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El desencanto de los jóvenes
¿Qué es lo que fascina al joven de hoy? La fascinación del saber gozar.


Por: Francesc Torralba Roselló | Fuente: ForumLibertas



En la conocida obra de Homero, La Odisea, se narra el mítico viaje de Ulises que busca regresar a su hogar. Un itinerario de retorno que es todo menos un sereno regreso. Ulises vuelve a la vida hogareña de Ítaca, donde las guerras del Asia Menor sólo serán recuerdos en compañía de la bella y fiel Penélope.

Este relato sirve, en parte, para iluminar la situación vital de muchos jóvenes occidentales. Si en algunos aspectos hay cierta semejanza entre Ulises y el joven contemporáneo, son más, sin embargo, las diferencias. Ulises ha luchado en distintos mares, ha experimentado contrariedades y dificultades de todo tipo, ha madurado a lo largo del viaje y, finalmente, regresa a su casa, para empezar una nueva vida. El héroe griego es, pues, el paradigma del hombre luchador, capaz de enfrentarse a grandes hazañas. Sueña con una utopía y se esfuerza, con empeño, para hacerla realidad.

El deseo es la fuerza motriz del viaje de Ulises. Anhela una utopía y lucha por ella. Ahí radica la gran diferencia entre la figura griega y el joven estándar de nuestras sociedades occidentales. No emprende el viaje, porque no siente el deseo de una utopía. De hecho, pretende crecer y alcanzar la madurez sin tener que viajar.

Arropado en la casa paterna, vive experiencias puntuales, algunas salidas en busca de aventuras, pero nada tiene que ver todo eso con el auténtico viaje, que tiene, fundamentalmente, un valor catártico y curativo. El joven occidental vive, por lo general, instalado. Lo tiene difícil para emanciparse, -es cierto-, pero se escuda en ello, para no tener que enfrentarse a las contrariedades propias del vivir humano.
Amante de experiencias y de situaciones nuevas, no acaba de cortar el cordón umbilical que le une a la infancia y, de este modo, perpetúa su minoría de edad.

Las turbulentas generaciones de los años sesenta y setenta, décadas de la adhesión juvenil a las revoluciones, a las resistencias, parecen haber desembocado ahora en un desencanto de la vida pública. Salvo pequeños grupos sociales que apuestan por una cultura alternativa al consumismo y al materialismo imperante, no se detecta, en ningún lugar, un auténtico movimiento juvenil de resistencia y de contracultura. Se sienten impotentes frente al mundo que han heredado y aunque se quejan y lamentan a puerta cerrada, ello no motiva una auténtica toma postura.

Da la impresión que la inmensa mayoría de los jóvenes occidentales están tan instalados en el sistema, tan inmersos en él, que no vislumbran, ni siquiera, la posibilidad de una sociedad alternativa, diferente, más justa, más humana, más solidaria. Aunque la deseen en el fondo de su ser, este deseo se cuece en el ámbito de lo privado y no se traduce en movimiento social, en acción transformadora, en implicación política.

Falta liderazgo, empeño, voluntad y fuerza. Y, sin embargo, la tienen para conquistar sus objetivos individuales, para alcanzar sus horizontes profesionales, pero desconocen el valor de la lucha colectiva, de la implicación comunitaria. Ya no creen en las posibilidades de cambiar el orden de los hechos. Y esto es, probablemente, lo más grave: la desconfianza, la poca fe en sus capacidades de transformar, la convicción fatal de que todo será como debe ser y que la voluntad humana no puede alterar el destino de los acontecimientos. Frente a esta idea del destino, sólo queda la búsqueda del gozo en el presente, la incesante conquista de un ahora fecundo.

En todos los países occidentales se constata un descenso en la participación de los jóvenes en el escenario político. Un dato significativo es que los partidos políticos son la institución social, junto con la Iglesia y el ejército, con menos credibilidad entre los jóvenes.

Existen, sin embargo, tres tipos de organización juvenil que crecen con velocidad, los grupos no gubernamentales, de tipo ecológico o humanitario, las asociaciones de tipo cultural y los grupos de carácter deportivo. Se trata de formas alternativas de organización social juvenil, con líderes carismáticos, con leyes, lenguajes, modas, circunscripciones, tasa y mecanismos de autoprotección propios. Muchas de estas agrupaciones son la respuesta ante la inseguridad, la exclusión educativa o laboral o la ausencia de un sentido de legítima pertenencia cultural. En todos estos grupos persiste un denominador común: el sentido de ser personalmente reconocido y afectivamente aceptado.

En la vida pública actual la participación juvenil actual no se asemeja a la de las generaciones precedentes. Posiblemente el Telémaco postmoderno es igualmente valeroso que el Ulises de los años sesenta y setenta, pero su ardor juvenil no ocupa ya los espacios de debate sociocultural. Quizás hoy, las aventuras de Telémaco no estén fuera de Ítaca, sino en el seno de su misma ciudad, o de más aún de su casa. Da la impresión que las generaciones de los ochenta y noventa, se encuentran de regreso de un viaje que aún no han emprendido, encallados en las mortales costas de las sirenas homéricas.

Las sirenas eran temidas en la época homérica como criaturas análogas a los vampiros, símbolos por tanto del placer mortífero. Las míticas criaturas remiten a un enigmático lazo entre el placer, el conocer y la muerte. En ellas, la fascinación de la belleza no sólo es ocasión de placer, sino trampolín de una muerte alienante. Moda y estética se unen así de modo fatídico.
¿Qué es lo que fascina al joven de hoy? La fascinación del saber gozar. Ciencia y placer juntos.
 

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