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Pascua y bautismo
En este tiempo de Pascua necesitamos renovar la alegría de haber sido bautizados.


Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net



 


Es una tradición de siglos: tener bautizos en la Vigilia Pascual. Niños o adultos reciben, en esa noche maravillosa, el inmenso regalo del sacramento que los convierte en hijos de Dios.

Hay una relación profunda, íntima, entre la Pascua y el bautismo. El pueblo de Israel pasó entre las aguas al salir de Egipto. Alejarse de la esclavitud y del pecado, conseguir la verdadera liberación, es posible desde la acción de Dios y a través de un nuevo nacimiento.

Lo que prefiguraba el pasó del mar Rojo se hizo realidad en el Calvario, al ofrecer Cristo su Cuerpo y su Sangre para la salvación del mundo; y en la Pascua, con la Resurrección del Señor. ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva (Rm 6,3 4).

Cristo enseñó claramente la necesidad de un nuevo nacimiento en su famoso diálogo con Nicodemo: En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios (Jn 3,5). Ese agua y ese Espíritu están presentes en el Calvario: uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua (Jn 19,34).

Una vez purificados con las aguas de la salvación y rescatados por la misericordia, los que acaban de ser bautizados reciben una vestidura blanca, porque han sido lavados en la Sangre del Cordero (cf. Ap 7,13-14).

Sólo en el bautismo se consigue romper con el pecado y liberarse del dominio del demonio. Sólo entonces inicia una vida nueva, y se entra a formar parte del Pueblo de Dios, de la Iglesia de Cristo.

En el "Catecismo de la Iglesia Católica" encontramos numerosas alusiones a la importancia del bautismo. Un párrafo especialmente denso recoge estas ideas:

Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará (Mc 16,15 16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (cf. Rm 4,25), a fin de que vivamos también una vida nueva (Rm 6,4) (n. 977).

En el tiempo de Pascua necesitamos renovar la alegría de haber sido bautizados. A partir del día maravilloso del propio bautismo, nuestra vida llegó a ser distinta: empezamos a pensar, sentir y actuar como criaturas nuevas, como hijos unidos al Hijo, como iluminados por el Espíritu, como miembros de una Iglesia de hermanos que comparten la misma fe y el mismo amor.

 

 

 



 

 

 

 





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