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Declaración en favor de la vida del Cardenal Norberto Rivera Carrera
Arzobispo Primado de México y su Consejo Episcopal, marzo de 2007


Por: Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México | Fuente: Arquidiócesis de México



Marzo de 2007.

1. “Dios ha amado tanto al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3, 16). Ésta es la alegre verdad que, la Iglesia, llena de gozo, acoge y anuncia con fervor a todos los hombres. Ésta es la realidad que constituye el núcleo de su misión y servicio a la sociedad. Ésta es la certeza que ilumina el misterio del hombre y que le revela su valor altísimo, destruyendo las tinieblas del miedo, de la desesperación, y de la angustia. Ésta es la verdad que la Iglesia quiere recordar en este momento en que nuestra sociedad discute un tema de tanto relieve social y moral, como es la legalización del aborto, apelando con ello a la conciencia de todos. En efecto, por el misterio de la encarnación del Verbo, todo hombre ha sido confiado a la solicitud materna de la Iglesia y, por ello, cada amenaza a la vida del hombre y a su dignidad no puede no resonar en su corazón y no puede no involucrarla en su misión de servir al hombre.

2. Queremos anunciar el valor inestimable de la vida de cada ser humano, valor que puede ser reconocido no sólo a la luz del don de la fe sino también por el solo ejercicio de la inteligencia. Esta verdad no es por tanto sólo un valor religioso, sino fundamentalmente, un valor humano que debe ser reconocido y protegido por las leyes de una sociedad democrática, que quiere asegurar las condiciones de desarrollo, de justicia y de paz para todos sus miembros. La tutela efectiva del derecho a la vida de todos y cada uno de los mexicanos, sin aceptar discriminaciones injustas originadas en la raza, en la religión, en el sexo o en el estado de su desarrollo, es la base para el ejercicio de todos sus derechos y libertades. El grado de civilidad de una sociedad se verifica en su capacidad de proteger a sus miembros más débiles y vulnerables, recordando además que la ciencia nos ha probado que hay un ser humano desde el momento de la concepción.

3. Como pastores comprendemos la angustia y la desesperación de quien se siente abandonada, sin salida y llega a pensar que la única solución posible es eliminar al pequeño que se gesta en su vientre. Vaya a ellas nuestra solidaridad, nuestro cariño y nuestra solicitud pastoral. Precisamente por ello, consideramos una violencia mayor el abandonarla todavía más haciéndola responsable de un acto que la marcará irremediablemente llenándola de mayor angustia y desesperación.

4. Hay que recordar que la mujer que decide abortar no está decidiendo sobre su cuerpo sino sobre la vida de un individuo humano diferente de ella y del padre: “Quien se elimina es un ser humano que comienza a vivir, es decir, lo más inocente en absoluto que se pueda imaginar; ¡jamás podrá ser considerado un agresor, y menos aún, un agresor injusto! Es débil, inerme, hasta le punto de estar privado incluso de aquella mínima forma de defensa que constituye la fuerza implorante de los gemidos y del llanto del recién nacido. Se halla totalmente confiado a la protección y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno” (Evangelium vitae, 58).

5. La Iglesia, formada por todos los bautizados, es el pueblo de la vida y para la vida. En cada hija e hijo de Dios vive el Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, agua viva que se convierte en “fuente de agua que brota para la vida eterna” (Jn 4, 14). Cristo nos enseña que quien beba de esta agua viva que Él da, “de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7, 38). Por ello nos dirigimos ahora en primer lugar a todos los hermanos y hermanas en la fe de quienes nuestra ciudad espera el correr de estos ríos de agua viva para sanearla de todo desprecio y atentado a la vida humana. Anunciar la belleza y el valor de la vida nos compromete a denunciar lo que se opone a ello y a trabajar para que tanto nuestras leyes como nuestras instituciones garanticen eficazmente el derecho a la vida. Es necesario repetir con fuerza, y lo hacemos hoy, en nombre de la Iglesia, que es inmoral recurrir al aborto en cualquiera de sus formas, recomendarlo, colaborar con él y que con eso se es cómplice de una acción gravemente inicua.

6. Debe ser motivo de grande preocupación para todos, que en nombre de los derechos de la libertad individual, se pretenda justificar no sólo la impunidad, sino incluso la autorización de parte del Estado para practicar con absoluta libertad y con la intervención gratuita de los servicios de salud pública, delitos contra la vida humana inocente. No debemos olvidar cuanto decía proféticamente la beata Teresa de Calcuta, el aborto mata simultáneamente a tres personas: al niño que es injustamente eliminado, a la mujer que abandonada en su desesperación llega a cometer semejante crimen y a la sociedad que se hace cómplice, obscureciendo su sentido ético y abriendo la puerta así a graves abusos despóticos, donde no rige más el principio de la igualdad fundamental de todos los seres humanos, sino la tiranía del más fuerte.

7. Invitamos a todos a reflexionar para que nuestra ciudad y nuestra patria no dejen de tener un rostro humano y compasivo para con los más débiles e inocentes. El amor vence al miedo, no temamos acoger a los niños recién concebidos, tengamos la convicción de que, sin detrimento a la dignidad y derechos de las mujeres, no hay causales que puedan justificar el rechazo del bien precioso de la vida de un niño o de una niña independientemente de las condiciones de su concepción, de su estado o de su desarrollo. Estamos seguros de que existen medios para recibirlos en nuestra sociedad permitiéndoles compartir la fiesta de la vida. Debemos empeñarnos todos en una mayor solidaridad y compromiso por soluciones respetuosas del valor y la dignidad de todo ser humano.

Que Santa María de Guadalupe, la Mujer Encinta que es madre de todos los mexicanos, custodie nuestras mentes y nuestros corazones para que, como nos exhortó el querido siervo de Dios Juan Pablo II: “Que ningún mexicano se atreva a atentar contra la vida de un ser humano que se gesta en el vientre de su madre”.

+Mons. Carlos Briseño Arch

+Mons. Marcelino Hernández Rodríguez

+Mons. Felipe Tejeda García

+Mons. Antonio Ortega Franco

+Mons. Francisco Clavel Gil

+Mons. Jonás Guerrero Corona

+Mons. Víctor Sánchez Espinosa

+Mons. Rogelio Esquivel Medina

Mons. Diego Monroy Ponce

Mons. Enrique Glennie Graue

Mons. Alberto Márquez Aquino

Mons. Guillermo Moreno Bravo

Canciller. Juan de Dios Olvera Delgadillo
 

 

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