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Manos amigas después de un fracaso
En el camino de la vida existen bálsamos que tonifican y dan paz. Llegan desde el corazón mismo de Dios.


Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net



 


Casi todos cometemos errores y llegamos a la experiencia del fracaso. Por imprudencia o por prisas, por ser crédulos o por considerarnos invulnerables, por ambiciones o por pereza, por soberbia o por ignorancia.

Tras el fracaso, sobre todo si llega a ser conocido por otros, surge una pena más o menos intensa en el alma. Perdimos una ocasión, dañamos a un ser querido, obstaculizamos el trabajo en la oficina, provocamos gastos perfectamente evitables. Llega la hora de pagar los platos rotos...

En esos momentos, resulta una bendición encontrar a nuestro lado manos amigas. Llegan desde rostros y corazones que comprenden, que respetan, que esperan, que buscan el bien.

Es cierto que también podemos encontrar otras manos que disfrutan por nuestro fallo, que lanzan nuevas piedras al corazón herido, que reprochan con dureza despiadada, que desprecian a quien cae derrotado. Esas manos hieren profundamente, humillan, incluso aumentan los daños del fracaso.

Pero incluso esas manos agresivas quedan neutralizadas ante las otras manos, las de un amigo, un familiar, un compañero bueno. Porque el bien es mucho más fuerte que el mal. Porque el amor y la misericordia cubren una multitud de pecados (cf. 1Pe 4,8). Porque el corazón recupera la paz y sigue adelante gracias a tantas almas magnánimas, acogedoras, honestas, compasivas.

En el camino de la vida existen bálsamos que tonifican y dan paz. Llegan desde el corazón mismo de Dios, que es bueno y quiere lo mejor para sus hijos. Llegan desde hombres y mujeres que irradian ternura y amistad sincera. Llegan en esos momentos oscuros en los que hace falta oxígeno, paciencia, ayuda y cercanía respetuosa y tierna.

 

 

 



 

 





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