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Un joven da su testimonio de haber sido adoptado
La adopción cambió mi vida y al conocer, amar y servir a Dios cambió mi eternidad


Por: Jaime Arturo Pallares Crespo | Fuente: catholic.net



Para muchos la palabra adopción produce temor o ternura, para otros es algo desconocido. Para mí significa una decisión de amor, gratitud y confianza en Dios.

No juzgo las circunstancias que mi madre biológica debió pasar. No la conocí. Lo que sí puedo decir es que en su acto de valentía y de respeto por mi vida me dio la oportunidad de vivir, de sentirme amado y de amar, cuando a muchas otras madres en el mismo caso les asalta la terrible tentación del aborto. Debió sufrir mucho. Quizás tuvo confusión y no habría sabido qué hacer. Cuánto dolor y angustia debió sentir. Pero me amó y luchó por mí.

Señor, te pido perdón por las veces que me he olvidado de orar por ella, por su salvación. En mi corazón no hay rencor, no hay dolor. Solamente Tú, mi Dios, conoces en profundidad el alma y la vida de ella. Bendícela.

Para mis papás adoptarme significó un acto de amor, de entrega y de felicidad. Soy el hijo primogénito, ese niño que tanto soñaron. Soy el hijo que vino a llenar el vacío y a colmar de ilusión sus vidas. Cuánta generosidad hubo y hay en ellos.

Somos tres hijos. A mis hermanas y a mí nos amaron, educaron y nos enseñaron a amar a Dios con su oración y ejemplo.

La adopción cambió mi vida y al conocer, amar y servir a Dios cambió mi eternidad. Mi vida es el primero de los bienes recibidos de Dios y es el fundamento de todos los demás.

Hoy reafirmo que soy feliz, me conozco, y acepto quién soy. Tengo una familia unida, una esposa maravillosa, mi mejor amiga, la amo incondicionalmente. Tengo unos hijos que han llenado mi vida, son un regalo de Dios.

Tengo muchos amigos, junto a ellos he crecido y hemos hecho una profunda amistad e íntima unión donde compartimos ideales y aficiones, y ahora nos une un entrañable amor a Dios.

Así como yo, todos los niños del mundo tienen el derecho al don de la vida, a ser amados y amar; a proyectarse, a trascender, a cumplir sus propios ideales y a ver realizados sus sueños; a mirar que en el cielo tenemos al Padre Dios, a la mamita Virgen y a seguir las huellas de Jesús.

Quisiera compartir con ustedes una oración inspirada por Jesús, la misma que ha regido mi vida.


¡Padre Dios!


No mires nuestra pequeñez, que la carne es débil y el demonio trata de confundirnos. Tú nos diste un alma noble, haz que la nobleza de mi alma venza a la carne débil, los juicios, los orgullos, y todo aquello que mancha mi alma. Permite, Padre, que esa luz luminosa que pusiste en mi alma en el momento en que me diste al mundo, brille siempre en mí, y yo sea instrumento del que Tú te valgas para que yo ponga amor, paz, abandono, confianza y sobretodo, Padre mío, certeza de que estás conmigo y en cada una de las almas. Que la luz que Tú me has dado en el momento de nacer se mantenga limpia, transparente el momento de mi muerte, para que yo pueda volar a ti, a formar parte de la Luz que, eres tú, mi Dios, mi Padre y mi Amor.


Amen
 





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