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El grito que molesta

El grito que molesta
¡Pedid! Pero también nos dice: ¡llamad a la puerta! Y quien llama a la puerta hace ruido, incomoda, molesta.


Por: SS Francisco | Fuente: L’Osservatore Romano




Misas matutinas en la Capilla de la Domus Sanctae Martahe. Viernes 6 de diciembre de 2013.

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 49, viernes 13 de diciembre de 2013



La oración es «un grito» que no teme «molestar a Dios», «hacer ruido», como cuando se «llama a una puerta» con insistencia. He aquí, según el Papa Francisco, el significado de la oración dirigida al Señor con espíritu de verdad y con la seguridad de que Él puede escucharla de verdad.

El Pontífice habló de ello refiriéndose al pasaje del capítulo 9 de Mateo (27-31), el Papa centró la atención ante todo en una palabra contenida en el pasaje del Evangelio «que nos hace pensar: el grito». Los ciegos, que seguían al Señor, gritaban para ser curados. «También el ciego a la entrada de Jericó gritaba y los amigos del Señor querían hacerle callar». Pero ese hombre «pidió una gracia al Señor y la pidió gritando», como diciendo a Jesús: «¡Hazlo! ¡Yo tengo derecho a que tú hagas esto!».

«El grito es aquí un signo de la oración. Jesús mismo, cuando enseñaba a rezar, decía que se hiciera como un amigo inoportuno que, a medianoche, iba a pedir un trozo de pan y un poco de pasta para los huéspedes». O bien «hacerlo como la viuda con el juez corrupto». En esencia, «hacerlo -diría yo- molestando. No lo sé, tal vez esto suena mal, pero rezar es un poco como molestar a Dios para que nos escuche». Es el Señor mismo quien lo dice, sugiriendo rezar «como el amigo a medianoche, como la viuda al juez». Por lo tanto, rezar «es atraer los ojos, atraer el corazón de Dios hacia nosotros». Y eso es precisamente lo que hicieron también los leprosos del Evangelio, que se acercaron a Jesús para decirle: «Si tú quieres, puedes curarnos». Y «lo hicieron con una cierta seguridad».

«Así, Jesús nos enseña a rezar». Nosotros, habitualmente presentamos al Señor nuestra petición «una, dos o tres veces, pero no con mucha fuerza: y luego me canso de pedirlo y me olvido de pedirlo». En cambio, los ciegos de los que habla Mateo en el pasaje evangélico «gritaban y no se cansaban de gritar». En efecto, «Jesús nos dice: ¡pedid! Pero también nos dice: ¡llamad a la puerta! Y quien llama a la puerta hace ruido, incomoda, molesta».

Precisamente «éstas son las palabras que Jesús usa para decirnos cómo debemos rezar». Pero éste es también «el modo de oración de los necesitados que vemos en el Evangelio». Así, los ciegos «se sienten seguros de pedir al Señor la salud», de tal manera que el Señor pregunta: «¿Creéis que yo puedo hacer esto?». Y le responden: «Sí, Señor. ¡Creemos! ¡Estamos seguros!».

He aquí, las «dos actitudes» de la oración: «es expresión de una necesidad y es segura». La oración «es necesaria siempre. La oración, cuando pedimos algo, es expresión de una necesidad: necesito esto, escúchame Señor». Además, «cuando es auténtica, es segura: escúchame, creo que tú puedes hacerlo, porque tú lo has prometido». La auténtica oración cristiana está cimentada en la promesa de Dios. Él lo ha prometido».

El Pontífice hizo luego referencia a la primera lectura (Isaías 29, 17-21) de la liturgia del día, que contiene la promesa de salvación de Dios a su pueblo: «Oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos». Este pasaje, «es una promesa. Todo esto es una promesa, la promesa de la salvación: yo estaré contigo, yo te daré la salvación». Y es «con esta seguridad» que «nosotros decimos al Señor nuestras necesidades. Pero seguros de que Él puede hacerlo».

Por lo demás, cuando rezamos, es el Señor mismo quien nos pregunta: «¿Tú crees que yo pueda hacer esto?». Un interrogante del que brota la pregunta que cada uno debe hacerse a sí mismo: «¿Estoy seguro de que Él puede hacerlo? ¿O rezo un poco pero no sé si Él lo puede hacer?». La respuesta es que «Él puede hacerlo», incluso «el cuándo y el cómo lo hará no lo sabemos». Precisamente «ésta es la seguridad de la oración».

Por lo que se refiere luego a la «necesidad» específica que motiva nuestra oración, es necesario presentarla «con verdad al Señor: soy ciego, Señor, tengo esta necesidad, esta enfermedad, este pecado, este dolor». Así Él «escucha la necesidad, pero escucha que nosotros pedimos su intervención con seguridad».

El Papa Francisco reafirmó, como conclusión, la importancia de pensar siempre «si nuestra oración es expresión de una necesidad y es segura»: es «expresión de una necesidad porque nos decimos la verdad a nosotros mismos», y es «segura porque creemos que el Señor puede hacer lo que pedimos».














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