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El aborto significa mucho más que abortar
Todas estas formas de operar alteran la conciencia de nosotros mismos y de cómo consideramos a los seres humanos, y de la realidad que nos envuelve. Nos sitúa en una perspectiva absolutamente deformada y destructiva


Por: Josep Miró i Ardèvol | Fuente: http://www.forumlibertas.com



Todo y con ser extremadamente grave el uso de la muerte del no nacido como solución política general, hay que decir que el aborto tiene un significado para nuestra sociedad que va mucho más allá del hecho en sí. En realidad, significa la confrontación entre dos formas de entender la civilización y la vida humana que están marcando a este país y a Europa, a Estados Unidos, y que determinarán su futuro. En el aborto se juega el devenir de nuestra sociedad, y no me refiero ahora al daño demográfico, que también, y que es decisivo en la inestabilidad futura de las pensiones; sino que quiero subrayar otra dimensión que hace referencia a las pautas, a las normas, que rigen y lo harán cada vez más, nuestra forma de hacer y nuestra convivencia. En definitiva, nuestro horizonte como sociedad.

Hay que reparar en que en todo este debate los defensores del aborto borran absolutamente al embrión, al feto, al inmaduro; al que ha de nacer. No existe en ninguno de sus razonamientos. Todo gira alrededor de la madre y de sus presuntos derechos absolutos, inexistentes en cualquier ámbito que no sea este, porque es una evidencia que la libertad absoluta no existe, porque solo rige hasta allí donde empieza la de los demás. En realidad, todos los pocos argumentos -porque siempre son los mismos repetidos de distintas maneras- tendrían grandes dificultades para plantearse, se volverían inanes si se introdujera la cuestión, de acuerdo con su naturaleza, de qué derechos es portador el no nacido.

Según la sentencia del Tribunal Constitucional, el que ha de nacer es un bien jurídico protegido. Desde que se produjo esta decisión hasta ahora han pasado cerca de 30 años y la ciencia ha evolucionado mucho, y en el sentido de acrecentar la definición de lo que realmente es: un ser humano perfectamente diferenciado desde el momento de su concepción, cuya identidad biológica será la misma hasta que la muerte intervenga. En otras palabras, desde el punto de vista de su ADN, es decir desde el fundamento biológico de la humanidad, entre un anciano de 90 años y un embrión recién constituido no hay prácticamente diferencias. Por consiguiente, es incuestionable que estamos ante un ser humano. No hay cabida para discutir si se trata de una persona o no, cuál es su grado de conciencia o no, porque la cuestión es la de ser humano, y es a ella a la que se refieren en la declaración universal sobre esta materia. En ningún lugar está escrito que el individuo para ser portador de derechos ha de tener conciencia de sí mismo, y mucho menos todavía el de ser calificado como persona, que es un concepto filosófico. Los mismos argumentos que sirven para eliminar a un no nacido sirven para aplicarlos al bebé de tres semanas o al anciano en estado vegetativo.

Por eso, en el fondo, es tan peligrosa la idea del aborto. Porque entraña un enfoque de la vida y de la dimensión de la responsabilidad ante ella y ante los propios actos substancialmente distinta. En realidad, cuando el aborto alcanza cifras masivas, como sucede en España y en gran parte de Europa, lo que hay es una ruptura de la capacidad de compromiso, de vínculo, con otro que no sea yo mismo. De ahí la falsedad del slogan del derecho al propio cuerpo, porque precisamente de lo que se trata con el aborto es de librarse del cuerpo del otro. Es la mejor manifestación de la burda falacia que conlleva aquella afirmación. El aborto es la culminación de una sociedad desvinculada que ha sustituido el bien por la preferencia individual, guiado por la satisfacción del deseo, y que rompe con todo principio de solidaridad y que hace imposible el amor entendido en su plenitud, es decir como don. Todo esto en esta sociedad queda en segundo plano, tiende a no existir. De ahí el conflicto entre dos formas de entender la vida, entre dos civilizaciones.

Se puede alegar con razón de que esta afirmación tan rotunda sobre la desaparición del amor y de la solidaridad no es cierta, cuando precisamente hay oleadas solidarias que podemos ver y leer en los medios de comunicación, pero hay que subrayar una advertencia: se trata de solidaridades débiles, que no comportan ningún compromiso que condicione la vida de quien la ejerce. En muchos casos es al contrario, son solidaridades festivas con dedicaciones escasas, sin mucho sacrificio, que sirve para rodearnos de un áurea de bienestar buenista. En realidad, si hubiera una solidaridad efectiva, la crisis no tendría prácticamente efecto, porque con las cifras en la mano lo que hemos retrocedido no justifica ni de lejos las altas tasas de pobreza que se han producido. Es el imperio del vínculo débil, el sucedáneo en el que uno entra y sale como le place, pero que no significa ningún compromiso que conlleve poner limitaciones a la propia vida. Y esa es la cuestión, nos debatimos entre una sociedad dotada de vínculos fuertes y otra que sostiene que la realización personal pasa únicamente por la satisfacción de los deseos y pasiones individuales, que requiere para poderse mirar al espejo que en ocasiones hagamos un acto bueno, aunque el conjunto de la vida no este guiada para propiciar el bien, es la solidaridad de la razón instrumental, una especie de pequeño anexo a un lado de nuestra vida. Es los mismo o menos que los progresistas de antaño criticaban de la caridad de las “hermanas del ropero”.

Esta cultura del aborto conlleva además otros componentes.

Uno de ellos es el uso a ultranza del emotivismo. Todo razonamiento desaparece y se buscan ejemplos y casos extremos para apelar a las emociones y desterrar así la capacidad de razonar. No deja de ser curioso que quienes actúen así se proclamen descendientes de la Ilustración y la Modernidad cuando en realidad representan todo lo contrario. Sus planteamientos conducen a la irracionalidad en las conductas porque niegan todo espacio a la reflexión.

Esta emotividad fuera de medida, que la campaña del periódico El País encarna tan bien, introduce otro elemento adicional que completa la destrucción de la realidad. Se trata de que lo excepcional sustituya a lo normal (un enfoque que es también el fundamento de la ideología de género). Cuando se habla del feto, en las ocasiones escasas en que se hace, es para presentar solo casos excepcionales: anomalías extraordinariamente infrecuentes de no nacidos; en lugar de acudir a lo que es lo frecuente, lo normal, que es que el feto está sano. Porque esto es lo que sucede en el 97% de los casos. Y las leyes se hacen para contemplar en primer término las condiciones normales, es decir el que ha de nacer en condiciones de salud. Y dentro de este marco de normalidad es donde se pueden introducir como excepciones precisamente lo que constituyen casos excepcionales. Pero no, el enfoque se invierte: se trata como excepción lo normal y como normal lo anómalo. La percepción errónea de la realidad que esto comporta es brutal y como una metástasis deja secuelas de todo orden.

Todas estas formas de operar alteran la conciencia de nosotros mismos y de cómo consideramos a los seres humanos, y de la realidad que nos envuelve. Nos sitúa en una perspectiva absolutamente deformada y destructiva. Por eso decía al inicio que el aborto, con ser grave, es un conflicto que en realidad ejemplifica un choque de civilizaciones antagónicas en las que uno tiene futuro, pero grandes dificultades para asentarse en el presente; y la otra nos conduce a la catástrofe pero bajo el viento de la pasión del deseo avanza en el ahora en el que vivimos.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos





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