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Caries en los huesos: la envidia

Caries en los huesos: la envidia
El Catecismo de la Iglesia Católica sugiere tres remedios: la benevolencia, la humildad y el abandono en la Providencia.


Por: Alejandro Ortega Trillo | Fuente: Catholic.net





Compartir las penas de los demás requiere un corazón grande; compartir sus triunfos, uno gigantesco. Decía un autor: “Al prójimo le perdonamos todo, menos el éxito”. Frente al bien ajeno, el corazón se corroe, retuerce y agría con un sentimiento tristemente frecuente: la envidia.

Ella es hija del orgullo y madre del rencor, la maledicencia, el odio y la malquerencia. “Es la envidia la que nos arma a unos contra otros”, decía san Juan Crisóstomo. Y san Agustín no titubeó al afirmar que es el “sentimiento diabólico” por excelencia. De hecho, fue el primer veneno que emponzoñó la humanidad, cuando la serpiente inoculó en Adán y Eva la envidia de Dios.

La Biblia la llama ”caries en los huesos” (Prov. 14, 30), y ofrece una penosa lista de casos: la envidia de Caín contra Abel, la de los hijos de Jacob contra su hermano José, la del rey Saúl contra David, la de los jornaleros que trabajaron todo el día contra los que trabajaron sólo una hora, la de los sumos sacerdotes contra Jesús.

El síntoma típico de la envidia es la amargura. Santiago opone a la “dulzura de la sabiduría” la “amargura de la envidia” (St. 3, 14). Otros síntomas son la tristeza, la rabia, el complejo de víctima y la frustración ante el éxito de los demás. Lamentablemente, la cosa no acaba ahí. La envidia suscita comportamientos monstruosos, como son la calumnia, la zancadilla y la agresión, hasta hacer lo imposible por impedir y rebajar los logros ajenos. Y cuando todo eso no basta, incluso mata. De hecho, a la envidia debemos el primer homicidio de la historia.

El primer paso para superar la envidia es corregir la visión distorsionada de sí mismo y de los demás. Ni el jardín del vecino es más verde ni es ningún agravio el que lo sea. Más aún, cuanto mejor se conoce la vida de los demás, más se convence uno de que “nadie es realmente digno de envidia”, como decía A. Schopenhauer.

Por su parte, el Catecismo de la Iglesia Católica sugiere tres remedios: la benevolencia, la humildad y el abandono en la Providencia. La benevolencia lleva a aplaudir y celebrar el bien de los demás. Contaba en este sentido un escritor: “Siempre que estoy decepcionado de mi vida, me detengo a pensar en el pequeño Jaime, quien ansiaba participar en una obra de teatro de su escuela. Había puesto en ello todo su corazón, pero temía no ser elegido. El día que asignaron los papeles, Jaime salió corriendo de la escuela con los ojos radiantes de emoción. “Adivina qué, mamá… ¡He sido elegido para aplaudir y animar!”.

“Aplaudir y animar” comporta una gran dosis de humildad; y aprender a rechazar las comparaciones con los demás. N.V. Peale recomienda que añadamos a la percepción de las propias cualidades siempre un 10%. Esto no es faltar a la humildad; es sólo añadir objetividad a la percepción de nosotros mismos; pues a veces nos vemos ligeramente disminuidos, sobre todo si alguien sobresale a nuestro lado. “Toma lo tuyo y vete…”, dice el Evangelio. Es decir, reconoce lo que eres y tienes, valóralo, poténcialo y no te dejes inhibir ni acomplejar por lo que tienen los demás; pues la envidia es, en expresión de Campoamor, la “polilla del talento”.

Finalmente, la confianza en la Providencia ayuda a cultivar el sentido de la abundancia. El hecho de que alguien “reciba más” no significa que yo tenga que “recibir menos”. Los recursos de Dios no tienen límite. Cierto que Dios no distribuye sus dones por igual. Pero ello, más que injusticia es sabiduría: es el principio de la interdependencia, que crea comunidad. De hecho, la envidia es un absurdo que sólo tiene sentido cuando se pierde la capacidad de decir “nosotros”.

E-mail: aortega@legionaries.org



Facebook: P. Alejandro Ortega Trillo, L.C.

Twitter: @aortegalc

Website: www.aortega.org




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