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Los hijos adoptivos
Es evidente que hay mucha más reflexión en la adopción de un niño, que en la decisión de tener un hijo de modo natural


Por: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org



Muchas veces he escuchado intercambios de opinión sobre la cuestión de adoptar hijos cuando un matrimonio no puede tenerlos de modo natural. En semejantes momentos las dudas y los miedos se abalanzan sobre el matrimonio, y mientras algunas veces ambos piensan del mismo modo, en muchas oportunidades se producen divergencias que dilatan o eliminan la posibilidad de incorporar nuevas almas al seno familiar.

Hace poco tiempo pude vivir este proceso en la carne de una persona muy cercana. Así, puedo dar testimonio de la angustia que vivía este hombre con anterioridad a la adopción, y la transformación que se produjo en su vida con posterioridad a haber traído a una hermosa alma, santa y feliz, a su casa. Literalmente, es como si se tratase de dos personas distintas, antes y después, porque el corazón de este novel papá estalló en una fanfarria de alegría incontenible. Es notable el percibir que sus ojos ven otro mundo, otra realidad, porque a toda hora él se admira de la maravilla de Dios que es tener un hijo. Es como si nada existiera más que el amor por ese pequeño en su vida ¡E imaginen ustedes cómo está su esposa, y como están unidos ellos en el amor que nació de modo tan repentino!

Me admiraba sobre la poderosa transformación de la que es capaz el hacer una obra tan santa como lo es adoptar un hijo, porque se advierten los efectos maravillosos que se derraman sobre el matrimonio ante el fruto de decisión tan meditada. Es evidente que hay mucha más reflexión en la adopción de un niño, que en la decisión de tener un hijo de modo natural, en el promedio de los casos. Y si bien el amor por un hijo no se compara a nada, creo que el amor por un hijo adoptivo es mucho más fuerte, porque se fundamenta en la convicción profunda de llevar adelante un acto de amor. Los matrimonios encuentran en la adopción una fuente de nueva vida en unión, y los niños adoptados se adormecen en los arropamientos de nidos cálidos y bien cuidados, verdaderos palacios donde la vida florece esperanzada y bien regada de amor y sonrisas. La adopción es, así, una manifestación de cuan bueno puede ser el hombre cuando se lo propone

Si, adoptar a un hijo es una decisión maravillosa y agradable a los ojos de Jesús. Una expresión del amor que un matrimonio es capaz de dar, cuando hay una sintonía en el deseo de dar frutos de bien y abundancia. Como fue en Nazaret, dos mil años atrás. Un humilde carpintero se había desposado con una buena y hermosa joven del lugar. Ella fue elegida para desposar al Amor de Dios hecho Persona, al Espíritu Santo que descendió sobre su Vientre y dejó allí la Semilla de la que crecería el Salvador del mundo. José, el buen y humilde carpintero, dudó y meditó, pero finalmente creyó en Ella.

José se hizo entonces el padre adoptivo de Jesucristo, Dios hecho Hombre. Ellos estuvieron unidos desde el primer momento, porque Dios había elegido a la mejor Madre terrenal, pero también al mejor padre. El carpintero de Nazaret fue el padre adoptivo del Niño Dios, y lo amó como ningún padre terrenal puede amar, unido a María, hasta que Dios lo llamó junto a El.

Dios se hizo Hombre, y quiso ser Hijo de un padre adoptivo, de José el carpintero. María fue Mamá de Jesús y esposa de José, Ella fue entonces Madre de Dios, y él fue padre adoptivo del Mesías. Unidos en tan perfecta familia, anduvieron los polvorientos caminos de Galilea en una vida simple y plena de manifestaciones de fe, porque nada en ellos se interponía a su maravillosa misión.

Veamos en la paternidad adoptiva de José el llamado a formar una familia cristiana, con nuestros hijos naturales, o con aquellos que el amor de Dios nos ofrezca en el camino. Ellos serán foco de amor y de unión, savia verde que revitaliza la vida, signo que da sentido al existir, impulso que abre sendas nuevas y permite ver el camino con claridad. Nada, entonces, parecerá imposible, ni siquiera tener un hijo.

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