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Aumento de leyes, ¿aumento de crímenes?
El hombre puede ser bueno, pero necesita ayuda para llegar a serlo


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net



Se atribuye a Lao Tse esta frase: “Aumento de leyes, aumento de crímenes”.

Algo parecido dijo Platón: un estado no puede evitar los delitos si se dedica a promulgar leyes sobre mil aspectos de la vida social sin trabajar antes, seriamente, en la educación de sus ciudadanos. Porque si existe un profundo sentido moral, muchas leyes sobran: las personas pueden resolver sus controversias desde la honradez, el respeto mutuo y el diálogo sincero.

Detrás de estas frases hay dos ideas de fondo. La primera: que el hombre puede ser bueno, pero necesita ayuda para llegar a serlo. La segunda: que no basta con promulgar nuevas leyes para cambiar los corazones ni para que funcione la vida social.

Hace falta, por lo tanto, una acción más profunda para que el mundo sea mejor, una acción que no puede limitarse a dar normas y a amenazar con castigos más o menos graves a los infractores y delincuentes.

El problema está en establecer o delimitar hasta dónde puede llegar la acción educativa, y en qué presupuestos deba basarse.

Si miramos a los presupuestos, descubrimos cómo numerosas culturas del pasado y del presente han aceptado (y aceptan) una visión ético-religiosa común que ofrece bases concretas para la vida comunitaria.

Estas culturas reconocen que hay un bien y un mal, establecen normas morales reconocidas como válidas para todos, exigen a los hijos (y a los adultos) vivir según esas normas y, si alguien las viola, pueden castigarlos de distintos modos. A veces basta el “castigo” de una reprensión. En otros casos se imponen penas más disuasivas o incluso más graves para aislar a algunos delincuentes.

Sin embargo, muchos pueblos modernos no tienen un punto de referencia común a la hora de determinar lo que sea bueno o malo. Se encuentran, según observan algunos analistas, en una situación pluralística, en la que conviven visiones religiosas y éticas distintas, a veces contrapuestas entre sí.

Es muy distinto, por ejemplo, el modo de tratar a la mujer o a los adolescentes en una familia de cierta tradición islámica y en otra familia de tipo liberal, aunque las dos vivan en la misma ciudad de Europa. Igualmente, ideas políticas y sociales se contraponen continuamente en la vida pública. Por eso, no faltan momentos de discusiones apasionadas sobre temas de tanta importancia como el aborto, el divorcio, la contaminación ambiental, el sistema de contratos laborales, etc.

¿Es posible construir una normativa común y justa desde ideas condivididas por todos, a partir de principios duraderos, capaces de sustentar en pie una civilización universal? La respuesta no es fácil, pero las dificultades no deberían impedir el necesario esfuerzo para emprender la búsqueda.

Hay una consideración que debería convertirse en punto de partida para el resto del camino: descubrir que una vida social sana se construye desde el respeto de la vida y de la libertad de cada ser humano, independientemente de otros aspectos marginales.

Dicho de otra manera: la raza, las características físicas, el tamaño, la edad, la religión, el nivel cultural o la profesión que uno desempeñe no deben ser motivos para negar el respeto debido a la vida y a la libertad de cada ser humano.

Esta idea debería ser central en todo sistema educativo, y debería quedar reflejada en las costumbres y leyes (pocas, según nos sugiere el texto atribuido a Lao Tse) de cualquier pueblo justo y sano.





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