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Humildad

Humildad
Ciclo C - Domingo 22 del tiempo ordinario / Lucas 14, 1. 7-14: El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



En aquel tiempo, entró Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola: Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: "Deja el sitio a éste", y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto. Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: "Amigo, sube más arriba." Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado. Dijo también al que le había invitado: Cuando hagas una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a los parientes , ni a los vecinos ricos, no sea que ellos, a su vez, te inviten y tengas ya tu recompensa. Cuando hagas una comida llama a los pobres, a los tullidos, a los cojos y a los ciegos, y tendrás la dicha de que no puedan pagarte, porque recibirás la recompensa en la resurreción de los justos.

Reflexión
La primera lectura (Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29) y el Evangelio de hoy nos hablan de una virtud, una actitud muy decisiva para lograr la perfección cristiana: la humildad.

Ya en el plano humano, el hombre humilde se gana el afecto de todos: “lo quieren más que al hombre generoso”; dice la primera lectura. Así también en el ejemplo del Evangelio, cuando los invitados ambiciosos buscan los primeros puestos. El honor verdadero nunca nos lo damos a nosotros mismos; lo recibimos de otros.

Esto que vale ya entre los hombres, tanto más vale ante Dios. Y en esta ocasión Jesús nos revela un misterio del Reino de Dios: “Todo el que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado”.

Pero, ¿qué significa humildad?
En esto puede haber un peligro de equivocación. Humildad, solía decirnos el Padre José Kentenich, fundador del Movimiento de Schoenstatt, es muy distinta de sentimientos o complejos de inferioridad: estos son expresiones de desaliento o depresión. En nuestro tiempo actual, muchos sufren de estos complejos o sentimientos, especialmente los melancólicos. Necesitan ante todo una sana confianza sí mismos.

¿Cuál es, pues, el hombre verdaderamente humilde?
Dice el Padre Kentenich: el hombre humilde es y se siente - por sí solo muy débil, necesitado y defectuoso; pero unido con Dios, es y se siente de un valor muy grande.

Humildad se entiende, por eso, como actitud de la creatura limitada y pecadora ante el Dios perfecto y santo. En esa perspectiva, humildad es verdad, porque el humilde conoce y reconoce su debilidad y pequeñez. La usa para vincularse más profundamente con Dios.

La verdadera humildad nos hace poner nuestra confianza en Dios y en su misericordia. Por eso dice San Pablo, en una de sus cartas: “Con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo”. Y más adelante agrega: “Cuando me siento débil, entonces soy fuerte”. (2 Co 12,9s.)

Y entonces el Padre Kentenich nos invita a vincular nuestro desvalimiento con la omnipotencia de Dios, nuestra pequeñez con la infinitud de Dios, nuestra miseria con la misericordia de Dios. Y el Padre del cielo no puede resistir a la debilidad, cuando es conocida y reconocida por sus hijos. Es como una predilección de Dios ante el hombre humilde.
En este mismo sentido nos explica la primera lectura de hoy: “Grande es la misericordia de Dios, revela sus secretos a los humildes”.

El gran modelo de esta actitud de humildad es la Sma. Virgen. La razón de su pequeñez no es la experiencia de la culpa o del pecado, porque sabemos que ella quedó íntegra durante toda su vida.

Su humildad se base en la conciencia de ser creatura ante el Dios omnipotente. Sabe de la distancia infinita entre ella y el Dios eterno. Y se complace en reconocer su pequeñez y limitación humana ante la infinitud de Dios.

Expresión maravillosa de esta actitud es su cántico del Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones”.

El grado más profundo de humildad lo encontramos en Jesucristo. Él enseña la necesidad de ser humilde como Él, diciendo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).
Y como siervo, lava incluso los pies a sus discípulos. Se humilla, finalmente, “obedeciendo hasta la muerte, y muerte de Cruz”, como comenta San Pablo en una de sus cartas (Flp 2,8).

En Cristo, la humildad se une con su disponibilidad servicial para con el prójimo. Porque el hombre realmente humilde, siempre es servicial y se pone desinteresadamente a disposición de los hermanos. Así enseña también el Evangelio de hoy: que nos demos a los demás, sin buscar una retribución, sólo esperando la recompensa de Dios al final del camino.

Queridos hermanos, también en esta Eucaristía Cristo sigue sirviéndonos a nosotros, siendo nuestra ofrenda y nuestro alimento. Cristo eucarístico es el signo del supremo servicio al hombre: de su salvación eterna, de su seguridad de llegar, un día, a la Casa del Padre.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt




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