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Apartados del programa de vida Espiritual
Estructura y pasos a seguir para hacer un programa de Vida Espiritual.


Por: Guadalupe Magaña | Fuente: Escuela de la fe



A. Ideal.


Recordemos nuestro destino: hacernos semejantes a Cristo. Por eso hemos buscado la pasión dominante, por ser la que más nos aleja de nuestro ideal: Jesucristo. Una vez descubierta la pasión se buscará alcanzar la virtud contraria, pero... a toda persona le cuesta luchar por adquirir una virtud, porque toda lucha es sacrificio, renuncia, esfuerzo, desgaste. La lucha se hace más atractiva y asequible si la virtud se ve encarnada en Aquél que es la razón de toda la existencia: Jesucristo. Él es el centro y modelo de toda vida cristiana y apostólica.


En Cristo encontramos el modelo más acabado de todas las virtudes, el objeto de las complacencias del Padre Celestial. Solamente si nos parecemos a Cristo agradaremos a Dios nuestro Señor y viviremos plenamente las exigencias de nuestra vocación cristiana.


Nos propondremos buscar no una virtud descarnada, sino vivida por Jesucristo, el modelo perfecto.


No aspires a alcanzar una virtud por sí sola, no quieras una virtud por ella misma. Busca una virtud en la medida en que Nuestro Señor la haya vivido. Por tanto, al ponernos un ideal, no lo hacemos como los estoicos, que buscaban la virtud por la virtud, sino para imitar a la Persona que motiva a esa virtud. “Únicamente Cristo descubre al hombre quién es el hombre”, nos ha insistido en muchas ocasiones Juan Pablo II.


El ideal pues lo tendremos siempre en Jesucristo, modelo de vida de aquella virtud concreta a lograr. Por ejemplo:


Ideal: Jesucristo manso y humilde de corazón, sería un ideal excelente para la persona cuyos defectos vimos en el apartado anterior.


Otras sugerencias:


Jesucristo, luchador infatigable (para quien peca de pereza)
Jesucristo, en su amor desinteresado al Padre y a los demás (para alguien centrado en sí mismo).
Jesucristo, que vino a servir y no a ser servido (para quien necesita ser menos egoísta).
Jesucristo, líder de las almas (para quien tiene mucho respeto humano).
Jesucristo, obediente por amor (para doblegar la rebeldía).
Jesucristo, entregado a su misión (para quien tiene horizontes cortos).
Jesucristo, comprensivo y paciente (para quien se desespera con los demás).




B. Lema.


El lema consiste en una frase breve que motiva la vivencia del plan de vida y resume la virtud que se está forjando.


"He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" si es un programa sobre la humildad.


Si es una persona muy materialista, aquella frase de Cristo: "¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?".


Si le cuesta el sacrificio por exceso de comodidad: "El que quiera venir en pos de mí, tome su cruz y sígame".


Para una persona con un problema de rencor: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen".

“Mi vida por Cristo”
“Hoy no dejaré de luchar y si caigo me levantaré enseguida”,
“Sé que contigo todo lo puedo”,
“Jesucristo ayúdame, Jesucristo dame fuerza, Jesucristo en ti confío”,
“Creo en el valor de mi pobre nada unida a Cristo”, etc



C. Pasión dominante.


Especificar la pasión que más aleja del ideal. No conviene decir solamente «egoísmo», pues el egoísmo es el tronco principal que tenemos todos, de donde salen las dos ramas principales: soberbia y sensualidad.



D. Manifestaciones.


Brevemente enunciar las diversas actitudes en las cuales se manifiesta el defecto o pasión dominante. Para ello ayudará examinar los lugares, las circunstancias, los hechos, las situaciones donde se expresa con más fuerza esa pasión concreta. Esto va a servir para no perdernos en otros puntos menos importantes.


E. Virtud.


Simplemente se expresa el nombre de la virtud, del hábito, de la actitud a lograr: pobreza, generosidad, humildad, fortaleza, prudencia, orden, servicialidad, caridad, etc. pudiendo añadir algún adjetivo para especificarla, por ejemplo: caridad delicada y servicial.



F. Medios generales.


Se eligen virtudes que, de manera global, ayudarán a la vivencia de las acciones concretas que se realizarán en el programa. Así por ejemplo: espíritu de fe; capacidad de sacrificio y abnegación; amor personal a Jesucristo. Ciertamente no puede haber un plan de vida espiritual que no busque fortalecer el amor a Dios, la vida sacramental, la vida de oración, etc., porque sin Él no podemos nada. (Jn. 15, 5).




G. El plan de trabajo, o programa.


Equivale a las acciones o medios concretos para alcanzar el objetivo.

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