Menu


Lázaro y el rico
Lázaro y el rico

Ciclo C - Domingo 26 del tiempo ordinario Lucas 16, 19-31


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



En aquellos días dijo Jesús esta parábola: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico... pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. «Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: “Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.” Pero Abraham le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros.” «Replicó: “Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento.” Díjole Abraham: “Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan.” El dijo: “No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán.” Le contestó: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite.”»

Reflexión

Esta parábola que acabamos de escuchar es una ilustración de aquella bienaventuranza que todos conocemos: “Felices los pobres, porque de ellos es el Reino de Dios” (Lc 6.20).

A primera vista, la parábola da la impresión de que el cielo no es más que el revés de la tierra. Parece ser que nuestra situación económica determinará por sí sola cuál ha de ser nuestra condición eterna. Lázaro es llevado hasta Abrahán sin que nos lo hayan presentado como hombre virtuoso, sino que va al cielo, simplemente porque era pobre.

Y Jesús, por otra parte, no le llama al rico “un rico malvado”, sino simplemente “un rico”, como tantos otros.

Y este rico no es acusado de haberle robado a Lázaro; no lo ha maltratado, ni lo ha explotado. Tampoco dice que se haya negado a darle limosna. Lo que dice el Evangelio es que, simplemente no lo vio a Lázaro.

El rico no ve al pobre. Un proverbio dice: “Si quieres hacerte invisible, hazte pobre”. Al pobre no le ve nadie, nadie se fija en él. Puede uno pasar su vida entera sin ver a los pobres. El pecado del rico de la parábola es no haber visto a Lázaro echado a su puerta.

Y la sanción por ese pecado es terrible: el que no haya visto al pobre en esta vida, no lo verá jamás en la otra. El que no haya tratado, acogido, amado al pobre en este mundo, tampoco lo encontrará en el más allá.

La distancia que hayamos puesto entre el pobre y nosotros, es la misma que hemos establecido entre Dios y nosotros. Porque el Reino de Dios es para el pobre, y el que se aparta del pobre, se aparta de Dios.

Por eso, el rico se condena por su propia culpa, pero se trata de un pecado de omisión. Y es tan natural en el rico, tan común en su ambiente este pecado de omisión, que se necesita tiempo para saber adivinarlo.

El mensaje principal de la parábola se dirige entonces, en primer lugar, a los ricos. Es para sacarlos de su ceguera y de su inconsciencia. Porque los ricos se están preparando un porvenir terrible con esa vida tan aislada, tan separada de los demás.

Su endurecimiento es tan grande que Abrahán afirma que ni siquiera es capaz de sacudirlos y cambiarlos, la aparición de un muerto.

Y resulta que uno de ellos ha vuelto de los infiernos: Jesucristo ha resucitado de entre los muertos y nos ha ofrecido la verdadera vida, la que vence a la muerte y a sus tormentos. Pero, ¿cuántos ricos se han convertido por ello?

Tal vez se han hecho bautizar y confirmar, se confiesan y comulgan, reciben la extrema unción pero se olvidan de lo esencial, de aquella advertencia que el Señor les dirige: “¡En el cielo no hay más que pobres!”

¿Qué podemos hacer, entonces, por nuestros hermanos ricos? En primer lugar, hemos de amarlos. Porque son nuestros hermanos más pobres, los que más necesidad tienen de nuestro amor. Se ha dicho, no sin cierta ironía: “Lo que tengas de más, dalo a los ricos”. Sí, tenemos algo que dar a los ricos: nuestra piedad, nuestro amor y, sobre todo, aquellas palabras terribles de Cristo.

El peor servicio que podemos hacerles es el de callarnos. Porque es tan desgraciado el rico. No aumentemos sus desgracias, escondiéndole o suavizándole el mensaje que Jesús le ha dirigido. Lo está traicionando su propia riqueza. No es justo que tenga que sufrir además la traición del silencio de los cristianos.

Queridos hermanos, estamos hablando de los ricos como si se tratara solamente de los demás y que todos nosotros no tuviéramos nada que ver con ellos. Pero pienso que todos albergamos en nosotros algo de esa actitud de los ricos: de no querer ver a los que son más pobres que nosotros, de levantar una barrera entre hermanos, de distanciarnos de aquellos que no nos sirven para nuestros intereses personales.

Además, ¿quién de nosotros no quisiera ser también un rico ya que es la gran aspiración de nuestra sociedad actual? ¿Quién no tiene esa misma ansiedad de tener más en lugar de ser más?

¡Que nuestro Señor Jesucristo y su Madre, la Santísima Virgen, nos den la gracia de conquistar más plenamente y de conservar siempre el espíritu y la actitud de pobres!

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

Comentarios al autor





Compartir en Google+




Consultorios
Pedro Luis Llera Vázquez
Experto en Dirección y Gestión de Centros Educativos Privados. Consejería en Educación y Cultura
P. Llucià Pou Sabaté
Asesoría para la educación del Adolescente.
Salvador Casadevall
Espiritualidad conyugal, etapas del matrimonio, perdón, solidaridad y educación de los hijos
Estanislao Martín Rincón
Educadores católicos – Orientación Familiar – Apologética
P. Miguel Ángel Fuentes IVE
Orientación espiritual a matrimonios
[+] Ver más consultores
Reportar anuncio inapropiado |