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Sobrepoblación... ¿mito o realidad?
El control de la natalidad no es la vía para garantizar un desarrollo estable y sostenido de una nación


Por: Bruno Ferrari | Fuente: Catholic.net



Medicina para la "sobrepoblación"

En el próximo mes de julio, como cada año, se celebrará el Día Mundial de la Población. Dentro de este contexto me gustaría compartir con usted, estimado lector, algunas reflexiones sobre dicho tema. Me llama la atención que esta celebración no ocupe los encabezados de los periódicos de hoy y que no haya escuchado, por lo menos hasta el momento de escribir estas líneas, los repetitivos llamados para ejercer un mayor control demográfico.

Tal vez la razón sea, como ya habían pronosticado muchos sociólogos, que no existen indicadores serios ni reales sobre la posibilidad de una sobrepoblación mundial. Diversos estudios indican que la cifra de los 11 mil millones de personas que se había augurado que existirían en el año 2000, sólo será alcanzada hasta dentro de otros 50 años, en el mejor de los casos. De hecho, muchos demógrafos consideran que difícilmente podrá alcanzarse esa cifra debido a la disminución de la fertilidad que existe en todos los continentes y a las frecuentes epidemias -incluyendo por supuesto al sida- que han aparecido en el mundo, lo que hace que las proyecciones actuales se sitúen para el año 2050 en aproximadamente nueve mil 400 millones de habitantes.

De esta forma, la maltusiana excusa de muchas organizaciones que plantean que es necesario ejercer un estricto control sobre la natalidad, porque de seguir creciendo la población mundial en un futuro próximo no tendría ni alimentos ni espacios para vivir, se desmorona por su propio peso. De hecho los indicadores muestran que en la última década el aumento de la producción de alimentos en la escala mundial ha sido superior el crecimiento demográfico.

A pesar de lo planteado anteriormente debemos reconocer que los índices de pobreza y malnutrición en el mundo son alarmantes. Sin embargo, como dijimos, esto no se debe ni a la cantidad de población existente ni a una insuficiencia en la producción de alimentos, sino a la deficiente calidad en la educación y a la desigual repartición de la riqueza, incluyendo a los alimentos en el mundo.

Es sabido que en los países ricos hay excedentes de alimentos mientras que en los pobres es muy marcada su escasez. Este fenómeno también se presenta en el plano nacional y local y es uno de los más importantes retos que los hombres y mujeres debemos afrontar el día de hoy. La única solución posible a esta problemática deberá surgir dentro de un contexto de comercio internacional más justo y humanitario.

Otra afirmación frecuentemente usada por los neomaltusianos para justificar sus acciones es que las regiones más pobladas son las más pobres. La realidad nos demuestra que no necesariamente es así.

Por ejemplo, países como Taiwán, Japón o Corea del Sur se encuentran entre los que tienen la más alta densidad de población en el mundo y en todos ellos los niveles de vida promedio son superiores a los estándares.

Por otro lado, Somalia y Etiopía tienen una densidad de población casi 200 veces menor a la de los países anteriormente mencionados y sin embargo su ingreso per cápita es también 200 veces menor.

Todo esto nos demuestra que ciertamente el control de la natalidad no es la vía para garantizar un desarrollo estable y sostenido de una nación. En el caso de México, la puesta en marcha de estos programas ya comienza a tener efectos y se considera que durante los próximos años la estructura poblacional mexicana se irá modificando para convertirnos en un país en donde la población de la tercera edad será la mayoría.

En este sentido, nuestra sociedad debería mantenerse alerta por las consecuencias que este fenómeno puede traer para la estructura social y económica de México. Algunos economistas afirman que cuando una población envejece, junto con ella comienza a decaer a largo plazo el crecimiento económico ya que se reduce el avance tecnológico, y ponen como ejemplo los casos de Europa y Japón en los cuales aparejado con la caída de las tasas de natalidad se ha visto una disminución en su crecimiento y productividad, lo que les ha obligado a tener que "importar" mano de obra de otros países para mantener su ritmo de desarrollo. Eso sin contar con la creciente demanda de pensiones justas para garantizar condiciones mínimas de dignidad para los ancianos.

Considero que por encima de la "escandalosa" y publicitaria angustia que existe en el crecimiento del índice de la población deberíamos preocuparnos por elevar la calidad en la educación de quienes preparados serían verdaderamente responsables de sus decisiones guiadas por la inteligencia y la razón, más que por una ficción que pone en peligro toda la estructura social. La pobreza no se elimina con menos gente sino con más y mejor educación, especialmente a nuestros jóvenes. Esto aunado a la posibilidad real de acceder a los mercados laborales los convierte en los mejores agentes para desterrar la pobreza y ser el más grande y preciado tesoro de la humanidad.

 

 

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