propia y verdadera dirección espiritual que san Antonio ejercitaba con sus discípulos. No se puede comprender la vida de un monje sin un director espiritual, que de alguna manera precede en el camino espiritual y transmite la sabiduría adquirida por muchos años, sabiduría espiritual no académica, sino netamente vivencial. Vemos por tanto nacer una verdadera dirección espiritual, en dónde el monje, sobre todo en sus primeros años, se pone en manos del director espiritual, y sin perder su libertad, la pone en movimiento para alcanzar el ideal monático: Quaerere domino, buscar en todo al Señor.

Otra gran figura de esta época es San Bernardo que logra una unión entre jerarquía y paternidad espiritual. El perno de la institución benedictina es la figura del abate, verdadero padre que deberá dar cuentas ante el tribunal de Cristo de cada uno de los hermanos a él confiado. Reportamos aquí tres números de la Regla, en dónde puede verse claramente este sentido de autoridad y paternidad espiritual: “El abad debe acordarse siempre de lo que es, debe recordar el nombre que lleva, y saber que a quien más se le confía, más se le exige. Y sepa qué difícil y ardua es la tarea que toma: regir almas y servir los temperamentos de muchos, pues con unos debe emplear halagos, reprensiones con otros, y con otros consejos. Deberá conformarse y adaptarse a todos según su condición e inteligencia, de modo que no sólo no padezca detrimento la grey que le ha sido confiada, sino que él pueda alegrarse con el crecimiento del buen rebaño.” (Regla de San Benito, 2, 30 – 32). “Debe, pues, el abad extremar la solicitud y procurar con toda sagacidad e industria no perder ninguna de las ovejas confiadas a él. Sepa, en efecto, que ha recibido el cuidado de almas enfermas, no el dominio tiránico sobre las sanas, y tema lo que Dios dice en la amenaza del Profeta: "Tomaban lo que veían gordo y desechaban lo flaco". Imite el ejemplo de piedad del buen Pastor, que dejó noventa y nueve ovejas en los montes, y se fue a buscar una que se había perdido. Y tanto se compadeció de su flaqueza, que se dignó cargarla sobre sus sagrados hombros y volverla así al rebaño.” (Regla de San Benito ,27, 5 – 9). “El que ha sido ordenado abad, considere siempre la carga que tomó sobre sí, y a quién ha de rendir cuenta de su administración. Y sepa que debe más servir que mandar.
Debe ser docto en la ley divina, para que sepa y tenga de dónde sacar cosas nuevas y viejas; sea casto, sobrio, misericordioso, y siempre prefiera la misericordia a la justicia, para que él alcance lo mismo. Odie los vicios, pero ame a los hermanos. Aun al corregir, obre con prudencia y no se exceda, no sea que por raspar demasiado la herrumbre se quiebre el recipiente; tenga siempre presente su debilidad, y recuerde que no hay que quebrar la caña hendida. No decimos con esto que deje crecer los vicios, sino que debe cortarlos con prudencia y caridad, según vea que conviene a cada uno, como ya dijimos. Y trate de ser más amado que temido.” (Regla de San Benito,64, 7 – 15).

La dirección espiritual no está reservada sólo a los hombres. Encontramos en estos primeros tiempos ejemplos de mujeres que efectuaban una verdadera dirección espiritual, con un sesgo netamente maternal. “No se hace ninguna diferencia entre hombres y mujeres, ni por la capacidad, ni por el contenido que hombres y mujeres comunican. La respuesta que dan, pueden aplicarse a los hombres o a las mujeres. Algunas veces se enaltece a las muejres por tener la misma fuerza y sabiduría que los hombres, de forma que la madre Sarra puede decir a dos eremitas que la visitan: <>.”10 Los nombres de mujeres que descuellan son madre Sarra, madre Teodora y madre Sinclética.


El medioevo
El aporte más importante del medioevo en lo que se refiere a la dirección espiritual lo constituye la aparición de las órdenes mendicantes. Se siente un gran deseo de vivir con pureza el evangelio, con mayor frescura. Observamos la figura del sacerdote confesor que es también ya un director de almas. Si por un lado las buenas costumbres de la dirección espiritual continúan en los monasterios, se hace necesaria una figura de director espiritual para las almas que habitan en los pueblos, en las aldeas, en los burgos. Nace por tanto la dirección de las almas como fenómeno ordinario dela vida espiritual y no como un caso reservado sólo para los mojes o para almas privilegiadas en busca de la perfección.

La dirección espiritual se desarrolla prevalentemente en el ámbito de la confesión, en dónde el penitente no se reduce ya a una acusación de los pecados, sino a una petición de consejos para ayudar a vivir con más coherencia el evangelio.

Nos encontramos aquí con un caso verdaderamente excepcional, el de Santa Catarina de Siena, que de dirigida pasó a ser directora espiritual. Poseía este carisma y lo ejerció abundamente.


San Ignacio de Loyola y los ejercicios espirituales.
La figura de San Ignacio de Loyola dentro de la dirección espiritual se prolongará a lo largo de los siglos, a través de sus ejercicios espirituales, y en especial por las reglas de discernimiento. Los ejercicios espirituales expresan la espiritualidad ignacia, es decir, la de dar lo mejor a Dios. Es dar a Dios siempre lo mejor.

Esta espiritualidad san Ignacio la ejerció sobre sus dirigidos, siempre en el ámbito de la más completa libertad, poniendo delante de ellos la figura amable de Cristo en sus diversas facetas de su vida: desde la encarnación hasta la resurrección, pasando lógicamente por la pasión y muerte, en dónde san Ignacio suele detenerse para lograr arrancar al alma las decisiones necesarias para levar a cabo una transformación de vida.

El director espiritual, para san Ignacio, debe ser un hombre de Dios, debe escrutar con diligencia los caminos por los que Dios está conduciendo al alma. El lugar para ejercitar la dirección espiritual eran los ejercicios espirituales, pues el dirigido debía verse con el director después de cada ejercitación, de forma que el director pudiera comprobar la acción de Dios sobre el dirigido y la respuesta que éste iba dando.


Santa Teresa de Ávila.
Al pasar revista a las figuras insignes de la dirección espiritual, no podemos pasar por alto la de la Doctora de Ávila, santa Teresa. Mujer dotada de una exquisita sensibilidad espiritual y humana, sabe ponerse en manos de Dios para llevar a cabo la obra que Él le tenía destinada, la reforma del Carmelo.

Teresa es una mujer que conoce la naturaleza humana y la naturaleza divina. Por propia experiencia sabe los caminos por los que Dios se mete en el alma, así como los caminos por los que el demonio hace lo mismo. Y está muy atenta en mantener en alerta a sus religiosas. Los consejos que les da, sobre todo en el momento de la fundación de los nuevos conventos, son verdaderas direcciones espirituales ejercidas por una mujer.


La crisis de la dirección espiritual11 .
Señalaremos algunos de los tópicos que más han influido en los últimos tiempos a la dirección espiritual, hasta llegar, el algunos casos a un olvido o crisis total de la misma.

- El influjo de la reflexión filosófica.
El iluminismo que exaltaba el rol de la razón contra cualquier esclavitud proveniente de la ignorancia, de la superstición o de la religión, se presentó como un movimiento cultural que liberaba al hombre haciéndolo plenamente dueño de sí mismo. En consecuencia la fe cristiana y la sujeción a un director espiritual, representaban para los iluministas lazos que impedían a las personas convertirse en personas adultas y maduras. El influjo de estas ideas llegará hasta nuestros días.

Después tenemos a los maestros de la sospecha que son Marx, Freud y Nietzche. Para Fredu, la figura del padre, que se puede aplicar a la del padre espiritual, se convierte en una fuente del super-ego, de la censura interiorizada durante la infancia y de supuestas neurosis.

Para Marx la religión es el opio del pueblo que impide la revolución del proletariado contra la esclavitud de los patrones. En esto contexto la dirección espiritual debe ser vista como uno de los instrumentos que sirven para mantener el estado de opresión del proletariado y a impedir la lucha de clases para la llegada de la dictadura del proletariado.

Para Nietzche la religión es la energía maléfica que maniaten a los hombres en la mediocridad típica de los débiles y les impide que puedan afirmarse delante a otros hombres o delante de la imagen ilusoria de un Dios que es una proyección de la debilidad humana.

El iluminismo y los maestros de la sospecha tendrán consecuencias graves contra la dirección espiritual al hacerla ver como un producto cultural en manos de unas personas que buscan ejercer un liderazgo a favor de una estructura y en contra de la madurez integral de la persona.

- La eclesiología de comunión.
Una de las luces más fecundas de la maduración teológica del Concilio vaticano II es la eclesiología de comunión. El misterio de la Iglesia y sus verdades de fe vienen iluminadas por una nueva luz. El valor de la comunión y de la participación fraterna tiende a convertirse en el valor indiscutible y prioritario de la vida comunitaria. La comunidad, en cuanto lugar permanente en dónde cada creyente recibe y potencia su comunión con Dios, desarrolla un papel de primera importancia en la maduración espiritual, hasta poner en crisis el papel de la dirección y del director espiritual. Si la comunidad es el lugar en dónde se escucha y se pone en práctica la palabra de Dios, entonces es inútil, o al menos superfluo, recurrir a un director espiritual para interpretar y poner en práctica dicha Palabra de Dios. Se ha hablado mucho de una comunidad formadora de sus miembros, por lo tanto la dirección espiritual pasa a un segundo plano, o se convierte en un accesorio que sólo tiende a fomentar el egoísmo y el propio punto de vista de frente al de la comunidad.

- El influjo de la espiritualidad de la encarnación
La espiritualidad de la encarnación revela un problema de la existencia cristiana, la de estar en el mundo sin ser del mundo. La dirección espiritual clásica entendía la fuga del mundo como un proceso normal para todo cristiano, dejando a un lado las realidades terrenas como formas para poder llevar a cabo la salvación de la propia alma y de las almas encomendadas.

En realidad esta contraposición no existe, pero durante mucho tiempo así se hizo creer a los fieles cristianos. A inicios del siglo XX, la Acción católica ayudó a borrar esta dicotomía, en forma tal que las realidades del mundo podían y debían ser sujetas de la salvación, siendo los cristianos, y principalmente los laicos, los autores de dicho proceso. Son años en los que los católicos comienzan a entrar en el campo de la política, principalmente en Europa, logrando así un influjo positivo. Hay que recordar, como ejemplo, que detrás de un de Gasperi o de un Aldo Moro, estaba un director espiritual, como mons. Montini, futuro Pablo VI.


- La crisis del sacramento de la confesión
Hasta antes del Concilio Vaticano II era usual para algunos el que la dirección espiritual se llevará a cabo durante la confesión sacramental. El diálogo de conciencia entre el penitente y el confesor se traducía normalmente en la apertura del corazón de un hijo hacia su padre espiritual y la palabra de éste hacia su hijo espiritual; y este diálogo hacía presente y eficaz el gesto salvador de Cristo.

La crisis que ha tocado la praxis sacramental en la Iglesia, ha golpeado también el sacramento de la confesión, y por lo tanto el de la dirección espiritual. Solamente en dónde la confesión aún es vista como un momento de liberación del pecado y de renacimiento de la vida en cristo, es posible, aun hoy, dar el paso que conduce de la confesión a la dirección espiritual.


- El relativismo.
“Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse «zarandear por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud que está de moda. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas.”12 Con estas palabras, y en momentos tan importantes en la historia de la Iglesia, como era el Cónclave para elegir al sucesor de San Pedro, el entonces cardenal Joseph Ratzinger denunciaba uno de los males de nuestros tiempos: el relativismo.

Pensar en el relativismo es llevar nuestra mente al mundo de las ideologías hoy en boga. En el mundo europeo, laicizado y pragmático lo vemos en los debates de bioética, de la política, de la sociedad que trata de construirse un mundo sin Dios, como bien lo atestiguaba la exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa: “La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera.”13 En el mundo latinoamericano, vemos la barca de la fe zarandeada muchas veces por ideologías de signo marxista, con la teología de la liberación o la teología indigenista. Y en Asia y Oceanía la fe católica muchas veces se diluye y se pierde en el falso diálogo interreligioso.

Podemos encasillar fácilmente el relativismo en esos mundos de Dios, pero podemos pasar por alto el mundo religioso y sin embargo, también aquí se ha insinuado y se ha hecho presente este que es el mal del siglo XXI. La fe se debilita, se trabaja más por el desarrollo humano-social del hombre que por su salvación. Es lógico pensar que un elemento de la vida espiritual como es éste de la dirección espiritual, ha quedado desplazado por elementos humanos, psicológicos, pedagógicos o meramente ha quedado en el baúl del olvido.

La recepción del Concilio Vaticano II14 ha levantado mucho polvo y desgraciadamente no el polvo que querían los Padres conciliares. Se pretendía una Iglesia misionera, continuadora de las verdades de fe, reveladas y custodiadas por la tradición, pero aplicadas al contexto actual del hombre moderno. Lo que debía adaptarse era la forma, no el fondo. Sin embargo, muchos entendieron o quisieron entender que lo que debía era el fondo. Y así cada uno se erigió como propio modelador de su realidad eclesial, con el fin de llegar al hombre de hoy.

La consigna era cambiar todo en aras de llegar al mundo, a la gente de hoy. Y así, sin un verdadero discernimiento se descartaron elementos de la vida espiritual que habían dado un fruto ubérrimo, sólo porque eran cosas del pasado. La dirección espiritual sufrió este proceso y, atacada por un individualismo exasperante en dónde se decía que cada uno debía ser libre de rendir cuentas de conciencia, y más aún, que se las podía entender a solas con Dios, quedó orillada a un accesorio inútil o desfasado.

Los coletazos del ’68 también se dejaron sentir en la Iglesia. Y todo lo que podría significar dirigir al hombre, enseñarlo, acompañarlo, era visto con cierto recelo. La dirección espiritual fue duramente contestada por varios expertos, incluso teólogos, que veían una manipulación de la libertad del hombre y una anulación de su voluntad.


Conclusión
Los tiempos de la contestación han pasado. Quienes veían con recelo las antiguas prácticas de piedad, ahora parecen añorarlas, o por lo menos no las ven con los ojos suspicaces de entonces. Sobre todo, al contemplar el panorama desolado de la vida consagrada, que en ciertas regiones se presenta. No cabe duda que todo tiene sus causas y si hoy asistimos, por lo menos en Europa, al triste espectáculo de una vida consagrada que se debate en un caída libre del 34.83% pasando de 329,799 religiosos en 1965 a 214,90315 no ha sido por nada. Las causas son varias y muchas de ellas se han debido al dilentatismo espiritual en el que se debaten muchas congregaciones, que han dejado a un lado los probados elementos de la vida espiritual, que tanto esplendor y seguridad dieron en años pasados.

Tal parece que ahora se busca una espiritualidad más fuerte, más profunda, más humana. Es verdad que en el pasado se pecó de rigidez excesiva, de deshumanización. Pero es necesario aceptar que muchas cosas se tiraron a la borda por falta de un adecuado discerniendo.

Hoy se busca vivir una radicalidad evangélica a toda costa. Lo vemos por ejemplo en las nuevas congregaciones que están surgiendo, así como en los movimientos y nuevas realidades eclesiales. Es curioso, pero en la mayoría de ellas el elemento de la dirección espiritual es común y se ejercita en forma vigorosa. Por algo será. Bien cabría recordar aquello de que el árbol por sus frutos se conoce. Retomar la dirección espiritual no será fácil, pero no es una tarea imposible. Requiere de paciencia y de mucha formación, por parte de los directores o directoras y por parte de los dirigidos.


NOTAS

1 Anselm Grün, L’accompagnamento spirituale nei Padri del deserto, Paoline Editoriale libri, Milano 2005, p.13.
2 Giovanni Arledler, La direzione spirituale, Origini, natura, prospettive, Paoline Editoriale libri, Milano 1997, p. 6.
3 De alguna forma podemos traer aquí las palabras de Benedicto XVI cuando dice que el cristianismo es uan respuestas a una persona, no a una idea o conceptos. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n. 1,
4 A. Fanuli, Introduzione, in R. Cavedo (e altri), La spiritualità dell ?antico Testamento, Borla, Roma 1988, p. 9.
5 Lucio Casto, La direzione spirituale come paternità, Effatà editrice, Torino 2003, p. 16.
6 Sources Chrétiennes, 126.
7 De sancta virginitate liber unus
8 Sources Chrétiennes, 119
9 San Cesareo di Arles, La vita perfecta, Edicizione Paoline, 1981.
10 Anselm Grün, L’accompagnamento spirituale nei Padri del deserto, Paoline Editoriali Libri, Milano 2005, p.84.
11 Seguiremos en este capítulo el libro de Raimundo Fratallone, La direzione spirituale oggi, Una proposta di ricomprensions, Societá editrice internazinale, Torino 1996, pp. 8 – 21.
12 Joseph Ratzinger, Homilía en la misa del inicio del Cónclave, 18.4.2005.
13 Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 9
14 Para una profundización de este tópico que está resultando ya clásico, recomendamos la lectura del Discurso de Benedicto XVI a la Curia romana del 22.12.2005.
15 Ángel Pardilla, I religiosi ieri, oggi e domani, Editrice Rogate, Roma 2007, pp. 284 - 285.



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